Domingo, 8 de diciembre de 2019

La primera foto

Allí está. Míralo. Nadie lo había visto antes. ¿Nadie? ¿Nunca? Nadie y nunca. Nadie y nunca con los ojos que tienes en la cara y que perciben solamente una esquinita de la luz. Los genios sí, los genios saben ver lo que imaginan y lo habían visto en el modelo matemático, es decir, en su abstracción. Abstracción es una palabra duende. El esquema decía lo siguiente: esta ecuación (es decir, el universo) requiere que suceda algo (por ejemplo, que los rayos de luz se doblen por efecto de la fuerza de gravedad), luego si el cosmos es lo que pensamos (materia visible y materia oscura extendidas en un espacio-tiempo curvo en donde las leyes de la física son siempre las mismas), este algo existe (una «singularidad») y lo llamaremos agujero negro.

Una cosa que devora todo.

Una boca en el lugar en donde el universo se dobla hasta romperse y convertirse en otra cosa.

Justo así: tan impensable.

Un hueco en la red que sostiene lo que existe.

El hueco por donde las cosas que se hunden dejan de estar en el aquí de lo posible y se convierten en dragones o animales mitológicos.

Las ecuaciones relativistas de Einstein preveían la existencia de esa grieta por la cual la luz resbala para no poder salir. Por este motivo el agujero es negro: porque la luz no puede escapar de él y se le queda en la pancita, toda la luz adentro, esa preñez. Predicha por las fórmulas de Einstein, su cerebro, Einstein nacido para decir «las cosas son así, fijaos bien» y dejar todo revuelto. Dijo: es posible que aquí —y puso un dedo encima de la mesa para mostrar el lugar y la manera en la que una cosa tal podría imaginarse— es posible que aquí exista un sumidero. Después tocó el violín sin musitar palabra porque ya había hablado suficiente y los años pasaron en mitad de esa música. Hasta que ayer, un diez de abril, alguien dijo aquí está, aquí traigo la foto.

Han fotografiado una singularidad matemática. Han obtenido la primera imagen a color de una abstracción (¿quién eras tú, Einstein? ¿Quién eras?), de un hueco que está a cincuenta y cinco millones de años luz de nuestra Tierra en donde el universo se pliega sobre sí. Después, como quien no quiere la cosa, lo ponen frente a ti y le ves la cara a esa quimera predicha por un sistema de números. Números (es decir, cavilaciones). ¿Qué es un número? Cuando dices «dos», tú sabes lo que expresas, aunque necesites encarnar la idea del dos en un par de manzanas. ¿En dónde están los números? Existen, aunque sean abstracciones, y ahora existe también el hoyo negro.

Es posible que todo el universo haya nacido de un vientre como ese. O sea: es posible que el hueco haya devorado la materia completa y que, después, la haya vuelto a expulsar. Míralo. Aquí está. ¿Cómo han hecho la foto? La técnica se llama interferometría: debes medir las vibraciones (la frecuencia de las ondas electromagnéticas) que llegan hasta los detectores (los receptores están en muchos lugares del mundo) y, después, revisar los miles de millones de millones de datos, examinar, ordenar, distribuir, quitar todo lo que sobra, cada puntito de luz recibida es un número. Una vez depurada, la información se traduce de nuevo en colores y los ojos, entonces, entienden: hay un círculo negro rodeado de un halo amarillo que alguna vez ha expulsado de sí una galaxia. Hay una pupila del ojo de dios.

Qué significa, preguntas. Cuál es su importancia si nos queda tan lejos. Aquí llueve con furia y la colada está empapada y los brotes de hierba se repliegan. Tal vez aquello solo significa que hay cosas con hondura sumergidas en las circunvoluciones: un hilo de Ariadna para encontrar el minotauro, un mensaje cifrado en el principio del mar. Tal vez aquello solo significa que las cosas son, y también no son, lo que parecen: un punto de tinta en el folio de Einstein que es, a su vez, un pozo que deglute y una foto, sencilla, en el periódico. Lo que llamas realidad es mucho más que lo que tocas porque importa también la perspectiva, el lugar desde el que te pones a mirar: para un bichito diminuto, lo sólido es un gas, pues la distancia entre una molécula y la otra (de madera, por ejemplo) es mucho más extensa (y el bichito percibe ese trayecto en años luz) que su cuerpo nanométrico.

¿Entonces? Entonces mírate: tu rostro contiene el mapa del enigma, el mismo nivel de perfección. Cuando piensas, tu cerebro es una antena que recibe señales de lo que sucede por fuera de la caja. Mírate en ese espejo que alguien ha inventado para que tú te reconozcas en tu imagen y encuentres en la cara un ojo y en el ojo una pupila por la que entran los colores y las formas de todo lo que ves, también esta foto primeriza. La pupila de un dios en tu pupila. Y ambas, agujero y agujero, compuestas de igual materia numérica. El mismo temblor de boca abierta ante el prodigio. Un vértice. El punto exacto mismo del asombro.

Salamanca, 12 de abril de 2019

(Créditos de imagen: www.almaobservatory.org; EHT -Event Horizon Telescope-)