Viernes, 4 de diciembre de 2020

El seguro de muertos

Como todos los de mi quinta, yo tengo un seguro de muertos que me está matando a disgustos. Ahora, al llegar Enero,  me han subido el precio y protesta el bolsillo. La muerte tenía un precio ya lo decía Sergio Leone cuando yo era un estudiante de Salamanca con una noviecita francesa y no pensaba en suicidarme sino a ratos, cuando estaba muy solo después de la petite mort con ella o cuando me entraban ganas de ser el cadáver más guapo.

En España somos muy alérgicos a los seguros, pero mucho. Con esto de las teleopoeradoras y los teleoperadores que te llaman desde Bolivia aunque trabajen para una empresa española la cosa se ha suavizado. Pero antes, cuando las aseguradoras no habían descubierto Bolivia, mandaban a sus agentes a casa. Y los españoles y las españolas -no sé por qué- se ponían en guardia, como si llegase el enemigo. Yo creo que era una costumbre heredada del estraperlo. O de los charlatanes, que también era un oficio.

Con mi adicción a los seguros, va a confirmarse la teoría de todas mis suegras: que soy muy bueno pero muy raro. Porque yo he tenido seguro de todo siempre. Bueno, hace tiempo ya que me borraron del seguro de vida y me dieron por muerto. Pero a no ser que se me escape otro desamor, yo creo que estoy hasta las cejas de seguros.

A lo peor es que quiero ser norteamericano, como tantos directores de cine o músicos europeos de los años 50. Porque allí el agente de seguros es como uno más de la familia. Para entendernos: como el médico del pueblo que venía a casa cuando tenías anginas, te miraba con el rabo de una cuchara, (baja la lengua, niño), se lavaba las manos en la palangana, se las secaba con la toalla más buena y más cara que madre guardaba en el baúl para las grandes ocasiones, y se iba.

Pero el seguro de muertos mío es muy suyo: tiene ocurrencias. Ahora ya no se conforma con coronas y lazos y ataúdes y coches y todo eso que hace mil años se llevaba mucho, como las medias de seda con costura de las señoritas. Ahora me adjunta un capítulo de pruebas médicas, de esas que hay que esperar dos o tres años en la sanidad pública para hacértelas y cuando te llega tu turno en la lista de espera hay veces en que ya te has muerto.

Debe de  ser que mi seguro de muertos se ha enterado de que faltan 4.000 médicos especialistas, y que en  atención primaria están ejerciendo en nuestra tierra médicos que ni siquiera han hecho el MIR o como se llame eso que les hace más médicos, o médicos de verdad.

Yo he dicho a mi seguro de muertos que no quiero ese capítulo tan parecido al estrambote de un soneto. Me han contestado que da igual lo que yo diga porque es algo que se han pensado mucho ellos y que me sale solamente por unos euros más. No sé si creerlos. Porque hacerle una colonoscopia a un esqueleto tiene que ser más caro a la fuerza, y van  a perder dinero. Se lo he explicado y me dicen que de todas formas voy a pagar más porque todo sube. Todo sube menos las cosas del querer cuando tienes la próstata muy confusa.

Esto tiene que ser un invento español, a pesar de don Miguel de Unamuno, lo mismo que inventamos el submarino, las jeringuillas desechables, y la fregona. La fregona es un artilugio aragonés que ha hecho tanto por las mujeres como Clara Campoamor.

Total, que mi seguro de muertos ya me está aplicando la tarifa en la que no pensaron ni Mihura ni Jardiel Poncela, ni siquiera Ionesco que al ser extranjero debía saber más de todo.

A lo peor los amigos que me leen se están riendo de una cosa tan seria. Porque en el fondo subyace la indefensión de los ciudadanos contra las grandes empresas. Hace mucho tiempo yo sufrí en mis propias carnes ese desamparo. Quise cambiar de operadora de internet y me fueron pasando de señorita en señorita. Hasta tres señoritas pasaron por  mi vida. Cuando llevábamos casi una hora hablando (hablar, hablar, ellas, que yo sólo pedía que me diesen de baja), ya se me subieron los isquios y les dije que a ver si tenía que ir con una escopeta para que me hiciesen caso. Mal hecho por mi parte, porque a lo peor ellas estaban en Bolivia. Y la última señorita me soltó algo que me dolió mucho, más que una perdigonada en el culo como cuando el mayoral pillaba a los maletillas. Ya no quedan maletillas, mira, eso que salimos ganando. La señorita boliviana o de donde fuese me apuntó con demandarme por amenazas y ponerme en una lista de morosos si dejaba de pagar. Jesús, qué calvario cuando te enfrentas a una empresa con sólo la razón de tu parte.

Por cierto, y hablando de todo: tenemos el internet más caro y lento de Europa, diez veces peor que el de Letonia.

Y, bien mirado, la sublime idea de incorporar un capítulo médico a mi seguro de muertos no está tan mal. Porque también tenemos una sanidad pública por los suelos, un apetitoso barbecho para los seguros privados que crecen y crecen como los peces en el río por Navidad. Hay una empresa española privada -de la que forman parte directa o indirectamente políticos ligados al partido y gobierno anteriores- que tiene 1.000 sanitarios en nómina y 200 centros médicos. O sea, que mi seguro de muertos se ha dado cuenta de que ahí puede pillar cacho y llevarse un pedazo de la tarta. La patria como negocio, hay que  ser el novio de la muerte o pierdes el tren del futuro, so bobo.

Me viene a la memoria ahora, mientras avanzo por los folios, la película de David Dobkin en la que de repente Dave y Mitch se despiertan de una borrachera y resulta que uno está en el cuerpo del otro. La cinta se llama “El cambiazo”.

No voy a contar la película, sólo tomo prestado el título para hablar de un seguro de muertos de Valladolid que es más espabilado que el mío. Resulta que allí, cuando se cerraba el velatorio y los familiares se iban a esperar al difunto para convertirlo en cenizas, los del seguro de muertos andaban muy vivos y cambiaban el ataúd elegante por uno muchísimo más barato. Y luego revendían el ataúd elegante y se sacaban un sobresueldo.

Yo no veo una estafa grande en este cambiazo, la verdad. Sólo la confirmación de que ni muerto te libras de la indefensión ante las empresas.

Porque he llamado al crematorio y me han dicho que no se admiten desnudos. Claramente: estamos de nuevo ante una conspiración judeomasónica. Y luego dicen que no se puede vivir la vida dos veces. Pues morirte, sí, ya ves las vueltas que da la vida.