Domingo, 15 de septiembre de 2019

Un puñado de tierra

Estos días que se avecinan, para muchos, cada vez menos, son días de recogimiento y meditación. Cada cual busca ese recogimiento dónde mejor le parece, yo lo encuentro en un simple puñado de tierra.

Un puñado de tierra en medio de la terrible estepa armuñesa, que para mí es como un templo en el que se producen los más maravillosos milagros de la naturaleza. Estos días me retiraré a mi Flecha, donde haré vida contemplativa, metido de lleno en la monástica preparación y siembra de la tierra, para, que con las lluvias y el sol de la primavera, pueda gozar del fruto de ese esfuerzo en forma de hortalizas.

 Pocas actividades hay tan gratificantes como las de profundizar las manos en la tierra, hacerse uno con ella, volver a ella, nuestra madre, moldearla en forma de surco, penetrar en ella para depositar en su seno las semillas, taparlas con mimo, y luego, cada día, por la mañana temprano, visitarla con la curiosidad del niño que se levanta una mañana de Reyes para ver qué le han dejado. Investigar surco a surco para ver si los brotes empujan la tierra para abrirse paso. Yo sé que aún es pronto, que la semilla no ha tenido tiempo de germinar, nos obstante exploro impaciente cada centímetro de la tierra, por si el milagro ha empezado a producirse. Porque para mí es un milagro, un milagro que sucede cada día, todos los días de nuestras vidas, sin que nos demos cuenta. Cuantas veces habremos pasado al lado, incluso la habremos pisado sin verla, de una florecilla que ha luchado como ningún ser humano sería capaz de hacerlo, en la más profunda soledad, sin ayuda de nada ni de nadie, sometida a infinitos peligros, sin el agua vivificadora que le permita subsistir, y en unas condiciones imposibles para que un ser vivo pueda desarrollarse. A pesar de todas esas dificultades, se abre paso. No sé cómo un ser tan delicado, tan  frágil puede abrirse paso entre el hormigón o el asfalto de la carretera, para al final salir triunfante, desplegando con orgullo una bellísima flor. Y todo esto para vivir tan sólo unos días, unas horas, pero el objetivo se ha conseguido, pues no se trata de permanecer en flor para siempre. La planta “sabe” que la flor debe marchitarse, secarse convertirse en semilla, para que otras plantas puedan repetir ese duro ciclo y producir una nueva flor.

Cada mañana acudo a mi huerto, miro impaciente los surcos, trato de descubrir el nacimiento de una nueva planta. Si pasan los días y la planta no asoma, mi impaciencia me impulsa a escarbar con mimo el lugar en el que supongo debe salir, y descubro como una muy tierna planta, aún unida a la semilla primigenia, pugna para crecer buscando la luz del sol y el aire que le permita cumplir su ciclo. Con el mismo mimo vuelvo a taparla para que siga su curso.

Después de meses de cariñoso cuidado, eliminando la cizaña, esa planta de la que estos días hemos oído hablar en la representación de la Pasión, que de forma espontánea, sin invitación ni cuidado alguno, invade todo el huerto, robando el sustento de aquellas que son productivas, llegando a anularlas. No sólo ha sido la proximidad de la Semana Santa la que me ha traído el recuerdo de la parábola del trigo y la cizaña, ha sido el estar sumido en esta feroz campaña electoral que todos los españoles estamos sufriendo, en la que la cizaña prolifera en cada rincón de cada ciudad.

Pero hoy es día de esperanza, de paz y amor, y todo esto lo encuentro cuando meto mis manos en esa tierra que, año tras año, produce esos frutos que con tanta generosidad me ofrece. Y pocos son los placeres que puedan compararse con el de compartir con los amigos y las personas queridas esos frutos, producto del esfuerzo personal y de la generosidad de la tierra.