Lunes, 9 de diciembre de 2019

Pasión y muerte

La cruz supone la seriedad del amor, la prioridad del otro. Y no siempre la libertad humana se deja seducir por un amor tan serio.

Eloy Bueno.

Para los seguidores de Jesús, celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús, solidarizándonos con los crucificados.

J. A. Pagola

La muerte no es sólo un fenómeno biológico, es también ontológico, un modo de ser y poder ser. El hombre siempre al cuidado de sí mismo, es un ser inacabado. Se pregunta por su totalidad, por ese “plus” que no es, ya que la muerte le desplaza de su ser en el mundo. Esa imposibilidad de ser, provoca en nosotros angustia.  En el hondón de nuestra existencia, la muerte es la no respuesta, esa realidad que nos desnuda de toda desnudez, es el silencio de la angustia que nos hace sentir nuestra fragilidad y nuestra finitud.

El morir es una realidad que forma parte de nuestro ser persona desde que nacemos, pero no supone el último acto de la existencia. Es un proceso que se realiza a lo largo de toda la vida, donde la libertad toma partido, si aceptar o protestar contra ella. En ese proceso, no es la muerte la que está en juego, sino la aceptación o no del amor de Dios que se nos ofrece. En el sonido del silencio más profundo, no sólo habla el dolor o la angustia, también lo puede hacer el Misterio, esa realidad amorosa e indecible que llamamos Dios.

Un Dios que comparte el destino del hombre y lo eleva a ser Dios. La muerte es una puerta que nos abre a esa realidad indecible, donde no hay lágrimas ni dolor, allí donde todas las piezas encajan y cobra sentido verdadero toda nuestra existencia. Dios crea y recrea la vida de forma continua y ésta se consumará en el propio Dios, límite y destino de la existencia humana. Así lo entendieron los evangelistas cuando narraron la pasión, la muerte es entendida como un paso a la resurrección, a la vida. En su narración se proyecta una conciliación del Dios que abandonó a Jesús en la cruz, con el Dios que lo resucitó entre los muertos.

El evangelio de Marcos, expresa la muerte de Jesús con un gran dramatismo, en una profunda soledad, abandonado por todos y con un profundo ocultamiento de Dios, grita con fuerza: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,33). Desde la profunda y cercana intimidad de Jesús con Dios… ¿No es este el Silencio de los Silencios? ¿No es el verdadero eclipse de Dios que apaga toda luz de este mundo?

Es el grito final de un moribundo, de un justo humillado, torturado y ejecutado que experimenta el abandono y siente el abatimiento en la hora culminante de la vida. Jesús experimenta una situación límite, una intransferible soledad, un escandalo sinsentido que Dios respeta. La libertad última es también la elección de afrontar la muerte. Un grito de indignación y protesta, pero también un grito de esperanza. Jesús muere como había vivido, deja todo el sentido de su vida y existencia en las manos de Dios.

El Dios escondido permanece siempre como un Dios vivo y cercano. En ese momento cumbre de su muerte en cruz, comienza a realizarse aquello de lo que tanto hablo Jesús a sus amigos: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto” (Jn 12, 24). En ese amor impotente del crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritando las injusticias de todos los tiempos. Un Dios que no sufre, no puede liberar al hombre. Si Dios se calla ante el dolor es porque Él mismo sufre, asume la causa de los martirizados y sufrientes (Mt 25, 31).

Ni Dios ni Jesús se han desentendido del destino de los crucificados. De ellos dijo Jesús: lo que a ellos hicierais a mí me lo hacéis. Se trata de una auténtica identificación. En la historia sigue habiendo cruces y el amor debe seguir entregándose sin exigir nada a cambio, de modo serio y responsable (E. Bueno). Desplegando una mirada de ojos abiertos, que quiere hacer visible los padecimientos invisibles e inoportunos y, nos hace estar más atentos a la misericordia de Dios.

Se han documentado, sin nombre, 35.597 muertos en el mediterráneo queriendo llegar a Europa; el mar, nuestro mar, se ha convertido en el mayor Gólgota de los últimos tiempos. Son cientos de vidas anónimas que viven la doble tragedia de morir en soledad y ser olvidados. Todos los días gritan su dolor “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”, desechos humanos, cuya esperanza es acallada en esa fosa de la muerte, cuya cruz es un silencio indiferente fruto de nuestro bienestar. Detrás de cada uno de ellos hay un rostro, una historia, una tragedia, una esperanza que no puede quedar en el olvido. Una sociedad justa, debe hacer memoria y rescatar a cada una de las víctimas, de ella depende la construcción del futuro (W. Benjamin)

Las muertes injustas se hacen también presentes en la larga lista de conflictos bélicos. La guerra es el naufragio del bien, su crueldad, es lo que ha obligado a millones de personas en situaciones extremas a salir de sus casas con lo puesto, condenados al destierro en tierra extraña, siendo rechazados en su dignidad y no protegidos por el derecho internacional. Los conflictos entre países han disminuido, pero el conflicto transfronterizo y la violencia interna han aumentado. Conflictos banalizados por nuestra sociedad de consumo, que se inmuniza vergonzosamente ante tanta tragedia. Una sociedad ebria de consumo y charanga ha logrado cosificar al hombre, olvidando el sentido profundo de la vida y la muerte

Un cristiano no olvida el grito de Jesús en la cruz y de tantas víctimas de la historia. No podemos adorar al crucificado y vivir de espaldas ante el sufrimiento del mundo, guerras, refugiados, pobres, hambre, miseria. Parece que en nuestra sociedad del cansancio se desvanece en el egoísmo y la indiferencia al percibir la realidad doliente del entorno. Es necesario revelarse contra esa cultura del descarte y del olvido, desplegando dos virtudes esenciales: la compasión y la solidaridad.

La cruz de Jesús no deja indiferente a nadie, su muerte da sentido a su vida. El que le ha descubierto intuye y sabe que la manera de vivir que nos propone es la forma más humana de enfrentarse a la vida y a la muerte. Su verdad desvela nuestros autoengaños, desde el perdón, la comprensión, la solidaridad, la empatía, la paz, la justicia que son virtudes de su misericordia, el bálsamo que fortalece y rehabilita. Su muerte, como la den tantos crucificados, la ponemos en las manos de Dios. Esa es su enseñanza desde la cruz, entregar a Dios su vida, para que desde Dios se produzca el abrazo de plenitud, devolviéndosela tras haberla proyectado en el escenario de la historia.

Pintura de Andrés Alén.