Buena intuición 

Cuando escribo estas líneas ya estamos en tiempo de reflexión y, para cumplir mi compromiso de tener listo el artículo a última hora de los domingos y no adelantar pronósticos, prefiero disponer de más tiempo y, con menos premura, reflexionar en voz alta sobre otro tema de actualidad.

El pasado miércoles, día 24, cuando la noticia esperada en todos los mentideros debía ser el análisis de los dos debates celebrados entre los cuatro aspirantes que, presumiblemente, encabezarán los resultados finales, saltó la bomba de la huida del expresidente madrileño Ángel Garrido de las filas del PP, y de su fichaje por Cs.

El fenómeno del transfuguismo político es algo sobre lo que se han escrito muchas páginas, casi siempre bajo el particular prisma de las formaciones afectadas por el cambio de filas. La definición escueta del tránsfuga sería la de una persona que abandona un partido político para ingresar en otro. Dicho así, sin analizar las circunstancias, el tema se presta a muy diversas interpretaciones. El tránsfuga, de entrada, lleva aparejada una etiqueta peyorativa, toda vez que, en su decisión, casi siempre se mezclan la sorpresa y la venganza. Cuando estos requisitos desaparecen, ya no estaríamos hablando de un tránsfuga sino de un desengañado, de alguien que no ha encontrado en ese partido lo que estaba buscando.

En democracia, se supone que cada elector se inclina por aquella formación política con cuyos principios comulga y, por medio de su voto, esa formación coloca en las instituciones a las personas que van a luchar por defender las aspiraciones de los electores. Es verdad que los dirigentes de los partidos, con más frecuencia de la deseada, no suelen mantener vivo su enlace con los electores durante todo el mandato; más bien se limitan a recolectar su voto para después plasmar su política de espaldas a los que los auparon al cargo. En ese caso, estaríamos hablando de transfuguismo de los responsables del partido.

 El caso que más daño hace a una democracia representativa como la nuestra– y que suele ser el más frecuente- es el del político que, sin abandonar el cargo para el que fue elegido, reniega de la formación política que lo presentó. Aquí, el tránsfuga culmina una especie de traición a su partido y a los votantes y, por lo general, busca pasar factura a sus antiguos compañeros, negociando las condiciones de entrada en otro partido para alterar las mayorías que sustentan el gobierno de alguna institución. Ahora bien, conviene recordar que las personas elegidas para un cargo han sido presentadas por un partido político, pero elegidas por unos electores. Para evitar posibles abusos de los partidos, los elegidos tienen un compromiso prioritario con sus electores. Por eso, cuando un político rompe la disciplina de voto de su partido para no traicionar los deseos de los que le eligieron, estaríamos hablando del “tránsfuga bueno”.

Ya estamos muy acostumbrados a oír a nuestros políticos que lo que les ha movido a dar el primer paso ha sido, en primer lugar, su afán de servicio a los demás; en ningún caso el deseo de prosperar o las ansias de poder. A juzgar por lo que ha transcendido a la opinión pública, en el caso de Ángel Garrido se dan unas circunstancias muy particulares. La primera de ellas es una clara falta de sinceridad a la hora de asumir las decisiones del partido. Uno tiene todo el derecho del mundo para no estar de acuerdo con alguna de esas decisiones. El sometimiento ciego sería un atentado a la libertad y un ramalazo de autoritarismo. De todos es sabido que, al cesar Cristina Cifuentes como presidenta de la Comunidad de Madrid, el PP nombró sustituto para el cargo al número dos, Ángel Garrido., de forma provisional, en tanto se celebraba el pleno que ratificó el nombramiento. De su etapa como presidente autonómico hay que reconocerle un balance francamente positivo, agigantado por la firmeza y efectividad que exhibió para terminar con la llamada guerra del taxi. Mientras tanto, se produjo el cese de Rajoy y la llegada del nuevo equipo directivo a la calle Génova. Cuando ya se ha ostentado algún cargo y, de cara a un nuevo proceso electoral, algún político comprueba que su partido ha perdido la confianza necesaria para volver a presentarle, el afectado puede tomar dos decisiones: una, asumir de buen grado la nueva situación y declararse dispuesto a colaborar desde una nueva misión; y la otra, manifestar su descontento de forma sosegada y con argumentos que justifiquen su aspiración, basándola más en el beneficio del partido que en el propio interés. Si el contraste de pareceres no lleva al entendimiento de las partes, lo verdaderamente elegante es que el “ofendido” abandone el partido, sin estridencias, sin medias verdades y por la puerta grande. Esa sería la forma de ser consecuente con aquel enlace que decíamos debe existir siempre entre el elegido y los electores. Ángel Garrido ha querido romperlo bruscamente, sin previo aviso y abriendo sus brazos a una de las formaciones que más atacó en su anterior destino. O estaba teatralizando su postura anterior o miente cuando señala lo que le atrae ahora.

En este episodio intervienen tres protagonistas: Ángel Garrido, Cs y PP. A pesar de otras opiniones siempre respetables, creo que el primer responsable de la operación es el propio Garrido. En contra de lo que ahora manifiesta, todo demuestra que nunca asumió que la nueva dirección del partido pensara en otra persona para ese cargo. Y ha tenido la poca valentía de no manifestarlo públicamente. No sólo eso, sino que hasta última hora ha estado conforme con el cometido que se le reservaba, -a petición suya. A la vista de ese comportamiento inicial, es muy difícil creer que Cs haya dado el primer paso para integrarlo en sus listas.Todo hace pensar que el primer acercamiento fue el suyo. Es decir, desde hace tiempo, ha estado madurando la forma de perjudicar a su partido, en medio de una especie de nocturnidad y alevosía. Un dirigente político que se precie, tiene que mantener otras formas. Con esas precipitadas declaraciones se ha auto descalificado. Hay que ser muy cínico para reconocer ahora que su permanencia en el PP le ha ocasionado tal cargo de conciencia que le han obligado a comulgar con criterios que no eran los suyos. Que yo sepa, a ningún político se le obliga a firmar un contrato de permanencia en el cargo ni en el partido. Pudo abandonarlo cuando, según él, se atentaba contra sus principios. Después de escuchar las “flores” que se han cruzado Garrido y su nuevo jefe Arango, nadie se cree que los halagos de ahora sean sinceros. Uno y otro están empleando el lenguaje de los políticos que toman a los ciudadanos por ignorantes. O mucho me equivoco o Ángel Garrido está guardando un as en la manga.

Cs, por su parte, es muy dueño de admitir en sus filas a todos los resentidos que encuentren asilo y pesebre. En más de una ocasión ha demostrado actuar de acuerdo con determinado criterio, o con el contrario. Pero no debe olvidar que, con esos mimbres que le llegan, quien hace un cesto, hace ciento.

En cuanto a la formación de Pablo Casado, manifestar que, en lo sucesivo, procure seleccionar adecuadamente las personas que elige para los diferentes puestos. Que no se meta goles en propia meta. De momento, después de leer una declaración de Ángel Garrido en la que aconseja a Casado que procure rodearse de gente adecuada, debo reconocer que, vista la trayectoria final del declarante, el joven palentino tuvo muy buena intuición a la hora de recomendar a otra persona para su cargo.