Miércoles, 24 de abril de 2019

De ríos, jilgueros y combativos rockeros

Tiene nuestra ciudad provinciana un cierto desamor al río en el que se miran de puntillas la catedral alzada, los puentes de hierro y piedra, la universidad letrada, las orillas apenas ganadas al goce del paseo. Molinos y aceñas, fábricas de harina y espacios privilegiados que disfrutan de la cercanía, del rumor del agua, de la visión del tiempo que corre llevándose la vida de la ciudad a su paso por Salamanca. Es el río del Lazarillo, el río que recorría en barca Carmen Martín Gaite cuando aún miraba el mundo entre visillos y se iba a bailar al Casino con su hermana Anita. La hija del notario que se nos fue a Madrid y nos dejó huérfanos de los rumores de Aldecoa, la belleza de Josefina, el ingenio de Ferlosio. Salamanca siempre ha vivido un tanto de espaldas al río, sin reparar en el Arrabal del Puente, como si quisiera olvidarse de un pasado de tenerías que hicieron rico a Miguel de Lis y a Carlos Luna, olvidar un pasado de mercados de ganado allá por donde empieza Tejares, río que cruzan las putas en Semana Santa esperando el Lunes de Aguas y el advenimiento de la resurrección de la carne. Río que por tener, hasta tenía un barco detenido en su cauce sosegado de ciudad provinciana…

Ese río que se amansa en un recodo más allá de la Casa Lis y de sus vidrieras emplomadas, el sueño de Manuel Ramos Andrade que hizo descender el día y la noche en su patio de cristales. Ese río junto a la fábrica de harinas donde se bañaban los chicos de la edad de mi padre, aunque era Dato Moro el que les ganaba a todos y no solo con los guantes de boxeo. Ese río sucio en el delicioso rincón que acumula suciedad, plásticos y que es la orilla más decepcionante de este paisaje privilegiado que ¿gozan? los usuarios de un hotel impoluto donde tenemos el gusto, el privilegio de hablar con Ramoncín. Un madrileño de barrio fascinado porque ha visto un jilguero y porque desde su ventana, río que pasa, los patos son notas sobre el pentagrama del agua. Agua que de tan sucia se remansa, ahí abajo, bajo la ventana.

Ahí donde nadaba mi padre de joven y donde no se acercan ni las nutrias ni los invasores visones que recorren la orilla, juguetones y sorprendentes. Allí donde a Ramoncín, con todo y chupa, le gustaría meterse a limpiar mierda, quitar plásticos y no preguntarse si la competencia de este rincón de agua es del hotel, del ayuntamiento, de la confederación hidrográfica del Duero o de su puta madre. Porque lo cierto es que está sucio este rincón de esclusa antigua, de molino detenido, y a uno le dan ganas de arremangarse también y meterse en el lodo a pegarle una buena pasada. Yo hubiera esperado un discurso combativo de Ramoncín, pero no un discurso ecologista, lo que indica lo poco que le conozco y lo contundente que es en su defensa de aquello que ama este hombre curtido en todos los escenarios y en todas las batallas. Botines impolutos, pantalón ajustado a la delgadez elegante de un hombre guapo que se abraza de chalecos, se cubre de cueros negros, se horada la oreja y te abraza con ganas. Este hombre que se admira de ver un jilguero, que cuenta patos por la ventana sobre el río y que se cabrea porque en un recodo de la orilla se acumula la mierda y la lírica pastoril de las églogas garcilasianas se va a tomar por culo. Y entonces le veo, y no sobre el escenario del CAEM, ni siquiera en esta charla periodística tan fantástica, le veo quitándose la chupa de rockero, arremangándose la camisa, quitándose los botines y metiéndose en el agua a limpiar mierda, a quitar plástico, a devolverle al agua su transparencia donde ya no viven las ranas. “Si estuviera aquí más tiempo lo limpiaba yo”, y yo pienso en que tengo que contárselo a mi hermano el bombero forestal, a mi primo el observador de pájaros, a mi amigo biólogo, Raúl de Tapia, y a quien quiera oírme y leerme. Y le veo claramente, ahí, metido en el río, en el nuestro. Quitando mierda. Que tome nota quien corresponda.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.