Viernes, 22 de noviembre de 2019

Paco Cañamero: memoria de aquella mañana de diciembre en Muñoz

El periodista, escritor y colaborador de SALAMANCA AL DÍA presentó, en un Casino repleto, su libro sobre el accidente de tren del autobús escolar

El escritor y periodista, Paco Cañamero, firmando ejemplares de este libro en el Casino. Foto de Carmen Borrego

         Está lleno el Casino de las grandes ocasiones, este espacio cultural entregado a la ciudad que se cubre de silencio reverente porque el motivo lo merece, como merecen el respeto y el reconocimiento las víctimas de aquella mañana de diciembre de 1978, la más triste de nuestra historia reciente en la que un tren arrolló en el Campo Charro, al autobús escolar causando una herida que el paso del tiempo no ha conseguido borrar.

         Porque hay heridas así, profundas grietas que siguen sangrando en una comarca marcada por la muerte de una treintena de niños y un adulto arrollados por la máquina feroz del destino en esa fría mañana de diciembre que olía a vacaciones de navidad, a sol de invierno. Una mañana en la que Paco Cañamero, niño de once años, alumno del Colegio Público Comarcal Nuestra Señora de los Remedios, no solo perdió a sus compañeros de clase, sino que supo el sabor de la desdicha.

         Hasta hoy no me había dado cuenta de lo alto que es Paco Cañamero, tiene la altura y la apostura de esa tierra que relata desde siempre como periodista y como escritor. Páginas de surco, caminos de hierro. El tren no solo transborda en Medina, como se titula su novela de vidas que se entrecruzan, el tren tiene en este hombre de campo, hombre de toro, hombre de fútbol, un eco sordo de tragedia. Y es que en el ruedo de la vida, hoy no toca sol, sino sombra, por eso reparamos en lo alto que es Paco Cañamero y lo larga que es la pena que proyecta en estas páginas de llanto y esperanza.

         Porque todo el oficio del Cañamero cronista, del periodista de raza, del novelista que pinta caracteres y ambientes con el costumbrismo propio de una tierra que precisa de voces sabias y enamoradas para que retraten su mejor cara, está en este testimonio adolorido. Porque también él era un niño del accidente de Muñoz, porque vivió en carne viva el desgarrador accidente que sembró la tierra de carteras infantiles, cuadernos manchados de sangre, ese vuelco del destino que, en palabras de Carlos Mateos, presentador del acto, hace aflorar lo mejor de una sociedad que se vuelca en la desdicha, porque nadie se salva solo. Y solo Paco Cañamero, desde la cercanía, desde el recuerdo, desde la recopilación periodística, memorialística de lo sucedido, podía escribir el capítulo más amargo de nuestra historia reciente.

         Una historia que vivió de lleno el que era gobernador de Salamanca, Jaime Royo-Villanova y Payá, autor del emocionado prólogo que inicia el libro y emocionado relator de aquel día que también cambió su vida. Porque fue él quien recibió la llamada sorda del destino, quien coordinó un operativo marcado por la rapidez con la que acudieron los vecinos del pueblo cercano al paso a nivel de la tragedia. Gentes de la tierra que auxiliaron en ese primer momento y colaboraron con todos aquellos que se volcaron para trasladar a los heridos, a los muertos, para atender a los padres que acudieron al lugar sin saber de sus hijos y que, según Royo-Villanova, le ayudaron a él cuando sus fuerzas flaquearon: Vosotros, los padres, me disteis la mejor enseñanza, la de que cuando nos toque sufrir, hay que saber hacerlo. Para el que fuera gobernador de Salamanca, este libro ayudará a que nada se olvide, ni la muerte de los niños, ni la solidaridad de toda una tierra. Para que no se olvide el trabajo consensuado de las gentes para atender a las víctimas y para recordar a ese niño herido que, visitado por la reina Sofía, le contó que le había pedido a los reyes un tren de juguete.

         Un tren…

         Aquella navidad, recuerda emocionado Royo-Villanova, los niños de palacio se quedaron sin juguetes, y un gobernador de provincias abrumado por la tragedia, recibió un camión de presentes para los pequeños heridos del accidente de Muñoz. La luz de la sonrisa para iluminar este acto emocionado. Palabras que aún cuarenta años, no pueden dejar de llorarse y que ahora se han convertido en memoria escrita, para que no dejemos de evocar la pérdida.

         Para Carlos Mateos, este niño de once años, detenido en el tiempo, es el cronista de la historia sentimental de un pueblo en el que la tragedia sigue viviendo en cada casa que perdió a un niño. Y ese niño que ha publicado una treintena de libros, que ha hablado de la tierra, de sus ríos, sus caminos, sus gentes, sus fiestas… ¿Cómo no va a hablar de la mayor de sus desgracias? Decía Hemingway, recuerda Carlos Mateos, que para comprometerse con la literatura hay que comprometerse con la vida. Y nadie hay más comprometido con la vida del Campo Charro que Paco Cañamero. Compromiso que, cada aniversario del accidente, se convierte en columna, homenaje año tras año a quienes murieron en el accidenten y a quienes viven tras el golpe. Año tras año. Del dolor más profundo salen las mejores páginas, afirma Mateos, y recordar, etimológicamente, es volver a pasar por el corazón.

         Un corazón generoso el de Paco Cañamero. La altura de un hombre no se mide solo en la talla de ese traje que hoy sabe vestir con la ceremonia de la ocasión. Por eso la alocución del autor no habla de sí mismo, ni siquiera de su libro. En el silencio emocionado de este acto de recuerdo, Cañamero afirma que ojalá no estuviéramos aquí, recordando una tragedia convertida en libro fruto de un sentimiento. Consideración, homenaje y dolor en un ejercicio testimonial para narrar un hecho tras el que Nada volvió a ser igual y el paso del tiempo no lo ha mitigado. Sin embargo, Cañamero no quiere hablar de su libro, de su trabajo de evocación, documentación, escritura… quiere dar las gracias a quienes como en Fuenteovejuna, todos a una, se volcaron desde el primer momento para ayudar: las gentes del campo que acudieron con mantas y sábanas para cubrir a los heridos y a los muertos, sudario de escarcha a flor de tierra yerta; al colectivo médico de toda la comarca, a los médicos del Ambulatorio y del Clínico de Salamanca; a la Guardia Civil, a la policía que despejó los accesos a la ciudad para que llegaran cuanto antes los heridos; a la Salamanca entera que hizo cola para donar sangre; al ejército, a los jugadores de la Unión Deportiva Salamanca que fueron una vez y otra a visitar a los heridos, como lo hicieron los toreros, con el Viti a la cabeza, partícipe también del dolor de sus próximos, tocados por la tragedia… a una ciudad, en suma, golpeada en lo más hondo porque no hay cosa más atroz que la muerte de un niño.

         Un niño que quería un tren como regalo de reyes. Un tren.

         Hay un silencio frío y hermoso en este acto sobrio, breve, contenido. Un acto para celebrar un libro que es recuerdo doloroso, pero también, enseñanza de vida, memoria de dignidad, de solidaridad, de resignación callada. Un libro con puntos suspensivos porque la historia no se acaba y la desgracia no es el final de ninguna historia, porque la vida, y bien lo sabe Paco Cañamero, es más fuerte que nosotros, y el sol amanece por encima de las encinas.

         Y porque el tren de cada uno de nosotros sigue pasando. Un tren que hace el trasbordo del corazón no solo en Medina, sino en todos los apeaderos donde vive la memoria de la tierra. Esa memoria que cuenta como nadie Paco Cañamero, y esta vez, en la arena, las tardes de gloria no son de alegría, sino de emocionado, callado recuerdo. Un homenaje necesario presentado desde la gratitud hacia los que vivieron el dolor y ayudaron a conjurarlo. Qué grande eres, maestro, qué alto.  

Charo Alonso.

Fotografía: Carmen Borrego.

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