Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Semana Santa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ante cualquier problema, enfermedad o dolor, el ser humano, sobre todo el que no tiene fe, se siente desconcertado y se hace muchas preguntas. Pero “Cristo no responde directamente ni en abstracto a estas preguntas humanas… El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo” (SD 26). “A medida que el hombre toma su cruz uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. En Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte que, fuera de su Evangelio, nos aplasta” (GS 22). Cristo se ha comprometido con el sufrimiento. Con él hay esperanza y victoria segura.

Si tiene mérito el que sufre, también lo tienen quienes acompañan al que sufre ayudando, consolando y sirviendo. Si dar un vaso de agua en el nombre del Señor no quedará sin recompensa, tendrán gran premio aquellos que ayudan al enfermo a creer, a esperar y a amar. Si “recoger un alfiler por amor puede convertir un alma”, decía santa Teresita, cuántas almas no convertirá el ofrecer tantas noches y días interminables... El heroísmo silencioso de llevar la cruz cada día es ingrato. Pero Dios conoce el grado de amor y sufrimiento del que la padece.

Pidamos al Señor luz y fuerza, para nosotros y para todo el que sufre, para que el dolor y el sufrimiento no nos acorrale.

“Nunca, podrás, dolor, acorralarme.
Podrás alzar mis ojos hacia el llanto,
secar mi lengua, amordazar mi canto,
sangrar mi corazón y desguazarme.
Podrás entre tus rejas encerrarme,
destruir los castillos que levanto,
ungir todas mis horas con tu espanto.
Pero nunca podrás acobardarme.
Puedo amar en el potro de tortura.
Puedo reír cosido por tus lanzas.
Puedo ver en la oscura noche oscura.
Llego, dolor, a donde tu no alcanzas.
Y decido mi sangre y su espesura.
Yo soy el dueño de mis esperanzas”.
(Martín Descalzo)