Martes, 10 de diciembre de 2019

El regreso

Atravesaba el tren los verdes campos de cereal, animados por la intermitente lluvia de abril y el sol, que, de cuando en cuando, se asomaba curioso entre las nubes para ver la maravilla que la naturaleza obraba.

Un hombre los miraba absorto a través de la ventanilla, a la vez que hablaba por su móvil.

  • Hola cari, sólo son quince días que pasarán sin darnos cuenta. Ya verás cómo antes de que empecemos a echarnos de menos ya estoy de regreso... yo también. Un beso.

Pasaron quince días desde la partida de aquél cálido día de primavera. A su regreso, la ciudad le recibió sumida en un frío intenso y una densa niebla.

  • Parece mentira – hablaba para sí – que en tan pocos días pueda haber un cambio tan brutal de tiempo.

Al salir de la estación y a medida que se adentraba en las calles, iba notando unas raras sensaciones, la ciudad parecía otra. No sabía en qué consistía el cambio pero la notaba extraña. Las mismas calles, los mismos edificios, las mismas plazas… todo era lo mismo, pero a la vez muy cambiado. Le costaba reconocer a su propia ciudad. Hasta las personas que se cruzaban con él parecían distintas. Algo extraño había en todo aquello que no acertaba a descifrar.

  • Cosas del viaje – se dijo a sí mismo para enseguida cambiar de pensamientos y poner toda su atención en la mujer que había dejado y a la que tantas ganas tenía de volver a ver.

Durante los quince días de ausencia no había podido contactar con ella, como era su deseo.

- Seguro que estará enfada, así que lo mejor será que vaya a verla antes de nada–

Y encaminó sus pasos hacía la calle en que vivía. Al llegar al edificio volvió a sentir la misma extraña sensación. Aquella puerta era la misma, pero distinta, dudó si llamar. Se separó unos metros para tener una mejor perspectiva de todo el edificio. Sí, era allí, pero la extraña sensación no desaparecía. Después de varios minutos de dudas, desechó las absurdas ideas que acudían a su mente y llamó al timbre. Alguien abrió la puerta si preguntar, subió hasta el piso en el que vivía la mujer a la que tantas ganas tenían de abrazar, con la seguridad de que cuando estuviera con ella, desaparecerían todas estas alucinaciones.

Centrado en esos pensamientos llegó hasta la puerta del piso, llamó y tras unos segundos de espera, se abrió la puerta. Una mujer anciana, le miró interrogante, él sin saber qué decir, también la miraba. Pasaron varios segundos que se le hicieron eternos. Al final la mujer interrogó

  • ¿Qué quiere?
  • No nada, debo haberme equivocado
  • ¿Por quién pregunta?
  • No, nada – contestó azarosamente – ya le digo que debo haberme equivocado.

La mujer le miraba con gran curiosidad.

  • El caso es que su cara me es conocida...
  • No, no creo que nos conozcamos.

En ese momento, una voz bastante cascada, gritó desde el interior de la casa.

  • ¿Elena, quién es?

Al oír aquel nombre, un sobresalto estremeció todo su cuerpo, ¡Elena! el mismo nombre que el de su amada, no podía ser casualidad. Su mirada se centró en los ojos de aquella anciana. Unos ojos perdidos en la profundidad de unas arrugas que apenas les dejaban asomarse al exterior. A pesar de todo, en lo más profundo brillaba una mortecina luz que le recordaba…

 - ¡No, no puede ser! - Enseguida desechó esa absurda idea. - Tan sólo han pasado quince días –Trataba de convencerse – Pero ahora que lo pienso…, las calles, los edificios, las plazas, la gente… todo parece cambiado... ¡Qué tonterías estoy pensando! Debe ser una pesadilla, una alucinación. Seguro que el viaje me ha trastornado -

Intentó abandonar la casa, bajando precipitadamente las escaleras. En ese momento, la mujer gritó

 - ¡Sebastián! -

¿¡Cómo podía saber su nombre!? Apresuró el paso escaleras abajo, mientras por el hueco de la escalera resonaba ¡Sebastián, Sebastián!

Quería salir de allí cuanto antes. Por fin, tras una alocada bajada, alcanzó la calle. Se paró, respiró hondo. Trató de olvidar lo que había pasado.

Toda la noche estuvo vagando por la ciudad sin saber a dónde ir, tratando de olvidar sin éxito lo acontecido, a la vez que trataba de recordar qué había pasado durante los quince días de ausencia. Nada pudo recordar, ni dónde ni con quien había estado, ni qué había hecho, todo estaba en blanco. Esos quince días habían desaparecido completamente de su vida.

El día empezaba a clarear, una gélida mañana de invierno hizo que dirigiera sus pasos hacia la estación de tren.

De forma maquinal, sin saber qué hacía o qué decía, sacó un billete para un desconocido destino. Subió al tren y se acomodó en un cálido vagón. El tren empezó su lento pero inexorable caminar. Poco a poco se fue disolviendo en la espesa niebla. Él, quedó sumido en un profundo y dulce sueño.