Jueves, 25 de abril de 2019

La Protección de los Ramos

Cada Domingo de Ramos se celebra, en la tradición cristiana, un rito hermoso, que hunde sus raíces ya desde antiguo no solo en el hecho religioso, sino en ancestrales prácticas rituales vinculadas con la renovación de la vegetación y, por ello, de la vida.

De ahí que la tradición cristiana haya incorporado, asimilado y asumido esas antiguas prácticas rituales relacionadas con la vegetación y las haya colocado en el pórtico de la Semana Santa, como fiesta primaveral de pasión, muerte y resurrección de Cristo, que se ha interpretado –desde perspectivas antropológicas y etnográficas– como muerte del invierno y resurgir del tiempo primaveral, marcado por la fertilidad y fecundidad de los reinos vegetal y animal, respectivamente.

Desde niños, sentimos el Domingo de Ramos con una emoción especial. Llevar a bendecir los ramos era todo un rito. Por lo común, eran de laurel, el árbol de hoja perenne que abundaba en el pueblo. Quienes los conseguían de olivo –árbol también abundante en toda la Sierra de Francia baja y con rasgos mediterráneos– eran ya unos afortunados. Y –también en nuestro niñez los vimos– quienes los llevaban de palma (que había que comprar en la ciudad) eran los que más llamaban la atención y despertaban el asombro.

Los ramos que se han llevado a bendecir en la fiesta del Domingo de Ramos se colocan después –como es bien sabido– en las ventanas o balcones de las casas, para que queden protegidas de las tormentas, rayos y demás peligros celestes o terrestres. En algunas áreas, con dos trozos del pequeño tronco de la rama, se forma una cruz que se clava, también con finalidad protectora, en la puerta de la casa.

Pero las tradiciones populares en las que aparecen los ramos y ramas han sido muy abundantes y significativas en nuestro mundo campesino. Ha habido ramos en las bodas, en determinadas fiestas (por ejemplo, la de San Juan o solsticio de verano) y en determinadas finalizaciones de faenas laborales campesinas. Y siempre con el mismo significado de renovación de la vida, de fecundidad, de fertilidad, de promesa de futuros frutos.

Como, por ejemplo, los que les ponían los mozos a las mozas y, particularmente, los novios a las novias en fechas cercanas al solsticio de verano (por San Juan, por San Pedro, y otras similares), en ventanas y balcones en las que ellas residían con sus padres. Tales ramos, que podían ser de cerezo, de guindo, o de otro árbol o arbusto, eran promesas de amor, funcionaban como símbolos de ese anhelo de afianzar la relación amorosa y, por ello, de prolongar la vida.

Sobre tal práctica, hemos recogido, por ejemplo, en un pueblecito leonés, la siguiente seguidilla, tan significativa: “La noche de San Pedro / te puse el ramo; / la de San Juan no pude, / que estuve malo.” El novio, enfermo, que no lograra poner en la ventana o balcón de la novia el ramo en el día mágico de San Juan, lo ha de posponer para San Pedro.

Qué hermosas han sido siempre las tradiciones campesinas del ramo. Pese a que no pocas de ellas se hayan perdido o estén en trance de desaparición, hemos de documentarlas y guardarlas en la memoria.