Sábado, 17 de agosto de 2019

Vidas paralelas

Casi anteayer, en Brunéi, un país a cuyos dirigentes visitan y rinden pleitesía muchos de nuestros políticos, ha entrado en vigor un endurecimiento de su ya abstruso código penal, que establece la pena de muerte como condena a quienes cometan los “delitos” de adulterio, homosexualidad, sodomía o relaciones extramatrimoniales, contemplando la pena de latigazos para las mujeres que aborten o las amputaciones de miembros a los condenados por robo, al tiempo que criminaliza, por ejemplo, “exponer” a niños musulmanes a creencias y prácticas de cualquier otra religión distinta al Islam.

Ante las protestas de ese ente etéreo que se hace llamar “comunidad internacional” y las peticiones de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos para evitar la aplicación de tan monstruosas normas, las autoridades de Brunéi apelan, corte de mangas incluido, a la legitimidad que les asiste en sus “asuntos internos”, que incluyen el ya tradicional sojuzgamiento absoluto de la mujer, los latigazos y las lapidaciones, la inexistencia de los derechos de expresión y comunicación, además de la implantación obligatoria de los dogmas religiosos como norma de conducta en cualquier aspecto de la convivencia. Y la “comunidad internacional”, que pone el grito en el cielo y amenaza con las siete plagas porque en Venezuela se inhabilita durante horas a un político o porque el Brexit se retrasa quince días, y la ONU, que reúne a su Consejo de Seguridad en cuanto Rusia tose y enarbola sus bloqueos y sus aislamientos si dos políticos discuten, es incapaz de evitar la salvajada, de impedir la indignidad, de acabar con la deshumanización y el bestial desprecio a cualquier derecho humano que conlleva la legislación penal de Brunéi (y también de otros países amigos del alma de nuestros coronados representantes).

Tal vez esa primera reacción de echarse las manos a la cabeza al leer esa sarta de insensibles atrocidades, quede un tanto aplacada si en España dejamos de mirarnos el ombligo y la bandera, y recordamos que anteayer nomás, en este país existían penas para algunos de los “delitos” actuales en Brunéi por los que ahora fingimos horrorizarnos, y que estamos alimentando aquí (y dándoles espacio todos los días), movimientos reaccionarios que pretenden volver a los más oscuros tiempos en que el franquismo condenaba la homosexualidad, el aborto, el divorcio, el adulterio o “exponer” a niños a creencias y prácticas de cualquier otra religión distinta a la católica.

Puede que nuestra demostrada incapacidad para construir una democracia sana y homologable, en un país como éste donde perviven instituciones con cotas de poder e influencia sociales inaceptables, como la iglesia católica y sus doctrinas amedrentadoras, desigualdades, machismos y violaciones de menores, o los entramados corruptos de la banca o la energía que gobiernan a su antojo los simulacros de parlamento con que por aquí jugamos a demócratas, nos hayan convertido en impotentes para algo más que poner cara de horrorizados ante la sevicia ajena. Puede ser que seamos incapaces de ver la viga en el propio ojo cuando  perviven en nuestras leyes delitos como la ofensa a los sentimientos religiosos de unos cuantos, las injurias a una monarquía impuesta por un dictador o ciertas curiosas apologías del delito a juicio de otros cuantos, que coartan la libertad de expresión de todos;. Podría ser que, como seguimos manteniendo con el erario público centros de enseñanza adoctrinadores de la religión católica (exponiendo a los menores a creencias y prácticas contrarias a la Constitución), centros diferenciadores y clasistas, y que como practicamos el servilismo y la exagerada adulación a instituciones como el ejército, sea lógico que sigamos siendo capaces de insultarnos y hacer el ridículo ético manteniendo festejos tan brutales como los taurinos. Y la “comunidad internacional”, como con Brunéi, sin decir nada.

Actos que no deberían ser siquiera delitos son castigados, con diferentes grados de crueldad, en Brunéi y en España, y en Arabia Saudí, en Kuwait, en Israel o en Venezuela. Brutalidades inadmisibles para cualquier sensibilidad humana, contrarias a la igualdad, al humanitarismo y a la decencia misma, siguen practicándose en España y en Brunéi, y en Siria, en Turquía, en Polonia, en Hungría o en México. Sí, existen diferencias de grado, de nivel y de importancia, pero utilizarlas como justificación para creernos mejores es siempre el peor camino para mirarnos en el espejo.