Lunes, 22 de julio de 2019

Tomás Hijo, aura de dragones

Hacedor de libros, ilustrador y grabador salmantino
Tomás Hijo durante la entrevista con Charo Alonso. Fotos: Carmen Borrego

Charo Alonso: ¿Es verdad eso de que no te llamas “Tomás Hijo”?

Tomás Hijo: No, y fue gracioso porque en una entrevista con Luis del Olmo él me decía: tiene usted el apellido más hermoso… ¡Y yo no sabía cómo cortarle porque no es mi apellido!, todo viene porque la gente llamaba a mi casa por teléfono y preguntaban “¿Tomás padre o Tomás hijo?” La gente empezó a llamarme así y seguí usándolo.

Carmen Borrego: A mí me dijo Raúl Vacas y pensé que se lo había inventado. Quizás porque hemos hecho muchas cosas juntos Vacas y yo. Raúl Vacas escribe sobre niños raros y Tomás Hijo los pinta como pinta dragones, reinas, elfos, estudiantes de la Universidad de Salamanca, duendes castellanos y magos salmantinos. Ilustrador, profesor, escritor, dibujante, cineasta, la obra de Tomás Hijo se estrecha en un lazo de fantasía que atrapa y seduce. Espiral de magia. Gubia medieval de trazo grueso y escenas abigarradas en la Taberna infinita de El Poni Pisador. Niños y letras. Historias de vivos colores y violentos negros y rojos de reinas malignas.

Ch.A.: Tienes una tienda online de tu obra que funciona muy bien. ¿Cómo vives tu relación con el futuro, las redes sociales e internet?

T.H.: Agradecido, todas las experiencias que tengo con las redes sociales son buenas, las uso mucho y estoy muy contento. No es el futuro, es el presente: la gente está consiguiendo vencer las barreras que nos ha puesto la crisis con este medio. Es una forma de mover tu trabajo y el verdadero cambio ha sido gracias al hecho de que puedes mover tu trabajo sin necesidad de depender de una editorial o de los cauces habituales.

Ch.A.: Quizás también porque hay un repunte de la afición por el cómic…

T.H.: Es un auge el del cómic que no tiene que ver con las redes sociales, sino con la cultura visual. Luego está el hecho de que nuestro trabajo se ha puesto en manos de la gente sin intermediarios, con mucha diversidad. Antes la gente esperaba que una editorial sacara un número determinado de cómics y ahora con internet la gente escribe, dibuja, puede imprimir, distribuir… Hemos dejado, en cierto modo, a los intermediarios tradicionales y los autores mismos lo hacen todo y gestionan sus tiempos.

Ch.A.: Es decir, escribes tú, publicas tú, vendes tú…

T.H.: Quiero hacer algo y lo hago, sí. Pero también el trabajo tiene muchas lecturas: Yo tengo proyectos que se pueden leer, se pueden jugar como un juego de rol y no se encuentran en una librería física, sin embargo, se puede jugar por ejemplo en Indonesia, y este resultado es una pasada. Y que conste que mi caso es muy modesto, hay gente muy joven moviendo sus comics, sus camisetas, sus proyectos, ganando muchísimo dinero y en algunos casos sin vender algo físico, como sucede por ejemplo dando clases online.

Ch.A.: Yo invito a visitar tu tienda. ¿Nos acostumbramos a comprar obra gráfica y además, por internet? ¿Compramos más los libros como el de Gaudeamus o el más reciente con Jesús Callejo sobre las leyendas castellano leonesas?

T.H.: Tenemos poca costumbre de comprar obra original. Estar en internet supone que estableces unas condiciones muy ventajosas para el creador online con respecto al cliente. En Salamanca por ejemplo es donde yo no trabajo nada, no hay mucho caladero donde echar
las redes… Vendo fuera y es verdad que recibo propuestas, pero no hay mucho estímulo institucionalmente hablando. El libro de las leyendas es un proyecto del Museo Etnográfico muy interesante y el de la Universidad se está vendiendo mucho y estoy muy contento con el resultado, fue una buena mezcla de guión, dibujos…

Ch.A.: Te llamas a ti mismo “hacedor de libros”. ¿Gaudeamus es un cómic todo tuyo, el texto, los dibujos…?

T.H.: Sí todo es mío, trabajé con total libertad y disfruté mucho haciéndolo, es uno de esos casos en los que todo se complementa.

Ch.A.: ¿Hay casos que no se complementa e ilustras textos que no te gustan?

T.H.: Sí, me pasa con cierta regularidad porque también escribo y unas veces te gusta más el texto que tienes que ilustrar y otras te gusta un poco menos. Pero yo tengo el prurito profesional de que hay que dar la misma dosis de calidad en ambos casos. A veces los dibujos están mejor cuando no me gusta tanto el texto porque me obligo a ello. No soy de fácil conformar con los textos, lo reconozco, pero sí cuido igual todo lo que tengo que hacer.

Ch.A.: Trabajas en  muchos campos. ¿Hay algún encargo en el que te hayas sentido muy identificado con el texto ajeno?

T.H.: Es verdad que hago muchas cosas pero no me gusta simultanear proyectos, es acabar uno y empezar otro, vas un poco a matacaballo, la verdad. Y en un texto para SM, La reina negra, creo que ahí los dibujos están bien resueltos y he llegado al tope de calidad, es el exponente de la unión entre ilustración y texto. Es de Llanos Campos, una novela de fantasía. Con la editorial SM trabajo muy bien porque nos conocemos.

Carmen Borrego: ¿Dónde empieza el ilustrador y dónde acaba el grabador? En él es la misma cosa, Charo, sus dibujos y sus grabados son idénticos.

T.H.: Yo intento hacer ilustración con el grabado, me gusta la ilustración, me gusta hacer la tabla de grabado. Una cosa que me encanta de esta técnica del grabado es que realizas piezas de arte sin tener que renunciar a los originales, es una producción seriada y eso es bueno desde el punto de vista comercial, pero sigue siendo arte.

Carmen Borrego: Además, Tomás se caracteriza porque imita el efecto del grabado en sus ilustraciones que no lo son.

T.H.: Hago libros con esta técnica, se llama golpe seco simula el efecto del grabado en el papel. Está guay.

Ch. A.: ¿Qué es el golpe seco?

Carmen Borrego: Golpe seco o gofrado es una técnica que se usa en artes gráficas para conseguir un relieve en letras o imágenes mediante presión con un molde o troquel hecho de metal. Se puede hacer sobre algo impreso para que resalte más. Tomás, ¿el libro es un objeto especial para ti?

T.H.: No soy muy bibliófilo en el sentido de ver el libro como un objeto sagrado, pero sí soy coleccionista de algunas cosas que me gustan. Me interesan el cine, la animación, el dibujo, el libro… Todos los soportes en los que uno se pueda expresar.

Ch.A.: Guillermo del Toro compró obra tuya. ¿Cómo lo ves?

T.H.: Con mucha alegría, y cierta sorpresa. Es flipante porque coincide que es gente que yo admiro.

Ch.A.: Tomás Hijo ¿Cómo dibuja tu hijo?

T.H.: Mi hijo dibuja muy bien y no es forzado, no está obligado a dibujar. Hay una teoría que se llama la de los ocho años. Se dice que hay habilidades comunicativas que usamos de forma instintiva, sin embargo, hay otras para las que somos adiestrados. A bailar, a cantar, a dibujar nadie nos enseña en un primer momento. Luego es cierto que te dicen que dibujas bien o mal y entonces te enseñan o no a hacerlo bien, pero inicialmente nadie te enseña al principio, es natural. A mí cuando me dicen ¿cuándo empezaste a dibujar? siempre les pregunto ¿cuándo lo dejaste tú?

Ch.A.: Has ilustrado un libro de leyendas salmantinas, publicas ahora ‘El mundo encantado de Castilla y León’ y has recibido un premio en el 2016 de la Sociedad de Tolkien ¿Qué mundo fantástico habitas?

T.H.  En el fondo, el mundo de la brujería linda con el de la fantasía y todos estos temas del cuarto milenio que me interesan mucho, son el mismo mundo. Casi todo lo que he escrito tiene que ver con leyendas que recopilo, que no invento. Empecé a interesarme por la fantasía y Tolkien a los 13 o 14 años, es un mundo que va creciendo contigo, un mundo universal que se adapta a ti a medida que lo lees porque por eso es universal, enseña las cosas de la vida, que es para lo que sirven los mitos, para enseñar los principios de la vida.

Ch.A.: Me encanta que recuerdes a tu abuelo, gran contador de historias.

T.H.: Mi abuelo me contaba historias míticas, legendarias, era un hombre muy imaginativo, con un gran talento oral. Quizás mi trabajo busca recuperar esa sensación de sorpresa que tenía al escucharle las historias míticas, las leyendas de Salamanca, los recuerdos de la guerra, de la Salamanca de los años treinta que a mí me parecían como de la Edad Media.

Ch.A.: ¿Cómo abordas tus clases de ilustración en la Universidad?

T.H.: Disfruto mucho las clases porque para saber algo lo mejor es saber explicarlo. He aprendido mucho preparando clases, tratando de comunicar lo que yo sé. Cuando lo tienes que enseñar, aquello que sabes ha de profundizarse. Y además, para dar clases tienes que estar abierto a muchas cosas porque aprendes con los alumnos y yo empatizo mucho con ellos. También hay partes de este trabajo que son incómodas, que no tienen que ver con el proceso de enseñanza, sino con el protocolo universitario, con la burocracia, los exámenes.

Ch.A.: Pero si te llama Guillermo del Toro o Mignola sales disparado…

T.H.: Sí, si me llama Guillermo del Toro salgo disparado. Hellboy es mi personaje favorito, y no hablo de la película, sino del héroe de Mignola, un vehículo del que se sirve para recorrer la mitología de Japón, de Europa, para hablar de los EEUU… Hellboy es una especie de Don Quijote. La película da una visión menos interesante del personaje aunque es una maravilla en la que está involucrado Guillermo del Toro.

Ch.A.: Compartes esa pasión muy de frikis como los de Tolkien…

T.H.: Aquí parece que estos movimientos están asociados a la juventud, a la adolescencia, y no es así, es un fenómeno que ha llegado tarde a España y que es antiguo en Inglaterra donde los miembros de la Sociedad de Tolkien, por ejemplo, son gente no adolescente, sino de
una media de edad de sesenta años. Tolkien despertó este movimiento de forma más masiva en los EEUU, y no se trata de un grupo de frikis, sino de estudiosos académicos.

Ch.A.: He leído una entrevista tuya en la que dices que mezclas las virutas del grabado con las teclas del ordenador. No te pregunto entonces qué técnica prefieres.

T.H.: Es un proceso de ida y vuelta: uso el papel, el ordenador, luego paso a la plancha de madera y la tallo en plan medieval, lo coloreo con acuarela a mano o de forma digital… Mezclo esos medios de una forma constante, un trabajo mío pasa por un proceso laborioso de muchas técnicas. Uso el grabado tradicional, me ayudo con lo digital… Hago un boceto a lápiz… Uno todas las piezas y renunciar a una técnica por purismo no me sirve, lo importante es el resultado.

Ch.A.: Adoro uno de tus trabajos, el cartel anunciador de la Feria del Libro de Salamanca. Esa niña con alas de libro que vuela con un gato es mi infancia lectora.

T.H.: Es una combinación de elementos sugerentes, como una metáfora visual. Si lo explico con palabras es una traición al trabajo.

Ch.A.: Ilustras libros infantiles y juveniles. ¿Por qué no leen los niños, los jóvenes? ¿Por qué no pintan? ¿Qué falta?

T.H.: Leen, los niños leen, luego no sé lo que les pasa, se nota mucho pero hay algo que no sé si es solo culpa del sistema. Yo pienso que el talento se abre camino por muy perverso que sea el sistema. Creo que el estímulo que necesitas tiene que venir de ti. Pienso que falta esa fuerza, es como si algo se estuviera desactivando, pero no en el sistema educativo, sino en toda la sociedad. Se está acabando la clase media y encuentras gente con un interés bestial por algo y otros que están perdidos. Lo veo en la universidad, en el colegio… Y no es culpa de los profesores, porque los hay que se dejan la piel, el profesor actual es el más preparado de la historia, es el que está más presionado, más vigilado para que haga bien su trabajo… Pero no se consigue levantar esto y no es por falta de motivación.

Ch.A.: Por suerte queda el libro, el cine, la fantasía, el dibujo…

T.H.: Siempre va a haber gente que dibuje, que lea, que escriba, que no lo descuide… Sucede cada generación. No sé qué pasará en un futuro, eso es especulación y a mí no me gusta la ciencia ficción, no me gusta la anticipación, lo que me gusta es ir hacia atrás y trabajar con el pasado, que es lo que nos enseña a continuar.

Tiene Tomás Hijo el aire de un copista medieval, pergamino y pluma, y salen entre sus dedos dragones y mazmorras, enanos y elfos. Tiras de cómics, viñetas que son letras capitulares. Renglones que vuelan y escupen el violento rojo marca de su rúbrica más medieval. Sangre de tinta. Épico empeño de retratar los sueños.

  • "El mundo encantado de Castilla y León", de Jesús Callejo Cabo, ilustrado por Tomás Hijo