En campaña

¿Quiere ascender socialmente? Métase en política. Deberá militar en un partido sistémico. El infinitivo ya lo dice todo: hacer la pelota con discreción, aprenderse el argumentario de memoria y aplaudir en los mítines. El camino está plagado de espinas y de trampas. Unas y otras colocadas por tus propios compañeros. Los que sobreviven a esa guerra civil poseen una característica común: supieron apostar al caballo ganador. Tal habilidad capacita al aspirante para ser concejal en un ayuntamiento e incluso diputado autonómico.

Los futuros diputados y senadores son reclutados entre los “canteranos” y, los más, del famoseo. En este caso, los sondeos de opinión deciden.  Ejemplo, si las estimaciones indican que se pueden rascar cien mil votos entre los amantes de la fiesta nacional, pues se coloca como cabeza de lista a un banderillero. Lo mismo sucede con ciertos militares retirados. Elegidos por sus simpatías franquistas y muy del agrado de las “gentes de bien”. Los apellidos también cuentan. Lo de menos es que la candidata por Cataluña no sepa ni papa de catalán y encima se ufane. O que el hijo de un prócer sea incapaz de distinguir entre un aborto y un homicidio. Igual da lo que sepan, que suele ser muy poco. Lo importante es que el producto se comercialice. Según dicen los expertos en marketing, la mercancía hay que colocarla, primorosamente envuelta, a la altura de los ojos del consumidor.

En todo caso, la fidelidad de estos candidatos queda asegurada. Votarán lo que se les diga. Se pondrán en pie como un solo hombre aplaudiendo la intervención de su patrón. Patearán el suelo y harán ¡Uuuuuh! cuando intervenga el líder de la oposición y poco más. A cambio, cobrarán un sueldo mayúsculo, dietas, viajes, saldrán en los telediarios y enchufarán a sus parientes o amiguitos del alma en alguna mamandurria. Vamos, que de bóbilis ascendieron al séptimo cielo.  

Quedan, sin embargo, los más selectos candidatos por nominar. Aquellos que detentarán la secretaría del partido, presidencia autonómica y nacional. Sólo la élite, los “pata negra”, los militantes curtidos en cien batallas podrán aspirar a esos puestos. Llegar hasta ahí son palabras mayores. Si antes transitaban por la jungla, ahora les toca hacerlo por un campo minado. Aquí todo vale: chantajes, espionaje, filtraciones a la prensa. Ser nominado justifica cualquier artimaña ¡Qué se lo pregunten a Cristina Cifuentes!

 ¿Qué características deben reunir los candidatos? Dos fundamentales: a) obedecer a los que les mandan; b) aparentar que ellos son los que mandan. Así de sencillo. No, no me refiero al pueblo soberano como mandante, a los otros me refiero. A esos que nadie los eligió. Así lo aseveraba, allá por 1990, Luigi Ferrajoli

 ¿Qué cualidad debe reunir un presidente de gobierno o aspirante?: la mediocridad. Cuanto más mediocre mejor. Nada de extravagancias creativas y sí: lugares comunes, tópicos, caras compungidas cuando cuadre, comer de todo sin hacer ascos y mentir sin dar mucho el cante.  

Naturalmente, todos estos sacrificios deben obtener una recompensa más duradera. La vocación de servicio debe ser premiada. Los que mandan lo saben de sobra. Hasta el punto, que confían más en el político que extiende su mano, que en aquél que la retira. De estos últimos, algunos, muy pocos, hay. Resulta asombroso constatar cómo nuestros políticos llegan a la política y cómo salen de ella. Algunos eran simples abogadillos, funcionarios medios y terminan sus vidas siendo propietarios de picaderos, inmuebles costosos, empresas boyantes, sentados como socios en despachos famosos y entidades financieras. O sea: con los riñones bien forrados. Los que mandan son agradecidos. Ellos siguen el bíblico consejo: “al buey que trilla no le pongas bozal”. Ellos cuidan de sus bueyes.