Jueves, 13 de agosto de 2020

Usos y abusos de la historia (El caso López Obrador)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dice el profesor Mariano Esteban, catedrático de la USAL, que la historia no va mal como disciplina académica, pero que en la esfera pública se suele usar sólo como un saco de argumentos selectivos con los que atacar  dialécticamente al adversario y justificar la propia opinión política («¿Está de moda la historia?». La Gaceta, 8 de abril de 2019). Y no siempre se ve el pasado como fue, sino como se imagina o se idealiza.

En principio, estoy de acuerdo con eso, aunque sería bueno ver de quién y de qué estamos hablando. Sospecho que tal opinión está motivada por los nacionalismos y, más concretamente, por los soberanistas catalanes y, sí es así, diría que “en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas”.  Por otra parte, creo que el argumentario histórico apenas sirve para fundamentar o desacreditar las posturas de unos y otros, debiendo primar en el debate las razones propiamente políticas y, más que nada, la voluntad general formalmente expresada, si es que estamos en una sociedad democrática.

A propósito de este asunto, Esteban se refiere también a la petición del presidente de la república de México, Sr. López Obrador, quien echa de menos una disculpa por los atropellos que cometieron los españoles con ocasión de la conquista de Méjico en el siglo XVI; algo que ha causado cierto revuelo en el mundillo político y que ha dado pie a Martínez Reverte para mostrar su raro virtuosismo como insultador y a Vargas Llosa para tirar su guante verbal, ¿no es sierto?. Según creo, el asunto tiene dos caras: 1) si, en efecto, hubo tales atropellos y qué alcance tuvieron y 2), si procede por ello alguna reparación simbólica, que no iría muy lejos en sus efectos para unas poblaciones indígenas aún hoy marginadas y en precario. Pero en esto no voy a entrar y sólo recordaré que Naciones Unidas, en la Conferencia de Durban (2001), pidió a los países miembros que “honrasen la memoria de las víctimas” del tráfico esclavista y de la explotación colonial; que poco después J. Chirac y Tony Blair pidieron perdón por ello en nombre de Francia y de Inglaterra y que Enrique Barón –presidente entonces del Parlamento europeo– sugirió que España hiciese lo mismo.

Mariano dice también que aunque hubo matanzas y desastres culturales, “más que una conquista española, lo que hubo entonces fue la conquista de unos pueblos indígenas (…) por otros (…),  ayudados por Cortés y por sus menguadas huestes”. Lo que es un bonito ejemplo de coger el rábano histórico por sus hojas anecdóticas, por mucho que lo diga el tal Fernández Armesto. Pues es evidente que el imperio azteca no fue sustituido por otro tlaxcalteca o totomeca, sino por la corona española –o castellana, si se quiere, para los siglos XVI y XVII–, que impuso por la fuerza su soberanía e implantó un sistema de explotación y monopolio colonial que duró varios siglos y que se basó en la extracción de metales preciosos y en la comercialización de cultivos como el tabaco, el azúcar, el cacao y el café, obtenidos mediante mano de obra esclava o semiesclava de indígenas, negros, mestizos y mulatos. Y lo que hubo, más que un “descubrimiento”, fue un choque de civilizaciones del que se derivó un rápido bajón demográfico entre los amerindios (del 60 al 90 %, según las zonas) y la desaparición de cientos de culturas en la América caribeña, central y meridional.

Desde luego, por otra parte, es verdad que ya la reina Isabel prohibió a Colón la venta de indios como esclavos y ordenó en su testamento que sus súbditos americanos fueran “bien e justamente tratados” y que se respetaran sus personas y sus bienes; y que luego vinieron las graves denuncias de los padres Montesinos y Las Casas por la “destrucción de Indias”, y las leyes de Burgos de 1512 y la posterior legislación indiana, y la controversia de Valladolid, y el derecho de gentes… cosas todas ellas muy meritorias, aunque solo sea porque reflejan la existencia de una sensibilidad y de unos esquemas mentales muy distintos respecto de las relaciones entre distintos pueblos con distintas culturas. A pesar de todo, la pétrea realidad fue la que solo apenas hemos apuntado más arriba, dándose la circunstancia de que España alargó la trata y la esclavitud más que cualquier otro país europeo, hasta finales del siglo XIX.

En efecto, como dice Mariano Esteban, la historia tiene muchos matices y a veces hace de aguafiestas. En eso estamos de acuerdo. Sin matices.