Miércoles, 24 de abril de 2019
Ciudad Rodrigo al día

Jerónimo Prieto, cartografía del espíritu

El pintor alterna además otra forma de contar, la de expresar lo inexpresable, lo abstracto, de una peculiar forma exclusivamente humana

Visitar la exposición del Seminario sobre Jerónimo Prieto, el ilustre pintor de Espeja, es transitar parajes de su vida, dejarse guiar por su mano en el largo camino que discurre entre alguna obra primeriza y el esplendor de sus perturbadoras obras maestras.

Persuadido de que “detrás del lenguaje, la arquitectura, la escultura hay un submundo encriptado, que solo está al alcance de los iniciados”, convencido de esa dimensión espiritual del ser humano,  cuyo rumor todos escuchamos  a veces sorprendidos, que un hombre singular como él, por naturaleza de mejor oído, el que seguro las enseñanzas y  oscuridad de los pasillos del Seminario agudizaron aún más, entiende que el fondo, lo trascendental requiere el acercamiento por varias vías que parten de lo concreto hacia la abstracción, un trasfondo cuyas ventanas solo se entreabren fugazmente desde la filosofía, un sentido religioso o el arte. Y este último es su ascético camino de disciplina, renuncia y silencio, el que él elige o el que le elige a él.

Paradójicamente, una de las vías para encontrar ese trasfondo de la realidad es la deformación de la misma, con sus características formas retorcidas empapadas en una luz propia inconfundible, donde se escuchan los ecos de otros artífices de lo etéreo, del Bosco a Goya, del Greco a Rembrandt, y un parentesco para mí evidente por alguna de sus temáticas y casi una forma de ser y habitar, el de nuestro también paisano Venancio Blanco.

Igualmente se nos descubre el camino de la propia obra, delatándole ese fetiche de todo artista, su cuaderno, donde se desvela el secreto de la obra que, al verla terminada, se pudiera pensar que solo podía  ser de una forma. Y efectivamente, solo podía ser así porque Prieto piensa, como también algunos músicos cuentan sobre sus canciones, que antes de comenzar “la pintura está en el lienzo”, solo hay que encontrar el camino a ella. Esas pequeñas páginas, esos prodigiosos dibujos o meros garabatos, dan cuenta del ensayo error, del tortuoso camino hasta la verdad del pintor, la única posible.

Pero todo camino tiene un punto de partida, el de la propia experiencia, el de la realidad de la naturaleza, en este caso la de nuestro Campo Charro, el de la tierra donde se enraíza una humanidad desvalida que se hace grande desde su miseria, que mantiene su dignidad, a veces una bella dignidad grotesca.

El pintor alterna además otra forma de contar,  la de expresar lo inexpresable, lo abstracto, de una peculiar forma exclusivamente humana, la de la iconografía, la utilización del símbolo, convirtiendo también sus cuadros en portadores de un lenguaje oculto, donde entra en juego la Historia, la leyenda, la tradición, dando fe de que esa forma de expresar procede de muy dentro del ser humano, es inherente a su naturaleza, la que con matices se transmite mágicamente siglo a siglo. Rastreando, apelando a su significado, preguntándose y aprendiendo, Jerónimo Prieto ocupa su lugar en su tiempo y transmite el testigo con sus cuadros, los de un mensajero del espíritu humano.

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