Domingo, 8 de diciembre de 2019

‘Inventar el hueso’, un libro inteligente y lúcido

La última obra de Olalla Castro es un intenso poemario construido a través de oposiciones y de identidades
Olalla Castro. Foto: José M. Muñoz

Inventar el hueso, último libro publicado por Olalla Castro, XXXIII Premio Unicaja de Poesía, es un originalísimo poemario construido a través de oposiciones y de identidades. Estructurado, muy expresiva e inteligentemente en cinco partes, en cada una de ellas se ofrece la mirada del sujeto lírico sobre una realidad: la del “yo”, la del “tú”, la del “nosotras”, la de “ellos”, la del “lenguaje” y la del dolor”.

En la primera, titulada “Decir yo es cavar una tumba”, se habla de la identidad, de su conciencia, y también de su escritura: “Aceptemos que ese yo/ que es capaz de nombrarse/ tiene a veces mi cara.” El yo es la grieta en la que se hunden las manos, es igualmente las huellas que se siguen y, viajando hacia arriba, las voces que antecedieron a la voz propia. Ese yo se construye frente al otro, y se resiste a su naturaleza consistente y pétrea. Oponiéndose a él se constituye lo frágil y roto como modo de habitar la vida históricamente; “A pesar de Platón y de su estirpe/ hubo quien,/ sin voluntad de rehacer,/ nombró lo roto.” Lo roto está inserto en la conciencia colectiva, a pesar de que no queramos asumirlo. “No quisimos tocar esa intemperie”, escribe la poeta, porque nos asusta la fragilidad, y más saber que “los nombres que inventamos no nos sirven”.

El tú, por su parte, se levanta para que el yo tenga presencia. En la segunda parte, titulada “Tú en el hueco”, ese otro no es enemigo, al menos no lo es siempre (“Tú es esta mano cóncava/ dispuesta a recogerme o/ aplastarme”), es solidario: “Es necesario un tú/ donde salvar la vida”. Es nombrado con los términos del límite (“baliza”, “ceguera”, “mano, “espejo”…) pero, a la vez salva de ese propio límite de la uniformidad hueca: “para que la carne deje de ser pared,/ tejado, soga; para estirar la mano/ y tocar almo más que este vacío”. El otro es aquél ante el que nos enfrentamos a quiénes somos con verdad.

Junto al “yo” y al “tú” el poemario también se construye apuntando, mediante la genealogía de un “nosotras”, a una nueva realidad. “nosotras, que vinimos de lejos”, es el lema de la tercera parte del poemario. Ese “nosotras” del que se afirma que: “Hemos venido a cantar/ porque dicen algunas, no sin razón,/ que lo urgente es la luz”. Esa identidad colectiva femenina se erige negando lo oscuro, lo sucio, pidiendo -y cimentando- otra estirpe que vaya más allá del sometimiento a la conciencia heredada desde el origen de los tiempos. Construyendo una vecindad con todo el cuerpo y también con el lenguaje, tejido a lo largo de la historia, “una lengua de esquirlas. /Esto que es a la vez/ maleza, labio, roca.”

La cuarta parte, titulada “Ellos vendrán”, dibuja a un enemigo que llega de noche, con “manos de sombra”. Es un enemigo que a lo largo de la historia ha saqueado poblados, quemado casas, y que ha llenado los espacios recorridos de “hijos bastardos”. Es el otro y también lo otro, lo desconocido, lo incomprensible, lo lejano, lo incierto, lo violento. Presente a lo largo del tiempo en formas distintas, que obligan al aprendizaje de la defensa: “Esta vez cuando regresen/ (no dudes que lo harán)/ habremos aprendido/ el secreto del fuego/ a inventar la llave/ bajo la que guardar nuestra comida/ y encerrar a las bestias.” Esos “ellos” son los bárbaros que no entienden el lenguaje, ni el sentimiento, ni la ternura porque solo sirven a la sombra: “Ellos no entienden,/ pero adivinan ya, sólo con vernos,/ la forma en que nuestra ternura los socava”.

El poemario permite a los lectores ir avanzando en intensidad, y termina -inevitablemente- llegando al lenguaje como salvación, como entrega, como posibilidad… “Del lenguaje y sus muertos”, enunciado con el que se encabeza este bloque de poemas, apunta a un lenguaje anterior al articulado, aquél que se manifestaba cuando se palpaban las ramas con el tacto. Un idioma en el que se sabeque no siempre al nombrar se alcanza lo nombrado, y que -a veces- está más cercana a la vida la experiencia directa del cuerpo y del mundo que al intento de cercar -y buscar poseer- las cosas bautizándolas. Por eso la autora escribe: “Volvamos a las ramas. A su música./ Retrocedamos/ decenas de siglos en la lengua,/ hasta un segundo antes de empezar a fingir/ que una hebra invisible atraviesa los nombres/ y los une a las cosas.” Esa lengua busca ser bisturí para llegar al hueso y que se limpie y cauterice, pero es fuego que llena todo de ceniza, oscuridad detrás de la maleza, boca húmeda de un pez que se ha quedado clavado en el arpón. Magnífica sucesión de alegorías para expresar intensamente todo lo que queda atrapado dentro y fuera del lenguaje, y que hiere.
El poemario concluye con un último bloque titulado “Atraviesa bailando este dolor”. En estos seis últimos poemas, la autora nombra la noche y suangustia, los muertos y la risa que danza sobre ellos, y también sus ojos huecos, el miedo a la muerte y su certeza, representada visualmente en ese hilo del que pende uno y que sabe que va a romperse. Toda la falta de sentido de la vida se diceintensa en esos versos finales,y se simboliza enla imagen de una mujer que busca una pepita de oro y que,al final,“amasa el barro/ en vano”.

Inventar el hueso es, sin duda, un magnífico libro, inteligente y lúcido, que sigue abriendo camino en la dirección de las anteriores obras de Olalla Castro, pero que, como todo buen poemario, manifiestala voz propia de la autora desde una mirada nueva y original.Sin duda alguna, todo un logro lírico.