Sábado, 17 de agosto de 2019

Ofendidamente olvidadizos

“El recuerdo escolar que los de mi edad tenemos de la enseñanza de la historia patria se puede superponer perfectamente a cualquier historieta ilustrada de tebeo”
RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, Esas Yndias equivocadas y malditas.  Comentarios a la historia (1994)

Una de entre las múltiples carencias de la clase política española (principalmente de sus dirigentes), es la oceánica indigencia cultural que exhiben sin pudor, sirviéndose de lugares comunes, frases hechas y tópicos para simular cualquier razonamiento. Especialmente evidente ha sido esa ineptitud en relación con sus desorbitadas reacciones a la carta en la que el presidente de México solicita al estado español una disculpa formal por los tremendos e incontables crímenes cometidos por los españoles durante los siglos en que impusieron violentamente a los habitantes de las tierras mexicanas, después del mal llamado “Descubrimiento”, las peor llamadas “Conquista” y “Colonización”. La mayoría de las reacciones a esa solicitud, tanto en el ámbito político como informativo, constatan cómo el manoseo histórico del orgullo patriótico ha dado fruto hasta niveles tan profundos del inconsciente, que el papanatismo en forma de santa indignación aflora automáticamente frente al destello de la verdad, mostrando al tiempo que demasiadas posturas públicas de tolerancia, solidaridad, comprensión, igualdad, equidistancia o... inteligencia, están asentadas en el silencio sobre ciertos temas.

Por ese batiburrillo histórico-mental característico del hablar de oídas o a base de consignas, fruto de no abrir un libro, puede entenderse que los hombres de a caballo de las más ultramontanas esencias patrias españolas sean capaces de argumentar que la violencia y la muerte ejercidas durante la “Conquista” sean, como la “Historia Universal” enunciada por sus ‘demonios’ Hegel y Marx  “...una necesidad del espíritu en la grandiosa epopeya de la historia (...) un movimiento que se abre camino y hace saltar, hechas añicos, las formas políticas fosilizadas y muertas...”. Casi, casi, las palabras de los líderes políticos españoles. Se entiende también, en su cruzada de reconquista, que esos “españoles sin complejos” hayan echado chispas frente a la petición de disculpas del mandatario mexicano, utilizando en su santa indignación no solo la verborrea del españolismo testosterónico y despectivo con que viene alimentándose el patrioterismo desde antes del ’36, sino abundando en la reciente campaña contra la llamada “leyenda negra” que algunas avispadas editoriales rentabilizan, ciertos seudohistoriadores usan para publicar libros y arengar a las masas embanderadas y algún escritor “oportunista, demagogo y golfo” (son sus palabras) defiende a insulto limpio. Todo conforma una campaña de recuperación de cierto (y según ellos extraviado)orgullo de ser de España, que han emprendido estos “españoles de bien” mecidos por la derecha reaccionaria de este país, con la intención de volver a poner en valor la mentirosa, falsa, manipulada e indigna imagen de tebeo que del “Descubrimiento” de América (y en general de la historia) forjó, impulsó e imprimió en los libros obligatorios, en el NO-DO, en los muros de las iglesias y en las banderas victoriosas al paso alegre de su paz, un franquismo devoto de las grandezas de una España imperial muy cuidadosa, en cambio, de ocultar las enormes miserias y ríos de sangre de esa misma “grandeza”.

Menos se entiende que personas e instituciones españolas supuestamente alineadas y (más supuestamente cada día) defensoras del pensamiento libre, la reflexión filosófica,  la investigación histórica y la capacidad crítica (y autocrítica), hayan sembrado periódicos, emisoras, pantallas y redes de acusaciones de extemporaneidad, anacronismo o falsedad,  la muy lógica y pertinente petición de López Obrador, petición que no solo espera una merecida disculpa, sino que legítimamente pretende la revisión, clarificación y lucha contra la manipulación, el olvido y la indiferencia de lo que realmente fue la “conquista y colonización” de México (hoy un hermoso y acogedor país que siempre recibe con los brazos abiertos y el ofrecimiento de la amistad, y que ha mostrado su mejor actitud y otorgado su ayuda sin reservas a cuantos españoles, en circunstancias difíciles, encontraron allí el abrazo, el cobijo, la comprensión y el cariño que su propia tierra les negaba).  

Provoca, como poco, vergüenza ajena escuchar o leer el consabido “y tú más” en boca de supuestos “especialistas”, articulistas de campanillas o “prestigiosos” líderes de opinión como respuesta a la carta del presidente mexicano, que solicita para su pueblo, después de quinientos años de hipocresía, un desagravio en forma de declaración institucional. La desinformación, la ausencia de referentes culturales y la pura y simple falta de lecturas, además de cierto fanatismo que, como todos, es estúpido, hace caer a estos indignados voceros de, según ellos, el pueblo español, en la chabacanería argumentativa y el ridículo expositivo (consejos de lectura para ellos: “De indis” y “De iure belli”, dos magníficas relecciones de Francisco de Vitoria; La conquista de México, de Hugh Thomas; Brevísima relación de la destruición de las Indias, de Bartolomé de Las Casas; Historia general y natural de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo; Cartas de relación de Hernán Cortés...).

Tener que escuchar argumentos tan espurios como que el paso de los años es motivo suficiente para absolver cualquier dislate, es deprimente (¿cuántos años han de pasar?, ¿cuándo el tiempo se vuelve juez?, ¿cuál es la distancia temporal para decretar el olvido?: ¿Diez años? ¿Cien? ¿Mil?. ¿Qué paréntesis de tiempo necesita la crueldad para volverse grandeza a ojos de los crueles?). Somos herederos de nuestros mayores y de sus obras. Y de nuestra historia. Somos familia de Cervantes y de Quevedo, de Picasso, de Velázquez y de Durruti. De Franco, de Boabdil y de Vellido Dolfos. Somos hijos de este país, que tiene una historia larga, brillante y oscura, grande y pequeña. Noble y cruel. Somos parientes también de Hernán Cortés y del “Requerimiento” por el que eran quemados vivos los aztecas; hijos de Alvarado, de Valdivia, de Rodrigo de Triana y de los peruleros...; pero no menos que de Bernal Díaz del Castillo y Bartolomé de Las Casas. De Pasionaria y de Torquemada. Y de Fray Luis tanto como de sus carceleros. De Francisco de Vitoria, de Antón Montesino y de De Soto. Hijos de caballeros y de inquisidores, de santos y de asesinos, de mártires y de verdugos. Asumir nuestra historia nos dignifica; mentirla nos vuelve polvo.