Martes, 16 de julio de 2019
Bracamonte al día

Corazón, dolor, esperanza, muerte, resurrección, milagro, vida, Semana Santa...Así es el Pregón íntegro de José María de la Torre 

Presentamos íntegramente el sentido Pregón de la Semana Santa a cargo del conocido cardiólogo peñarandino
José María de la Torre durante el pronunciamiento de su pregón de la Semana Santa de Peñaranda
Es una fresca tarde de abril de finales de los años 70, unos niños marchan ordenados, marcando el paso lento y marcial, bien erguidos, con la mano izquierda sobre el pecho sujetando la base de un rustico capuchón con ojales desiguales, y con la mano derecha portando un largo palo. Caminan al son de un tambor de hojalata que repica un ritmo tradicional de la primavera castellana. Uno de esos críos soy yo, otro mi hermano menor Eduardo, el lugar es el barrio de San Luis, y a lo que juegan es sencillamente, a procesionar.
 
Decía Machado que “de toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños”. Y uno de los sueños de aquel chaval que hoy les habla, era ser cofrade de Jesús el Nazareno, o como decíamos nosotros, capuchón de los moraos.
 
Quería seguir así la tradición de mi padre, Julio de la Torre Coll, que tanta devoción y vocación mostro siempre por esta su querida Semana Santa Peñarandina, sin duda siempre inspirado por ese hombre tan providencial para este pueblo, ese hombre-santo que fue Don Agustín. También seguir la de mi tío y padrino José María de la Torre Coll, fiel servidor de La Pasión y de mi hermano mayor, Julio, ya entonces muy activo cofrade de la Esperanza.
 
Ansiaba el momento de estreno como una especie de rito de iniciación, que asumiría con una responsabilidad que ya querrían exhibir algunos adultos. Con esa Fe propia del niño pre-adolescente, tan dogmática, literal e ingenua.
 
Debajo de ese capuchón transcurrirían muchas horas, durante muchos años, y ese cofrade que portaba el farol cambiaría, y bastante. Mi  fe cristiana se tornaría más crítica, subjetiva y personal.
 
No puedo decir, ni mucho menos, que fuera un pio y ejemplar cofrade que procesionara en oración constante, cuando los amigos y conocidos llenaban las aceras de las calles y plazas que recorríamos inspirando todo tipo de ideas, cuando no chanzas susurradas al paso de algunos o de algunas.
 
Pero sí que es cierto que aquellas horas penitenciales ya entonces me indujeron a reflexionar sobre el significado de la Semana Santa. El debate entre lo religioso y lo cultural es cita obligada, pero acaba siendo estéril como polémica, pues se trata de una experiencia personal que cada uno interpreta y valora de forma propia. Pretender establecer la verdad en una forma única de vivirla es ignorar lo que es la religión para el ser humano.
 
En este sentido hace unos días mi hermano Julio, en una locución radiofónica en la COPE, nos hacía reflexionar agudamente (como es habitual en él) sobre un hecho, un milagro desapercibido como el decía, y es que en Peñaranda, un pueblo con poco más de 6.000 habitantes hay más de 1.000 cofrades. Entre tantos caben todo tipo de actitudes e interpretaciones, algunas difíciles de entender para algunos, pero que cada uno viva honestamente la suya.
 
Como les decía, los años pasaron, y otro sueño se hizo realidad entre aquellas semanas santas, el de desarrollar mi precoz y constante vocación como médico, y más concretamente como cardiólogo, como médico del corazón. La profesión médica y la religiosa comparten, salvando las distancias, la exigencia de una intensa vocación, que yo diría llega a ser pasional.
 
Y miren por donde existe toda una simbología en torno a la semana santa que conecta de forma casi mágica con mi dedicación profesional. Si les digo corazón, dolor, esperanza, muerte, resurrección, milagro, vida, me entienden perfectamente, verdad. 
 
EL CORAZÓN
Les contare una historia que quizás ya conozcan. Transcurre en un convento de lo que hoy es Italia, en el año de 1308. Una monja de mediana edad fallece e inmediatamente después su corazón es extraído del cuerpo por la monja responsable de esa ardua labor. Después de una cuidadosa inspección, la veterana monja relata impresionada al resto de hermanas que los instrumentos de la Pasión de Cristo: un crucifijo, 3 clavos, la corona de espinas y un látigo son claramente visibles en su corazón, como esculpidos sobre los tejidos cardiacos. Las dudas del obispo sobre la veracidad del milagro se disiparon cuando su vicario el monseñor Berengario contemplo con sus propios ojos el hallazgo. Aquella monja se convertiría en Santa Clara de Montefalco, también llamada Santa Clara de la Cruz.
 
Hoy podríamos especular que lo observado por aquellos ojos medievales, no era más que la recreación fantástica inducida por la presencia de calcificaciones de las estructuras cardiacas, como las que se producen tiempo después de sufrir la fiebre reumática, algo que también explicaría los dolores de pecho que Santa Clara sufrió en vida.
 
Hasta un niño sabe, diría aquel, que el corazón no alberga mas que la genial maquina propulsora de la sangre que nos templa. Hace ya siglos que intrépidos anatomistas y fisiólogos desacralizaron el corazón, revelando su esencial naturaleza, y desalojando del mismo el tesoro de los afectos y sentires humanos mas profundos.
 
Pero el corazón ha sido y es un elemento clave de todas las escrituras cristianas, es sin duda la parte del cuerpo mas mencionada y alabada en la biblia. El sagrado Corazón de Jesus ha presidido y preside muchos hogares católicos del mundo. 
 
San Agustín veía en el corazón el verdadero y único camino a Cristo. “Nuestros corazones permanecerán inquietos hasta que descansen en ti Señor.”
 
San Pablo ubica en el corazón el asiento de la palabra. “Sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.”
 
Y esa espiritualidad esencial del corazón supera los límites del cristianismo. “Busqué en templos, iglesias y mezquitas. Solamente encontré la divinidad dentro de mi corazón.” Escribía hace 7 siglos el poeta musulmán Rumi.
 
Y ya no solo en lo relativo a lo sacro o religioso, el corazón persiste en nuestro lenguaje, en nuestras canciones, en los poemas, en el arte, como si todos nos resistiéramos a dejar de ver en el, el hogar cálido del alma, donde se albergan los sentimientos, los amores, los pesares.
 
Al enamorado o enamorada se le quiere salir el corazón al contemplar al amado, ya sea este humano, o el mismo Dios. 
 
El pálpito del corazón nos adelanta impresiones que se constatan ciertas después.
 
“El corazón conoce razones que la razón ignora” decía el sabio Pascal.
 
En cierta ocasión la madre de un paciente recién trasplantado de corazón me dijo en un arranque de espontaneidad no muy meditada la verdad, pero muy sincera, que esperaba que el donante del corazón que acababa de recibir su hijo fuera una persona buena.
 
Hace unas semanas hice un cateterismo a una mujer que ingreso con síntomas de infarto, eso ocurría el mismo día del fallecimiento de su marido, y tan solo meses después de haber perdido a dos hijas. No tenía un infarto, sus arterias coronarias estaban perfectas. Sufría un síndrome cuyo nombre técnico voy a obviar, pero que coloquialmente algunos llaman el Síndrome del Corazón roto. No es que literalmente se rompa, pero una gran parte de el deja de contraerse, se viene abajo. ¿Y la causa?, … el intenso pesar, la angustia extrema, el pánico, el desgarro emocional.  El corazón no parece una sencilla máquina de bombeo, con válvulas y arterias, parece que este en conexión con todo nuestro estado emocional y se ve afectado por el.
 
El dolor de corazón, el dolor del alma, el dolor en la Pasión.
 
DOLOR
Contemplen el dolor físico en los ojos de Jesús hombre en la escena del “Ecce Homo”. Contemplen los dolores del alma en el rostro de la virgen, representados por esos 7 puñales que atraviesan su corazón. 
 
Y dolor es lo que a diario veo en los ojos de enfermos, de sus familiares, de sus amigos. Un dolor que podemos eliminar o atenuar con nuestra ciencia cuando es corporal, pero que exige la implicación de nuestro corazón cuando es emocional. 
 
Todos huimos del dolor, es comprensible, pero este siempre acaba llegando de una forma u otra. Pero lo cierto es que aprendemos en el dolor, salimos distintos de el cuándo ha sido intenso.
 
“El dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que el bienestar se inclina a estar quieto y a no volver la mirada atrás.” escribía el gran Stefan Zweig.
 
El dolor agudiza nuestros oídos, que vuelven su atención hacia lo esencial, hacia lo trascendente, “Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer pero le grita mediante el dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo adormecido”, reflexionaba  C S Lewis.
Ese despertar trae consigo la esperanza, la esperanza de la superación no ya de nuestro dolor, sino del dolor de todos nuestros hermanos y hermanas.  
 
LA ESPERANZA
¿Quién no espera algo? Pregúntense ahora mismo aquí y ahora.
 
Desde las cuestiones más mundanas a los anhelos más esenciales, todos esperamos. A diario percibo la esperanza en el enfermo, en sus familiares, una esperanza de la que soy depositario como su médico que soy.
 
Pero la esperanza no puede ser solo el deseo de satisfacción de nuestros deseos, debe ser también la aceptación serena de su frustración, y esta es la forma de esperanza más difícil, pero la más valiosa. Esa esperanza, es la que nos llega desde la Fe.
 
Si el corazón da con su movimiento la vida, si el corazón puede ser doliente por motivos del alma, si en el dolor surge la esperanza, también es el corazón quien abre la puerta a la muerte. 
 
LA MUERTE 
La Pasión de Cristo nos habla de la muerte, y la muerte no nos es ajena a nadie y menos aún a los que nos dedicamos a intentar diferirla lo más posible, liberando vidas de sus manos. 
 
Vivimos una apoca que parece espantada por la muerte. La hemos desterrado, al menos simbólicamente, de cuantos sitios hemos podido. Nadie la quiere en las casas, hoy se muere en anónimas habitaciones de hospital. Se oculta a los ojos de los más jóvenes. Pero da igual ella está ahí, esperando su momento.
 
Dentro de este ambiente cultural, la semana santa representa una excepción peculiar. Si acudes el viernes a la procesión del Santo Entierro con un extranjero, te dirá, aun siendo católico, que le resulta lúgubre, tétrica, como regodeada en la muerte. Recuerdo que temor le infundían las procesiones a mi hermana Dori cuando niña.
 
Y en cierto modo es así, pero ¿porque no iba a serlo?. La muerte es esencial, lo es a Cristo, y lo es a todo hombre. Esa escatología cobra sentido cuando comprendemos que “La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”.
 
Mi admirado Michel de Montaigne escribía de como el filosofar es aprender a morir. “El saber morir nos libera de toda atadura y coacción.”  Desde que leí sus ensayos, le dedico a diario un pensamiento, una breve reflexión a la muerte, y no en abstracto, sino a modo de conversación con la mía propia.
 
Y reitero breve, no es saludable meditar en exceso sobre la muerte, como prescribía ese grande de la medicina Don Santiago Ramon y Cajal.
 
La muerte rebela a algunos contra Dios, y lo entiendo, hay muertes absurdas, muertes demasiado precoces, muertes muy injustas, pero desde una Fe cierta y veraz, la muerte siempre es el destino hacia Dios y hacia la condición eterna del hombre.
 
El maestro Rabindranath Tagore clamaba “Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando.” Sirva la Semana Santa para ayudar al hombre a restaurar un dialogo con la muerte alejado del dramatismo trágico y del miedo, y alentado por la Fe.
 
RESUCITAR
Para muchos de ustedes este término evoca al Cristo, evoca el milagro de milagros, pero para un médico, y más aun para un cardiólogo, evoca también un acto médico de la mayor relevancia, la resucitación. Devolver a un paciente a la vida en el trance casi-ultimo de esta. No hay milagro en esta resucitación médica, ¿o quizás a veces sí?
 
Si antes les hablaba del milagro de Santa Clara, y de su plausible explicación científica, en estas polémicas entre el milagro y la ciencia pienso como el maestro Dr Marañón.
 
“Quien ha creado el mundo, que es un puro milagro, universal,  diario, repetido en cada célula de cada ser vivo, en cada una de las vibraciones infinitas de los átomos que nos circundan, en cada uno de los instantes del tiempo ¿por qué no ha de contradecir, cuando le plazca, las leyes que gobiernan la vida y la muerte ?”
 
No hace falta buscar milagros en hechos extraordinarios, a riesgo además de incurrir en la milagrería que hombres de iglesia como el padre Feijoo ya combatían hace siglos.
 
¿No es la vida ya suficientemente reveladora de la grandiosa e inexorable realidad de Dios. ?
 
La resurrección de Cristo es el hecho clave que sustenta nuestra religión. Sin ella no habría Iglesia, no estaríamos hoy aquí en este acto.
La Semana de Pasión debería llamarse la Semana de la Resurrección. El Jesús Crucificado, el Cristo de la Cama, con su grandiosidad, no pueden ni deben hacernos olvidar al Jesús que anduvo sobre la Mar.
 
La Resurrección es el triunfo de la Vida sobre la oscura eternidad del tiempo, sobre la nimia pequeñez del hombre en el universo, sobre la aparente irrelevancia de los miles de millones de vidas que han sido, es el alma de la esperanza, y es el origen de la Fe.
 
LA VIDA
 
La Semana Santa acaba con una celebración de la vida. Las tinieblas del viernes santo dan paso a la gloriosa luminosidad del Domingo de Resurrección. 
 
La vida. Antes hablaba de milagros, Les parece poco milagro que de una gran bola girante de piedra y fuego haya surgido nuestro planeta verde y azul, y con el las miles de formas de vida, y entre ellas las de unos seres inteligentes como el hombre y la mujer. No necesitamos más milagros. Les aseguro que cuanto más estudio la vida, y aun solo desde el punto de vista biológico, mas maravillado estoy. 
La vida es Dios, Dios es la vida.
 
Corazón, dolor, esperanza, muerte, resurrección, milagro, vida...Semana Santa
 
No quiero acabar este pregón sin hacer mención expresa de las personas que me dieron mi vida y mi corazón, y son mi madre y mi padre. Mi madre Dori, me da el mayor ejemplo de vida que podría tener, su durísimo padecer no evita que ella continué luchando por vivir una vida lo más plena posible, y lo logra en gran medida, con la ayuda fundamental de su marido compañero y cuidador, y de mi hermana María que vela por ellos dos. El amor les cohesiona y nos ilumina.
En su día mi prima Pilar de la Torre me pidió que escribiera este pregón desde el corazón, y así lo he hecho, y para terminarle un deseo y un consejo:
 
El deseo, que la Fe les acompañe no solo en esta semana santa, sino en todas las semanas del año. 
 
El consejo, cuando tengan que elegir entre dos caminos, pregúntense cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca.