La política y el aborto

Hace unos días Pablo Casado anunció que el hijo de Adolfo Suárez iba a ser el número 2 en la lista del PP para el Congreso en las próximas elecciones de abril. No ocultaré que cuando lo supe me eché las manos a la cabeza. Recordé que Suárez Illana fue hace algunos años el candidato del PP para presidente de Castilla-La Mancha, sin mayores méritos que su apellido (como ahora), y que sufrió una estrepitosa derrota a manos de José Bono, hasta el punto de que no llegó ni a ejercer de parlamentario, retirándose del ruedo político. Hizo bien porque no valía para oficio tan duro y especial. Y ahora vuelve, sin saber por qué. Casado es su amigo y piensa que si el hijo de Suárez encabeza esa lista, los aromas centristas de la Transición se transferirán automáticamente a su partido, pero evidentemente no es así. Este PP no es el heredero de la UCD, sino la reformulación de la AP de Fraga pasada por el túrmix de Aznar, su verdadero creador.

Y a las primeras de cambio Adolfo Suárez Illana la ha montado, como no podía ser de otra manera, porque carece de la cintura y la habilidad propias de un político de raza, que sabe que su primer deber es no crear problemas cuando no existen. El pifostio ha venido a consecuencia de sus opiniones sobre el aborto. No tenía necesidad de meterse en el charco, pero lo ha hecho, y de qué manera, en una entrevista con Carlos Alsina.

¡El aborto! Gran tema político, además de moral, e insoluble en el momento actual. Cuando se dice que quienes lo abordan en realidad lo que quieren es imponer su punto de vista religioso, se yerra. El aborto no es una cuestión religiosa en primer lugar, sino humana y social. Una realidad lacerante y trágica. Los miles de abortos que se producen en nuestro país lo evidencian. Es claro que la solución, si alguna vez la tiene, vendrá de la mano de la educación sexual y de la responsabilidad personal. El problema no son los abortos, sino los embarazos no deseados, y estos tienen su causa principal en una ignorancia en materia sexual que clama al cielo y en una falta de medidas de prevención que, si se aplicaran, reducirían drásticamente su número. Pero está claro que el problema no se ha resuelto y que, aunque las cifras hayan bajado, son un alegato contra nuestra conciencia.

Pero Suárez Illana, que legítimamente puede tener una posición antiabortista de marcado tinte conservador, ha chapoteado en el gravísimo problema, no entrando en el análisis en profundidad del mismo. Y ha metido la pata hasta el corvejón, perjudicando a su partido, que amagó con la cuestión al ganar Casado las primarias, pero no ha rematado a gol consciente de que la sociedad española está muy dividida sobre el tema y prefiere aparcarlo y no afrontarlo para evitar fuga de votos. ¿No era consciente de que si te comprometes con un partido político, lo haces con su programa, y si no es así, mejor quédate en casa si quieres tener la conciencia tranquila? Pues no, Suárez Illana ha demostrado que, además de ingenuo, es torpe y no ve más allá de sus narices, y tendrá que matizar sus declaraciones porque se lo impondrá el PP o dimitir.

No se puede comparar el aborto regulado legalmente con el asesinato de un niño al nacer practicado por los aborígenes, la comparación es absurda. Y la falta de sensibilidad al afirmar que la mujer tiene que elegir entre matar a un niño en sus entrañas o nada más nacer, bordea el surrealismo ideológico. Y llegar a decir que en EE.UU. se puede practicar un aborto nada más nacer un niño es una contradicción lógica a todas las luces que un político digno de ese nombre no puede permitirse afirmar.

Es verdad que en esta cuestión late la famosa sentencia del Tribunal Constitucional al abordar la primera ley del aborto, la llamada ley de supuestos frente a la vigente de plazos, en que declaró que el nasciturus, es decir, el niño en gestación, tiene derechos y deben ser respetados, que no es pues una célula más, sino que ahí está presente un proyecto de persona, que debe ser respetada. Pero el Constitucional se enfrentó al mismo tiempo al problema del llamado mal menor, al poner enfrente los derechos de la madre que decide poner fin a su embarazo cuando se dan ciertas causas con el del embrión en formación, y optó por priorizar a la madre.

Sí, es verdad, hemos tirado por la calle de en medio, hemos renunciado a ir al fondo de la cuestión, hemos certificado nuestra derrota, considerando que es un problema sin solución, y al menos garanticemos la salud de la madre cuando toma esa decisión y no la lancemos al horrible aborto clandestino o, en el caso de las pudientes, a su práctica en el extranjero, como era lo habitual antes de que en España tuviéramos una ley reguladora. Con ello, relegamos el aborto a una cuestión de conciencia que debe resolver la madre, sin que la sociedad tenga una palabra que decir. Era lo más cómodo y en ello estamos. ¿Pero es solo un problema de conciencia personal, no tiene además un evidente calado social y político?

En lo único que ha dado en el clavo Suárez es en que el Estado debe abordar el problema desde todos sus ángulos. No ya, que es claro, asesorando a la madre, ayudándola económica y humanamente para que no se vea obligada a hacer lo que en el fondo no querría hacer, sino, y para mí mucho más importante, con medidas de prevención sexual, que siguen brillando por su ausencia. Proscribir el aborto sin más, recurrir a las grandes declaraciones, y no hacer nada para evitarlo, es pura hipocresía.

Pero, y es evidente decirlo, en España no está el horno para prohibir el aborto. Durante décadas fue así, y los abortos eran una práctica habitual, pero sin garantías sanitarias y con resultados colaterales aún peores. Cuando el aborto estuvo prohibido en España, no se hizo nada para prevenirlo: se practicaba al margen de la ley, había mujeres que morían por falta de atención médica, y algunas hasta iban a la cárcel. No deben ir por ahí las cosas, y la sociedad mayoritariamente no quiere.

A mí me inquieta profundamente el problema. No quiero mirar al lado. Sé que hay que actuar de otra manera. Pero no al modo que sugiere Suárez Illana. Urge un fuerte compromiso social y político para darle solución, debemos concienciarnos mayoritariamente, los partidos, las instituciones y los ciudadanos. Pero miro a mi alrededor y observo un gran silencio, como si en el fondo todos estuviéramos tranquilos evitándolo. Mientras, tantos futuros niños se quedan en el camino y, aunque no los oigamos, su clamor está presente, pero no dejan de hablarnos.

Marta FERREIRA