Dolor

No son estos tiempos propicios para el dolor. En realidad, nunca lo han sido, ¿Porque quién desea a nadie, y menos a sí mismo, sufrir el dolor? Rechazamos instintivamente el dolor, el sufrimiento, y abjuramos de su sentido. Pero el dolor está ahí, sigue esperándonos siempre, y tarde o temprano nos atrapa. Lo sabemos, pero huimos de él y no pensamos que seremos carne de dolor, como si el olvidarlo fuera un conjuro que lo evitara. La vida es dolor, sí, pero también es placer, y alegría y esperanza, un cóctel variado no una pócima única. Ante el dolor, lo que varían son nuestras tomas de posición: desde la desesperación al estoicismo, desde la serenidad de ánimo ante lo inevitable (cuando suceda lo afrontaré, bien o mal, pero lo afrontaré, o al menos lo intentaré) al rechazo. Pero ¿puede encontrársele sentido al dolor, hacerlo es sinónimo de masoquismo?

Se me ocurren todas estas preguntas precisamente hoy, en que tradicionalmente se celebra el llamado Viernes de Dolores, con la Virgen María de gran protagonista en nuestro imaginario infantil. Además, en Salamanca, contamos con una imagen extraordinaria, salida de la gubia de Felipe del Corral, que vive en la iglesia de la Vera Cruz. Cuando este templo estaba abierto casi todo el día a la adoración del Santísimo, antes de que se cerrara por la salida de las monjas que allí vivían, no eran pocas las personas que se acercaban a la capillita dedicada a la Virgen y allí se pasaban horas rezándole, implorando su auxilio, contándole sus cosas. La imagen es portentosa, una de las mejores de nuestra Semana Santa: María, traspasada por el dolor que se simboliza con los cuchillos en su corazón, y mirando al cielo, como buscando una respuesta que le cuesta encontrar ante la injusta pasión y muerte de su hijo. Cuando la he mirado muy de cerca, siempre he pensado lo mismo: hasta ella se hacía preguntas, tenía dudas, vivía aquí en el mundo y no en el cielo.

El dolor según el cristianismo. Uno de los estigmas que le han acompañado mucho tiempo, siglos, y que ahora sigue como un tópico imposible de combatir, es que el cristianismo es una religión dolorista, que cultiva y exalta el dolor, que se recrea en el dolor. Nuestra Semana Santa procesional es, sin duda, el mejor escaparate de ese concepto. No hay que olvidar que es un fruto del Barroco, de una imagen difícil de combatir porque ha acompañado a la Iglesia en predicaciones tremendistas, para mí poco cristianas. Porque el dolor, la pasión de Cristo, es una de las caras innegables de la fe cristiana, pero su palabra última es la resurrección, es decir, la vida en plenitud, el gozo definitivo, y esta supera con mucho a la otra: no la niega  pero la supera, le encuentra un último sentido. Quedarse en la Pasión no es cristiano, aunque algunos lo hagan: el signo distintivo del cristianismo, su irrenunciable seña de identidad, es la Resurrección de Cristo.

¿Qué aporta, pues, la visión cristiana del dolor? Pues saber que no es lo último, sino lo penúltimo, y que su sentido (si es que lo tiene) solo halla respuesta en la felicidad definitiva tras la muerte. Saberlo, creerlo, permite afrontar el dolor no desde la desesperación (no es extraño que vivamos en un tiempo en que los suicidios son frecuentes, aunque vergonzantemente se oculten), ni desde el estoicismo ante lo inevitable, sino desde la esperanza. La muerte, el sufrimiento, el sinsentido, no son lo último frente al paréntesis de la vida (tal vez fuimos muy felices, pero ahora no, y ahora es el final que lo ensombrece todo), pues sabemos que esta vida concluirá con la felicidad plena. De no tener esta convicción existencial cuesta meterle el diente a la vivencia del dolor, por muy armado intelectualmente que esté uno: no hay respuesta ahí, para que engañarnos.

La única respuesta concluyente, si es que la hay, proviene de la fe, que indudablemente se puede tener o no tener y no cabe reproche ante ello: a su través se perciben luces, la oscuridad no es tenebrosidad y en el fondo uno cree percibir el sentido.

Cuando observo el rostro de la Dolorosa de la Vera Cruz creo encontrar esa respuesta que busco (no siempre, porque también hay momentos de noche oscura en mi vida, cuando el horizonte se cierra y te ves atrapada en un laberinto sin sentido): María llora desconsolada, incapaz de entender el sinsentido de que lo que está viviendo (la muerte de un hijo, inocente e idealista), pero a la vez mira a lo alto y en su mirada se percibe serenidad y esperanza, como si nos dijera que, pese a todo, merece la pena vivir. Porque al final todo acabará bien.

Marta FERREIRA