Sábado, 21 de septiembre de 2019

Meditación ante una llaga de Cristo. Hermandad dominicana

     Señor Jesús. Tus llagas y tus cicatrices nos han curado. Mas no por ello dejan de doler, porque tus llagas se actualizan . Pero hay una diferencia entre tus llagas y las llagas de nuestra Iglesia y de nuestra Sociedad. Por tus llagas fluyó tu sangre para redimirnos, tu Sangre que es Vida  para colmar nuestras vidas, tu Sangre que es Amor, para colmarlas de Alegría.

     Señor Jesús, dijiste a la samaritana (Jn 4, 14) que le ibas a dar un agua que brotaría dentro de ella y saltaría y salpicaría hasta la vida eterna y, de esa manera, nunca más volvería a tener sed. Señor, el agua que nos diste en nuestro Bautismo, la que salió de tu costado en la cruz, después de habernos dado toda tu sangre, mana y corre con fuerza por las arterias más profundas de la Iglesia: Francisco de Asís, también con sus llagas, Domingo de Guzmán, Iñigo de Loyola, Teresa de Jesús y Juan de Sahagún, Teresa de Calcuta y Teresa Benedicta de la Cruz –Edith Stein-, Carlos de Foucauld, Óscar Arnulfo Romero y todos los mártires de la fe del Siglo XX y XXI, en nuestra patria, durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo pasado, y en Oriente Medio, en África o en lo más profundo de la Amazonía, como el hermano de la Salle Paul McAuley, recientemente asesinado. Todos ellos son arterias poderosas por las que circula en la Sociedad y en tu Iglesia el agua de la Vida que mana y corre y salta hasta la vida eterna.

     Esa agua de vida, fecundada por el Espíritu de Jesús, “El Sol que nace de lo alto”, ilumina a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte y guía nuestros pasos por el camino de la paz. Y, sin embargo, Señor, en la Iglesia y en la Sociedad padecemos de deshidratación espiritual, el agua de la Vida no llega a todos los capilares y, allí donde no llega, o llega a cuentagotas, antes o después se nos abren llagas, como si nuestra propia carne y la carne de la Sociedad y de la Iglesia estuviera gritando “Tengo sed”, pero sin ser conscientes de tenerla, de modo que esa sed, la sed de Dios, o sea, la fe, no nos alumbra suficientemente en nuestro camino. Y así quedamos expuestos a falsos soles, “los soles que más calientan” y que resecan nuestra piel y la piel de la Iglesia y de la Sociedad, de modo que acabamos rasgándonos desde dentro y se nos generan llagas que nos atormentan.

     Y así, como ha señalado recientemente en Papa emérito Benedicto XVI, algunos sacerdotes, en lugar de iluminar con la Poderosa Luz del Evangelio la revolución sexual que eclosiona en mayo de 1968, se han creído dueños de su cuerpo, de sus instintos, han aprovechado su posición de poder y han dilapidado el testimonio de la Iglesia abusando sexualmente de menores y de mayores. El Papa Francisco ha completado el análisis haciéndonos caer en la cuenta de la maldad intrínseca que tiene pervertir el mandato de Jesús “el que quiera ser grande entre vosotros, que sea el último de todos y el servidor de todos, porque yo mismo no he venido a que me sirvan, sino a servir y dar mi vida en rescate por todos” y lo han transformado en un instrumento de poder para aprovecharse de los más débiles. Esta es, Señor, una llaga tuya que hemos vuelto a abrir y que te duele, nos duele, …mucho…

     Hay, Señor, otra llaga que está amenazando con abrirse: muchos de tus bautizados no nos atrevemos a regalar nuestra agua de Vida a la Sociedad en la que nos ha tocado vivir. Nos la guardamos para nosotros, en lo más profundo de nuestro almario, pero no la compartimos. Y así, nuestra Sociedad también está deshidratada, porque tiene sed de Dios, pero no sabe identificarla y la confunde con la búsqueda obsesiva de una buena imagen personal, o se engaña cada día mirándose en el espejo del narcisismo, incapaz de ver las arrugas de su propio rostro y mucho menos las arrugas del sufrimiento en el prójimo, que a veces es tan prójimo que vive en mi propia casa, pero vive, igual que yo, “solo en casa”. O, a veces, nos esforzamos tanto por untarnos de dinero, o porque nos unten, que no caemos en la cuenta de la profundidad de nuestra soledad. Incapaces de soportar el dolor, huimos hacia adelante, aceleradamente, en busca de placer y bienestar, aunque sea a costa del sufrimiento del prójimo, de los más débiles. Nuestra piel se está endureciendo hasta el punto de dejar de ser humana y convertirse en coraza. Nos estamos volviendo inhábiles para la ternura, para la caricia, para el abrazo, para tender la mano al caído. Esta coraza, de momento, por un tiempo, nos defiende del prójimo, sobre todo del que  ha sido descartado y está condenado a vivir en las periferias existenciales, del emigrante, que tiene anhelo profundo de justicia, de ternura y de paz, pero que se ahoga en el Mediterráneo, o se desgarra en las concertinas o malvive y malmuere en un campo de refugiados sin fecha de caducidad.

     Esa coraza provisional nos defiende del prójimo, pero también nos defiende de Ti, Señor Jesús y ya no te tenemos en cuenta, no inspiramos nuestras decisiones y nuestros proyectos en tu Evangelio. Bueno, es que ni siquiera te vemos, hemos olvidado que existes, que eres el Dios de mis padres y, de hecho, vivimos como si no existieras. Pero nuestra piel deshumanizada, nuestra coraza, está a punto de rasgarse por sus costuras y transformar todo nuestro cuerpo en una llaga de soledad, de injusticia, ya hemos transformado amplias regiones de nuestro mundo en una soledad poblada de aullidos, en un secarral sin una gota de agua…

     Concédenos, Señor, el don de la conversión, para dejar fluir abundantemente tu Agua de Vida por nuestras venas y así poder filtrar unas frescas gotas de fe, de amor, de esperanza y de alegría entre nuestro prójimo, el más próximo, en nuestra misma casa y el más lejano, porque la injusticia está globalizada, pero mucho más fuerte es la corriente de la ternura de Dios que manó de la llaga de tu costado y sigue manando para nosotros y para muchos, todos los días, hasta el fin del mundo.