Jueves, 12 de diciembre de 2019

Luz de Miguel Hernández

Este aún tan reciente 28 de marzo pasado se cumplió el septuagésimo séptimo aniversario del fallecimiento de Miguel Hernández, en la enfermería de la cárcel de Alicante. El franquismo victorioso lo detuvo en su huida hacia tierras portuguesas y, de cárcel en cárcel, terminó dando con sus huesos en la muerte, debido a un tifus complicado con tuberculosis. 

Al parecer, una vez fallecido, no pudieron cerrarle los ojos. Vicente Aleixandre, que tanto lo estimara, alentara y, hasta donde le fuera posible, lo protegiera, en la “Elegía” que le dedicó, alude a tal hecho: “Tus grandes ojos azules / abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante”… 

El poeta, que las tuvo que sufrir en sus últimos años, escribió algún poema memorable sobre las cárceles. Y memorable es enteramente su poesía, desde el principio hasta el final, desde ‘Perito en lunas’ (1933), hasta ‘Cancionero y romancero de ausencias’ (1938-1941), que terminaría publicándose póstumo, bastantes años después, en Buenos Aires, nada menos que en 1958. 

Tan memorable es la poesía de Miguel Hernández, que ha terminado por convertirse por un clásico contemporáneo, cuya estima no solo no disminuye, sino que aumenta día a día. Ha tenido, además, la fortuna de que algunos de sus poemas son memorables, forman parte, ya, de la memoria colectiva, como, por ejemplo, la “Elegía a Ramón Sijé”, uno de los más hermosos poemas elegíacos contemporáneos en español, junto con el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, de Federico García Lorca, poetas ambos con no pocas concomitancias, algo advertible desde el hermoso y lúcido análisis de la poesía de Lorca que realizara el malogrado historiador de las religiones Ángel Álvarez de Miranda. 

Pero hay también otros memorables poemas hernandianos, en concreto, los que el autor incluye en ‘Viento del pueblo’ (1937), un libro, como toda la poesía del autor, vibrante, emotivo e intenso; así el homónimo que da título a la obra, o el de los andaluces de Jaén, o el del niño yuntero, que musicara y difundiera Paco Ibáñez. Así como otros, que interpretara admirablemente Joan Manuel Serrat, que, por ejemplo, canta de un modo intenso el poema de las nanas de la cebolla. 

No se puede entender España sin la perspectiva de los derrotados. Miguel Hernández forma parte de tal perspectiva. Su palabra nunca ha podido ser silenciada, pese a que tuviera que pagar con su vida su fidelidad a esa España de los humildes y desfavorecidos, de la que él procedía, por otra parte. 

Afortunadamente, los estudios críticos para esclarecer la significación y el sentido de su obra nunca han dejado de crecer. Entre Ellos, son de una extraordinaria lucidez los realizados por Agustín Sánchez Vidal, sin olvidar otros como los de Juan Cano Ballesta, Eutimio Martino, José María Balcells…, los estudios de los hispanistas, o la biografía del autor, como la trazada por José Luis Ferris, entre otros. 

Luz de Miguel Hernández. Hijo de la luz y de la sombra. Creador de una de las obras poéticas más intensas, líricas, emotivas y hermosas contemporáneas en español. Es un legado que nos humaniza y nos hace mejores, frente a cualquier mordaza.