Crucificados

El mundo está lleno de crucificados. Ahora mismo. Crucificado significa víctima de la injusticia, del poder opresivo, de las condiciones estructurales de vida que abocan a la muerte. Sí, es verdad que estamos mejor, en términos mundiales, que hace unos años: muere menos gente de hambre, pero sigue muriendo mucha, muchísima, y huyen de sus países de origen no porque no les gustase seguir viviendo allí sino porque quieren mejorar algo su vida y sobre todo la de sus hijos; hay menos dictaduras en el mundo, pero sigue habiendo demasiadas, donde la mayoría se ve oprimida por una minoría insaciable de riqueza y poder. El mundo no es un lugar paradisíaco, la verdad que no, y millones de seres humanos se encuentran tantas veces con un infierno construido por los hombres, ante el que hay que abandonar toda esperanza.

Hoy es Viernes Santo: su símbolo es un hombre clavado en una cruz, un hombre condenado a muerte (hoy, 21 siglos más tarde, siguen matando a personas en el patíbulo: horca, fusilamiento, inyección letal, cámara de gas…, hoy seguimos siendo a veces tan brutales como entonces), un hombre que por defender unos ideales (compasión con los pobres y enfermos, cercanía a prostitutas y excluidos, religión liberadora y no esclavizante) ha sido sentenciado tras un simulacro de juicio: el poder imperialista romano lo ha condenado, pero quienes hasta entonces lo habían seguido porque parecía que iba a cambiar las cosas, le han dejado más solo que la una y no han protestado cuando lo han detenido ni cuando lo han condenado. Se llamaba Jesús de Nazaret.

Quiero recordarle hoy, el día que nuestras calles se llenan de procesiones y maravillosas imágenes nos trasladan a aquel día, aquel día terrible en que un inocente fue masacrado. Por eso me chirrían a veces esas imágenes procesionales, me parecen escapistas, que se olvidan de lo que ocurrió entonces idealizándolo. Lo que ocurrió aquel día fue lo que sucede todos los días en muchas partes del mundo: a alguien que intenta mejorar este mundo, se le considera peligroso y se decide liquidarlo, aunque sea un pacifista como lo fue Jesús de Nazaret. Muchos dirán: “se equivocó de planeta, este es de alto riesgo y no supo verlo, escapar, huir de allí, vivir una vida tranquila a su alcance, casarse y tener hijos, y ver desde la distancia a los desheredados del mundo”. Pero optó por lo contrario: se comprometió, quiso mejorar este mundo, quiso ayudar a esos desheredados, optó por no callarse y dar la cara por los silenciados de entonces.

Por eso lo condenaron, lo torturaron y lo mataron. También sucede hoy, ahora mismo. No deberíamos olvidarlo y sacar la consecuencia: comprometernos, no vivir al margen de la realidad. Para eso deberían servir las procesiones: para recordarnos que hemos de seguir la estela de Jesús de Nazaret, que pasó por el mundo haciendo el bien y que murió amando y perdonando.

Cuando me encuentro con una procesión, como las de hoy, me prometo a mí misma que no me quedaré en la belleza de las imágenes, que no contemplaré a los nazarenos como los actores de un gran teatro sacro, sino que todo ello me recordará a Jesús de Nazaret y a su vida en favor de quienes todos volvemos el rostro al encontrarnos con ellos. Porque no cuentan, porque no son ricos ni poderosos, no son de la gente guapa. Son los últimos, aunque para Dios, como nos enseñó el profeta de Nazaret, sean los primeros.

Viernes Santo:  tiempo de crucificados, de aquel que era el Hijo de Dios, y de todos los que se arrastran condenados por este mundo lleno de crueldad y de injusticia.

Marta FERREIRA