Jueves, 13 de agosto de 2020

¿De qué nación española hablamos? (I)

En julio de 1936, Madariaga escribía que "el español es muy patriota, pero con patriotismo pasional, que se traduce en emociones, exaltaciones y gestos, no con ese patriotismo activo que se traduce el trabajo metódico y solidarizado con fines positivos al servicio del país".

Me viene a la memoria esto cuando con tanta estridencia e insistencia oigo invocar la “unidad de España” y condenar e insultar a quienes supuestamente quieren romperla y a sus aliados, reales o imaginarios, (“traidores”, "comunistas", " separatistas", "golpistas", "proetarras", "batasunos"…). Quizá convenga a pararse un poco a reflexionar, a pensar de qué estamos hablando cuando hablamos de la nación española, cómo se plantean los problemas que tiene y con quién y cómo podemos resolverlos, si es posible. Me parece evidente que con el rasgado de vestiduras y con insultos, –con esas "exaltaciones y gestos" de que habla Madariaga– poco se adelanta. Y sospecho además que de ese modo se intenta desviar el descontento y la indignación que tiene mucha gente en España por otros motivos (precariedad, carestía, deterioro de los servicios, corrupción) para enfocarlos hacia grupos de personas disidentes o diferentes por el mero hecho de serlo. No es la primera vez que eso pasa en la historia; es una de las formas más comunes de la demagogia.

El asunto del nacionalismo es mucho más complejo de lo que parece que piensa la triforme derecha española, más propensa a concebir una España esencial, cerrada e inmutable, que un país vivo y cambiante, como cualquier otro. Ya que si "el hombre no es naturaleza, es historia", como decía Ortega, también es cambio, pues el cambio es la médula de la historia.

Conviene pues hacer algunas referencias históricas rápidas. La nación española aparece –teóricamente– en sentido moderno con la constitución de Cádiz (1812) y en el terreno de los hechos con el levantamiento popular contra el invasor francés de 1808. Luego, hasta hoy, ha habido siete constituciones más, todas ellas con enfoques distintos sobre lo que es o lo que se concibe como nación española (eso sin contar con la constitución de Bayona, la nonnata, la federal y las Leyes fundamentales de Franco). De la entrada, la de Cádiz habla de "las Españas", en las cuales introduce a los españoles de América y de otras colonias. Sin embargo, excluye a los esclavos, a los que se mantendrá en su estado de tales hasta finales del siglo xix, y a las mujeres.

Pero esa constitución no tuvo vigencia alguna: primero porque la ocupación francesa lo impidió y,  segundo, porque Fernando VII restauró el absolutismo, protagonizando así el primero de los golpes de estado de la España contemporánea. Como hace Pablo Casado con Sánchez, los liberales le llamaron en lo sucesivo “rey felón”, pues tras dar coba servilmente a Napoleón volvió a España para perseguir y castigar a los mismos que habían luchado por la independencia y le habían devuelto una soberanía que él había arrojado al barro.

Por otro lado, la idea liberal de la nación era una entre otras y ni siquiera era la preponderante. Con toda probabilidad, la idea que pudiera tener español medio de la época –campesino, pobre y analfabeto– estaría más cercana a lo que pensaban, si es que lo hacían, los absolutistas y el rey. Más próxima al cura Merino que al Empecinado. Este se imaginaba a España, pero no como nación, pues esta se compone de ciudadanos libres y los absolutistas piensan más bien en súbditos obedientes del Rey y de la Religión.