Jueves, 12 de diciembre de 2019

Notre

En el centro de la gruta había un punto de luz. Cambiaba de color y caminaba sobre las sandalias. Si pasaba el tiempo, el punto avanzaba de los pies a las rodillas y, a veces, se alargaba, se convertía en una línea, en un tatuaje, en una gota seca abriéndose camino en los meandros de la piel hasta el momento de salir. Salir del lugar. O del arrobamiento. Salir del olor a siglos pintado en los lienzos.

Antes de cruzar el umbral buscaba la muesca. Un agujero en el muro en el que cabía la yema de su dedo meñique. También esto era difícil de creer, pero allí estaba: una concavidad diminuta en el océano de piedra en donde ponía el dedo sin que nada sobrara o faltara, sin que nada resultara incómodo, un huequito en el ladrillo a la manera de un hogar. Una vez encontraba la muesca, su mente repetía la misma imagen: aquel plano en papel de pergamino, el minucioso esqueleto de un templo por alzar, la fecha del dibujo datada en el siglo doce. El tiempo pensado hacia atrás le parecía normal, pero aquel día había sido distinto. Porque tuvo la intuición de pensarlo hacia adelante y un escalofrío le recorrió los brazos. Qué será, aquí, dentro de ochocientos cincuenta años. Será 2860. Sintió un crujido en la uña, el dedo que entraba en la pared repleta de secretos. Y la muesca encajó su dedo.

Un guía, al otro lado de la nave, repetía la palabra notre. Insistía —notre— en lo mucho que eran nuestros (en un sentido más que material, en un sentido filosófico) los puntos de color que nos llovían desde los rosetones. Manos iguales que las nuestras habían puesto esta piedra y encima otra hasta alcanzar los muchos metros de altura desde donde respiraban las gárgolas, los arbotantes. Había una calidez de selva y las estatuas miraban con piedad. A veces, también, se sentaba en un rincón sobre la esquina y se dejaba bañar del color verde que tejía enredaderas sobre su regazo. Pensaba en la música de Bach, sin entender muy bien por qué. Pensaba también en las capas geológicas. Y en el centro de esa penumbra veía la intersección de las dos naves. Allí, justo debajo de un caudal de sol entrando a borbotones, podía sentirse un poco más tranquila pues era este, y no otro, ese lugar.

Estaba viviendo en París y la ciudad la había deslumbrado justo antes de decepcionarla. Había llegado con la obsesión de pisar las mismas calles que los personajes de sus libros y había fotografiado con minucia los números de todas las casas en las que habían vivido —y padecido el hambre y escrito a altas horas de la noche— los escritores cuyo mito la había llevado hasta allí. La ciudad era igual que un baúl sumergido en el centro del océano y ese fulgor, el del descubrimiento, la mantuvo atada a ese lugar, umbilicalmente. Con el tiempo, sin embargo, el presente había enseñado su rostro repleto de pústulas, había dejado abierto al aire libre algo que dolía como nunca, la consecuencia de un proceso todavía incomprensible que mostraba los colmillos del naufragio. Las calles estaban llenas de muchachos recién estrenados en la vida, demacrados, con los rostros repletos del hastío de vivir. La ciudad era voraz, oscura, peligrosa. Y las ratas saltaban por encima de los rieles en las estaciones del metro.

Entonces decidió buscar refugio, protegerse de la ansiedad que empezaba a enroscarse en su garganta con el crujido del invierno. Quiso salvarse de lo amargo del olor a ropa sucia pululando en las esquinas, de toda esa tristeza. Quiso pasar las tardes debajo de los puntos de luz, arropada por la compasión del tiempo. Allí escuchaba un murmullo, un batido de palomas, la voz de los guías —paupérrimos, esperanzados— diciendo notre, diciendo algo «nuestro» que está mucho más allá. Afuera estaban el fango de la nieve, lo negro de las suelas, los muchachos furiosos quemando los botes de basura y rompiendo los espejos.

Sin embargo, aquella tarde del hallazgo de la muesca, había pensado en el año 2850 y algo dentro de ella, un aleteo de las células mareadas por la cifra, la había hecho ovillarse en una especie de confianza, algo así, mullido. Nuestra Notre Dame. No importaban los cirios, no importaban los símbolos, importaba solamente el 2850, importaba encontrar, más que nada, el modo de volver a llegar, la manera de seguir caminando. Alguien allí, en esa fecha, pensaría en nosotros como nosotros hemos pensado en esa persona que se levantó un día con las ganas de inventar el gótico. Alguien allí, en esa fecha del futuro y alguien atrás, en 1163. También alguien aquí, mirando el mismo punto de luz, este contacto. Esa tarde recogió del suelo una piedra diminuta y la posó en el agujero, así, como tirando una botella, su mensaje, en las olas del océano.

Tres días más tarde se iría de París para vivir en otro sitio, pero marcada para siempre por el eco de aquel punto de luz. Era belleza. Jamás pensó que. Las llamas. Las vio devorando aquella arquitectura, aquella sinfonía hecha de piedra y de madera, crecida grano a grano, durante quinientos años. Esa noche volvió a pensar en la música de Bach. Y recordó la lección del guía que hablaba de las cosas que son nuestras —notre— e invisibles. Pero las llamas. Triturando la armonía. Ochocientos cincuenta y seis años después. Hubo lágrimas llovidas por nosotros —notre— delante de las cámaras que filmaron la caída de la aguja, porque aquello era la historia, nuestra historia. Las llamas engullían toneladas de madera de roble. Pensó también en su muesca, en su grano de arena, en ese mensaje dejado para alguien del futuro. Y también en las capas geológicas. En todo lo que no devora el fuego.

Milán – Torremaggiore, 19 de abril de 2019