Domingo, 8 de diciembre de 2019

Hay que llover

Lo decía así, tal cual, con ese hay que obligatorio. Lo decía en mitad de clase y poniéndose de pie. Su voz tronaba. Cuando estábamos todos somnolientos, bostezantes, aburridos de mirar por la ventana y de escuchar la misma cantinela de fechas y de autores, él tomaba impulso y, golpeando las palmas de las manos, decía «hay que llover». Entonces se iba, tan contento, a llover con su música a otra parte. Era poeta. Tenía un cuaderno con arrugas que le cabía en el bolsillo y allí apuntaba todo. Todo, excepto lo que decía el profesor. Era mayor, o al menos más sabio, que todos nosotros y había llegado a ese momento de su vida en el que mucho era mejor y menos importante. Entonces salía para llover, es decir, para airear sus versos, para encontrarles la música.

Salía también para hablar con los malabaristas de la plaza, para fumar, para acariciar a los perros vagamundos. Nosotros nos reíamos un poco. Tal vez lo despreciábamos un poco porque lo envidiábamos más. Lo admirábamos como quien no quiere la cosa, así, por el rabillo del ojo. Éramos tan jóvenes. Teníamos ídolos y él se había convertido en uno de ellos. Se hacía llamar maldito, era un flâneur, un Baudelaire, un Maldoror, un Kerouac, un aullido ginsbergiano y vivía al margen del tiempo. Nunca llevaba reloj y se quitaba la camisa para vivir semidesnudo en cuanto despuntaba la primera margarita. Hay que llover, decía, y acariciaba la hierba mientras le salpicaban pedacitos de tabaco sobre el cuaderno de los versos. Era feísimo. Todos estábamos enamorados de él, de su libertad y de su lluvia, de su capacidad para arrojarse en la vida, tan sin miedo.

Nosotros también habríamos querido llover, llevar un cuadernito, escribir lo que la juventud nos pasaba por la mente, el sudor, la primavera descalza, el sabor de aquellos jugos de la primera veinteañez cuando todavía importan tanto tantas cosas. Pasados unos meses, nuestro llovedor publicó un libro de poesía que pocos leímos. Después, el tiempo hizo lo suyo y él se nos nubló. Dejó de encontrar en las mañanas un sentido. Y se le endureció la piel en la sequía cuando los versos no volvieron a llegar, pues se dio cuenta de que había suspendido, de manera sistemática, todas las convocatorias de todos los exámenes. Hay que llover, decía, y salía del salón de clase y en la puerta se sacaba la camisa y se sentaba al lado de los malabaristas para escribir, para escribir de veras, con la tinta del zumo de la vida que exprimía.

Quisimos ser como él algunas veces. Lo amábamos, pero no tuvimos el valor o, quizás, en el fondo, sabíamos que la vida también había que hacerla en el mañana, para el futuro. O tal vez no lo sabíamos y solo nos detuvo el miedo de no llegar a ningún sitio. Él fue un poeta extremo hasta que reventó todas sus cuerdas de vibrar. Entonces dejó de lloverse, cambió los cigarrillos por vicios de jeringa, se ahogó a sí mismo.

No volvió. Sus padres vinieron a buscarlo y él entró en un programa de desintoxicación. Padecía ataques sicóticos. Nosotros, aquí, aprendimos muchas fechas de memoria y cada vez supimos menos. Las clases se quedaron más secas sin su lluvia, sin esa frase suya «hay que llover» dicha a la antigua, en la que el verbo tener (que usamos en el más actual «tiene que llover») todavía es habere latino. Y entendimos que él, su libertad descamisada, nos había regalado, para siempre, un rastro de humedad en la nostalgia, un golpe de frescura entre los libros.

Cada vez que, como ahora, es primavera, yo escucho su voz en mi recuerdo: «hay que llover». Entonces apago la pantalla de mi escritura como oficio y busco aquel cuaderno de mariposas mientras me quito, despacio, los zapatos para salir a caminar, descalza, cerca del río. Allí, con los pies desnudos hundiéndoseme en lo mullido de la hierba, comprendo a aquel que fue mi amigo. Una parte de mí lo echa de menos (muchísimo), mientras me dejo escribir sobre las mariposas lo que las hojas susurran, lo que el viento suspira, lo que los árboles rugen, lo que las nubes dibujan, hay que llover, escucho, mientras los elementos se prodigan. Y hay algo que por dentro se me ablanda y escribo sin las riendas y escucho las palabras que ruedan: sus esquinas, sus bracitos titilantes, allí donde me dejo ser por fin sin los horarios, allí donde me lluevo. Hay que llover de vez en cuando, lloverse así, me digo.

(Salamanca, 5 de abril de 2019)