Viernes, 4 de diciembre de 2020

Aquel Candelario 

Por mayo canta la calandria y responde el ruiseñor. Y a Candelario acuden más de setenta poetas de la mano compañera de Montserrat Villar González. Y qué listo debe de ser el alcalde. Yo le supongo sensibilidad, pero sé con certeza que estamos ante uno que sabe. Porque no hay proyecto más universal que setenta hombres y mujeres escribiendo y parlando, y multiplicándose luego a través de las redes sociales en  todos los vientos a este lado del mar y al otro también. Candelario, el pueblo de las batipuertas y las regueritas en las calles será memoria gratis  desde esta parva de versos.

En el verano del 68 sucedieron varias cosas en la colonia de veraneantes madrileños en que se había convertido el próspero pueblo. Tres meses de vacaciones pasaban las mujeres con sus hijos, niños, adolescentes o jóvenes, mientras los ejecutivos maridos quedaban achicharrándose bajo el sol madrileño a la espera de que le llegase el mes de su turno. Por entonces no había empezado la agonía de Béjar, el pueblo con más riqueza de la provincia hasta que la crisis se llevó por delante -como a parte de la burguesía catalana-  las fábricas de telares que hoy duermen un dolorido abandono mientras las generaciones actuales de bejaranos se han convertido en emigrantes.

En Candelario laboreaba el muchacho que trabajó todos los veranos de su vida de estudiante, una vez acabado el curso. Y al acabar la jornada a media tarde, se desvanecía entre la juventud que salía de las piscinas, acudía al cine, al bailecito al aire libre con farolillos y Mari Trini, al hermoso parque apartado del corazón de todo que rodeaba la media luz de  las anochecidas para el fulgor y las hormonas.

Hacía dos años ya desde que el prohibido Juan Marsé publicase “Últimas tardes con Teresa” donde se enfrentan dos mundos y la muchacha  rica se deja llevar por la seducción del Pijoaparte, en el  mismo ambiente lúdico y hedonista que una jovencísima Françoise Sagan de 18 años había insinuado al escribir “Bonjour tristesse”, o el también Henri François-Rey puso en escena en 1965 en su novela “Los pianos mecánicos”. Todas estas referencias literarias conducen al mismo destino: el placer, el verano, y un pueblo al que siempre alguien llega.

Juan Marsé  -extraordinario pintor de ambientes- fue quizás quien más se acercó a aquellos veranos de Candelario, abandonando el miserabilismo y la solemnidad crítica de sus primeras obras para extraer el juego de  seducción y fuerza como un torrente de aventuras o episodios. Nunca un verano fue tan sentimental y entregado al idilio del sol.

En Candelario veraneaba el poeta y catedrático de la Universidad de Salamanca Rafael Laínez Alcalá, alumno adolescente de Antonio Machado en Baeza y desde 1949 titular del departamento universitario de Arte en nuestra ciudad. Conservaba mucho de andaluz, pero sus largos años en Salamanca le convirtieron en un salmantino más que cruzaba alegre la Plaza Mayor, bajaba las escaleras de los Portales de San Antonio, y envuelto en su capa tomaba vino y farinato en La Covachuela con los estudiantes y jóvenes poetas.

Su poesía era mucho más cercana a la de Manuel Machado que a la de  Antonio Machado. Ya sabemos que Manuel, si hacemos caso a su hermano José, nunca llegó a tener voz propia quedándose reducido a imitador de modelos y sobre todo deudor de Verlaine después de su estancia en París. Sin embargo la regañina de José (“Déjate de escribir  bobadas y sé tú mismo”) acabó por convertirle en un poeta al que muchos de entonces le acusaban de ligereza, trivialidad, y otras formas de escaso músculo literario. Yo creo que él jamás se planteó una poesía honda, sino vivir deprisa, sobre todo después de 1936. Y así cultivó una poesía popular, muy españolista después, y definitivamente andalucista para cerrar la fórmula personal a la que le empujaba José.

Rafael Laínez Alcalá estuvo, en las formas y en el comportamiento lírico, muy cerca de Manuel. Fue el poeta de todos nosotros después del vino de San Miguel de Valero.

Pero enviciado en la médula poética, me he  ido de Candelario donde él pasaba los veranos en el hotelito de más solera, junto a gente tranquila y una muchacha amiga del muchacho al que esperaba al salir del trabajo, cuando sonaban las sirenas de Víctor Jara, aquel chileno asesinado en otra dictadura más.

Rafael Laínez Alcalá tenía en su hotel de Candelario un grupo de viejitas, ciegas seguidoras de su encanto, que se dejaban llevar. Y cada noche  Rafael las llevaba a la puerta de la iglesia, en una plazoleta y junto a una cruz. Y desde allí el coro de las viudas le oía invocar al ánima de los maridos muertos.

Una noche sucedió. La muchacha y el muchacho se hicieron con las llaves de la iglesia (se dice el pecado y no el pecador, cuarenta duros les costó), esperaron dentro, y cuando el poeta alzó su voz sobre el silencio de las viudas, ellos respondieron golpeando la puerta de la iglesia desde dentro y con salmos de maridos zombies que iban pronunciando el nombre de cada una de las ancianas, después del de Rafael.

Nunca un grupo de viejitas y un poeta de su  misma edad han corrido tanto huyendo del más allá. Y al día siguiente, la muchacha que habitaba el mismo hotel, informó del final de la historia con susto al muchacho cuando sonó la sirena de Víctor Jara. Al parecer todas sufrieron el soponcio de su larga vida, pero el poeta fue más allá y se cagó. No en sentido figurado sino en el más puro realismo, que las camareras del hotel tuvieron que lavar bien sus calzoncillos.

Digámoslo ya: esta historia de aquel Candelario no quita ni pone más valor a la poesía de Rafael Laínez Alcalá, poeta del pueblo que querría estar este mayo con la tribu de poetas que va. Lo que pasa es que demuestra que hasta los poetas deben tener mucho cuidado al jugar con ansias de viudas. Porque ahora sabemos que fueron dos jóvenes de verano quienes respondieron a las invocaciones del líder espiritual de las ancianas. ¿Pero y si la historia real dijese, como creyeron el grupo de  rogantes, que fueron los maridos muertos? Han pasado más de cincuenta años y quizás ya nadie se acuerda de lo que pasó.

Cincuenta años sin Candelario, tampoco nadie sabe dónde se fue tanto tiempo para nunca volver.