Martes, 16 de julio de 2019

Escenarios previsibles

Será, tal vez, por la falta de costumbre, pero uno tiene la impresión de que, conforme van pasando los años -y los gobiernos- en esta etapa de nuestra democracia, cada vez transcurre menos tiempo desde la última ocasión que pasamos por las urnas. Apenas apagados los ecos de la última campaña electoral, ya estamos en la siguiente. En realidad, es mejor admitir que en política no sucede como con la caza. Aquí ya no existen etapas de veda. Todo el santo año nos están vendiendo la burra, y los electores ya sabemos de memoria todas las carencias y, por supuesto, todos los remedios. Unas y otros son siempre los mismos.

Salvo por enfermedades terminales o por premios de lotería, el que hace años tenía dificultades para llegar a final de mes sigue apretándose el cinturón y acordándose de la familia del orador que en el último mitin estuvo a punto de convencerle. El que lleva meses en una lista de espera y oye a todos los que aspiran a gobernar que tienen la solución a su problema, comprueba que, cada día, ya no espera, sino que desespera. El que ha tenido la fortuna de agarrarse a una racha favorable y aumentar su patrimonio de forma apreciable, no para de maldecir al ministro de Hacienda porque le cobra más impuestos que antes o, en no pocos casos, porque le ha incoado un expediente por tratar de evadir esos impuestos. Así podíamos seguir hasta llegar a la conclusión de que, salvo los jóvenes que votan por primera vez, los demás sólo prestan atención a los políticos para comprobar su facilidad de palabra, su grado de simpatía, o simplemente su buena o mala presencia. El mensaje suele conocerse antes de que hablen. También es verdad que, en algunos casos, cuando un político se decide a lanzar una exclusiva, más le valdría haber estado callado porque esa noticia., aunque el partido se esfuerce en declarar que se han tergiversado sus palabras, lo cierto es que sólo ha servido para restarle votos.

Reconociendo que no todos los políticos mediocres están sólo en España, sí es cierto que en democracias consolidadas se vota más con la cabeza que con el corazón. El elector suele ser más exigente con el partido al que dio su confianza. Cuando se considera defraudado, suele pasar factura en la siguiente comparecencia. En España nos han acostumbrado, no a votar “a” un determinado partido, sino a votar “contra” alguien. Tal vez, la razón haya que encontrarla en el hecho de que, en esas democracias estabilizadas, los partidos permanecen fieles a sus principios y los que pueden cambiar son los dirigentes.  Aquí somos diferentes. Los pocos políticos que demuestran efectividad a la hora de gestionar la labor de gobierno, suelen permanecer periodos tan dilatados como permitan los estatutos de su partido, hasta que acaban perdiéndola. Cuando comienzan el mandato haciendo gala de su inutilidad, puede que su partido decida relevarlos; aunque, lo más probable es que el interesado se resista y pretenda seguir en el cargo a base de modificar los principios de su partido. Así han surgido las nuevas formaciones políticas, fruto de la escisión de personas disconforme con la propia.

En España nos toca arar con estos bueyes. Todos están en nuestras cuadras y, en mayor o menor medida, hemos visto cómo se defiende cada uno en las tierras. Ahora se trata de elegir a los más idóneos, y en esas estamos. Cualquier nuevo ciudadano que desconociera a nuestros políticos y que, por adquirir nuestra nacionalidad, tuviera que votar por primera vez, si basa su decisión en el mensaje que le llega a través de los medios, tendría muchas posibilidades de no acertar en la elección. De hecho, los que sí conocemos a esos políticos, tampoco nos fiamos ni de lo que indican las encuestas ni de lo que dicen ellos mismos. Unas y otros suelen faltar a la verdad y, al final, solemos pensar aquello de: Más vale lo malo conocido…

Hemos entrado de lleno en campaña y llega la hora de la verdad. Lo que salga de las urnas sólo depende de nosotros. Si hay algo seguro es que tardaremos tiempo en volver a conocer partidos políticos que obtengan mayoría absoluta en el Congreso. Por eso, los partidos saben que deberán establecer pactos para poder gobernar, y que, a pesar de que la política hace extraños compañeros de cama -según frase que se atribuye a Winston Churchill-, suelen aliarse con aquellos que mantienen principios afines. Si esos principios fueran, más o menos, inmutables, los votantes no se mostrarían engañados con los pactos posteriores. Serían siempre lógicos.

 Esa teoría no vale en España. Lo vimos en la moción de censura que colocó a Sánchez en La Moncloa y mucho me temo que volverá a reeditarse. Desde que estamos en democracia, hasta la aparición de Zapatero, y mucho más con la de Pedro Sánchez, el PSOE fue siempre un partido comprometido con la unidad de España, con su forma de gobierno y con la Constitución. Ahora, quien vote al PSOE debe saber que tiene muchas posibilidades de dar opción a que manejen al futuro gobierno desde Podemos, PNV, ERC, Bildu y todos los que necesite Sánchez para seguir en La Moncloa. Si de ese gobierno salen medidas que choquen frontalmente con el espíritu del antiguo PSOE, que nadie se rasgue las vestiduras.

Albert Rivera, tal vez cegado por lo cerca que se ve del poder, ya ha manifestado su decisión de no pactar con Pedro Sánchez. Si le fallan los cálculos y Rivera no puede gobernar con el PP y VOX, le estará facilitando a Sánchez la coartada para justificar lo que será un nuevo Frente Popular. Si de verdad le mueve su amor a España, debería facilitar su alianza con Pedro Sánchez y, desde ella, imponer el gobierno de la lógica. Caso de no conseguirlo, siempre tendrá a la mano la posibilidad de hacerle caer.

Para quienes no acabamos de creer en el menú de Tezanos, aún nos queda la esperanza de que los verdaderos partidos que luchan por el progreso, la estabilidad, la ley y el orden merezcan la confianza de la mayoría suficiente de españoles para dirigir la nueva etapa que nos espera. Si no fuera así, la bancarrota que siempre ha rodeado la labor de los gobiernos mal llamados progresistas volverá a requerir la presencia de ese centro derecha que carga con la recuperación de España

Los que rezuman democracia por todos los poros de su cuerpo, apoyándose en el Art.º 1.2 de nuestra Constitución, se rompen las vestiduras cuando alguien les comenta que el pueblo se ha equivocado. Efectivamente, el pueblo español es soberano, pero, a tenor de las consecuencias extraídas de la nefasta labor de no pocos gobiernos, hay que reconocer que ese pueblo, en ocasiones, no acertó en su elección. Desde luego que eso también sucede en otras democracias, pero allí suelen tener la sana costumbre de no volver a votar a quien ya demostró su inutilidad, o sus aviesas intenciones. Aquí, no. Aquí nos han enseñado el Y tú más para no reconocer la pésima gestión de “los nuestros”. Analizados los pros y las contras, ahora tendrá cada cual la oportunidad de elegir a quien más se acerque a sus ideales. Y no por los mensajes que le bombardearán hasta el 28-A, sino por el resultado de una elección bien meditada. En cualquier caso, todo menos quedarse en casa.