Solo cabe votar

Les imagino expectantes ante las elecciones de este domingo. Nos la jugamos. Son unas elecciones especialmente importantes, no unas más. De hecho, si echo la mirada hacia atrás, lo fueron las primeras, las que volvieron a traer la democracia a España en junio de 1977, sin duda las más importantes de todas las que ha habido estos 40 años; también lo fueron las de 1982, cuando el PSOE le ganó la partida a UCD y trajo la alternancia, con Felipe González de presidente, y tras el frustrado golpe de estado de Milans, Armada y Tejero; me lo parecieron asimismo las que supusieron el acceso del PP al poder, con Aznar de presidente, tras una eterna presencia socialista en el gobierno de la nación. Y después de estas tres, con similar trascendencia, estimo que lo son las que vamos a vivir este domingo. ¿Por qué? Me explico.

Pedro Sánchez accedió a la presidencia de un modo original: mediante una moción de censura. ¿Por qué original? Porque nunca ninguna de las tres planteadas antes, dos por González y una por Hernández Mancha con AP, triunfaron. De hecho, la moción de censura habíamos llegado a concebirla como un medio de desgaste del Gobierno: así fue en el caso de Felipe González, que utilizó este instrumento constitucional como el ariete esencial para acabar con UCD, y a fe que lo consiguió sobradamente pocos años después. Pero nadie creía que pudiera ser así con la propia moción de censura, que tiene un carácter constructivo, es decir, que no basta con acumular votos negativos contra el gobierno vigente sino que hay que presentar un candidato alternativo, y conseguir que múltiples partidos apoyen todos ellos a un político de la oposición, es altamente complejo. Sánchez lo consiguió, ese es su mérito, y es inobjetable que su actuación materialmente fue estrictamente constitucional, aunque dejara mucho que desear por quienes le apoyaron para obtener su objetivo: los partidos que habían participado en el intento de golpe de estado en Cataluña, cosa que un partido constitucionalista nunca debería aceptar: pero esa es la democracia ideal en que creo, la política va por otros derroteros. La política es maquiavélica en esencia.

Y como era de prever, Sánchez sólo ha conseguido aguantar 9 meses, lo que era inevitable con los mimbres que habían fabricado su cesto político. Pero no hay que olvidar dos cosas (desde la derecha hay amnesia sobre esto): una, que el máximo responsable de que haya sido presidente Sánchez es Mariano Rajoy, a quien le faltó patriotismo y responsabilidad democrática no dimitiendo, condenando a su partido a un exilio del poder que le puede costar años en recuperar: la soberbia de Rajoy destrozó a su partido, aquella tarde-noche inolvidable en que el entonces presidente se refugió con sus amigos a tomar copas en un restaurante para olvidar su fracaso, en vez de dar la cara en el Congreso y asumir su fracaso dimitiendo pero posibilitando que otro político de su partido impidiera el acceso del PSOE; dos, que Sánchez es listo y ha aprovechado su tiempo: cuando echó del poder a Rajoy, su partido estaba KO, y ahora según todas las encuestas es el primer partido en las preferencias de los ciudadanos, con un PP sonado, un Ciudadanos sin rumbo y un Vox emergente: algo bueno habrá hecho para que los ciudadanos le presten su apoyo. En pocas palabras, ha conseguido trasladar a los ciudadanos que con él la justicia social va a ser una prioridad política, y tras el desaguisado económico de la crisis, esto cotiza muy alto: la subida del salario mínimo es el mejor ejemplo.

¿Qué tienen de especial estas elecciones? Una, fundamental, es el pluripartidismo efectivo en escena: dos partidos en el centro izquierda y tres en el centro derecha con posibilidades de tocar poder. Todo el mundo descarta un éxito fulgurante de un solo partido en forma de mayoría absoluta o próximo a ella, ni por la izquierda ni por la derecha. El motivo es evidente: en aquellos tiempos había dos grandes partidos: PSOE y PP, y los demás partidos no podían cortar el bacalao, IU o UPyD. Ahora no, ahora los cinco son esenciales, tienen opciones de ganar o de formar parte de un futuro gobierno: todo ha cambiado. España ha pasado de ser un estado bipartidista a uno multipartidista, en el que las coaliciones y pactos son imprescindibles para alcanzar el poder. Nunca había ocurrido. La experiencia la vamos a conocer este domingo. Atentos todos.

Pero hay otra gran cuestión sobre el tapete: Cataluña. Estamos simultáneamente asistiendo al juicio contra los responsables del intento de golpe de estado. Es un tema abierto, una herida sangrante y en modo alguno cicatrizada. Quien vaya a gobernar después de estas elecciones tendrá que ir de frente a resolver este inmenso problema, cuya causa está en los últimos 30 años de mirar hacia otro lado y no enfrentarse a las claves de la intolerancia y el fanatismo que han abocado a una sociedad fracturada en dos.

No podemos permitirnos el lujo de dejar que España se rompa. Va contra el sentido común, contra la historia, contra la justicia. El resultado de estas elecciones generales del próximo domingo tendrá mucho que ver con lo que nos depare el futuro. El futuro, que no es fruto del azar, sino de nuestra responsabilidad. Ejerzámosla.

Marta FERREIRA