Domingo, 18 de agosto de 2019

Los crucificados de nuesto mundo

“No os pido que penséis mucho. Tan solo os pido que le miréis”

Teresa de Jesús

“El Hijo del Hombre no fue crucificado de una vez por todas, ni la sangre de los mártires es derramada de una vez por todas, sino que el Hijo del Hombre es constantemente crucificado, y siempre habrá mártires y santos”.

T.S. Eliot

Al soportar la carga de otros, al compartir el dolor ajeno, comenzamos a danzar

Jim Cotter

Comenta el evangelio de Lucas, que Jesús de Nazaret es “llevado a un lugar llamado La Calavera donde será crucificado entre dos malhechores”, injuriado e insultado por las autoridades y los romanos, víctima del odio, la crueldad y el fanatismo. Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz, le gritan con provocación. Jesús no responde a los insultos, se mantiene en un misterioso silencio cargado de pasión, oración y perdón.

El evangelista Marcos anota que era la hora tercia, hacia las nueve de la mañana cuando fue clavado en la cruz. Juan, hace coincidir la crucifixión con la hora sexta, a las 12 del mediodía, posiblemente por una razón teológica, era la hora que los sacerdotes sacrificaban los corderos para la cena pascual.

La crucifixión era un acontecimiento público como forma de castigo que se infligía a los rebeldes, revolucionarios o esclavos renegados, pensada deliberadamente para ser repulsiva, una pena ejemplarizante y escalofriante. Era una pena infame para los descartados y desechados de la sociedad, los sin derecho, los últimos. La muerte de Jesús suponía el fracaso humano más contundente, escándalo y locura, el aplastamiento del justo y el triunfo del verdugo. En la muerte injusta del inocente los seguidores de Jesús vemos el corazón de Dios identificado con todas las víctimas de la historia.

Un Dios despojado de todo poder se nos revela misteriosamente como puro amor que sufre nuestros sufrimientos e injusticias y muere nuestra propia muerte. Con su vida y con su muerte Jesús de Nazaret se ha hecho solidario y cercano a todos los hombres, sobre todo a los que más sufren, los más vulnerables de la sociedad. El amor de Dios no es una proyección de nuestros anhelos más profundos o de las insatisfacciones no resueltas, es una realidad que brota del corazón traspasado en la cruz de Jesús, que nos amó y se entregó por todos.

Todos pendemos de alguna cruz. La crucifixión de Jesús continúa hoy en cientos de crucificados que no salen en las procesiones, ni siquiera en las noticias de urgencia de la prensa y medios de comunicación. En la cruz del calvario están los que sufren el hambre continua, los inmigrantes y refugiados colgados y retenidos en las vallas de las fronteras, los explotados por nuestro bienestar consumista insensible a los graves problemas en el trabajo, los ancianos que sufren en soledad la enfermedad o el abandono, las mujeres maltratadas y asesinadas cada día en su hogar, mujeres y niñas vendidas y traficadas como una mercancía meramente sexual, crucificados en el sistema político y social elitista y excluyente, los olvidados y asesinados por sus creencias religiosas.

 Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel: los hay que venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; que amontonan violencia y despojo en sus palacios; que aplastan a los pobres... acostados en camas del mármol más fino, como nos recordaba Monseñor Romero. Los crucificados de hoy no se limitan a las guerras, violencias o masacres, se revelan en la vida cotidiana, en la insensibilidad al sufrimiento de nuestras sociedades líquidas y consumistas.

Con la muerte del Justo no han acabado las muertes de los justos, por todos los rincones de la tierra se encuentran muchos hombres llamados a la impotencia y al sufrimiento. No es fácil creer en un pobre entre los pobres, en un Dios que cuelga en un madero, siempre es y será un escándalo, es más fácil inclinarse ante un Dios todopoderoso que resuelva los problemas de la vida una vez por todas. La justicia, como la verdad, complican nuestras vidas, para no complicarnos, callamos y hacemos la vista gorda y seguimos la rueda de la cotidianidad acomodándonos a todo. 

Las lágrimas de los crucificados valen más que cien explicaciones, pero como seres pensantes que podemos transcender nuestras realidades, debemos de buscar sentidos en esta vida a los males y sufrimientos más indignos, luchar contra la resignación y el fatalismo y comprometernos a establecer relaciones donde la dignidad sea la bandera que guíe nuestros pasos. Un compromiso que brote de nuestra fe en un Dios que es amor y misericordia, aunque a veces, nos sintamos atrapados en paradojas sin salida.

Adorar la cruz de nuestras iglesias, nos debe recordar que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele las injusticias, la falta de dignidad, de igualdad, la pobreza, la violencia, la soledad de tantos crucificados. El Crucificado desenmascara nuestras cobardías de una religiosidad aburguesada y poco comprometida. El Crucificado que cuelga en nuestras iglesias y que sale por las calles de la ciudad, no puede ocultar a los crucificados. Más allá de las celebraciones en cuaresma, el Crucificado nos llama a ser más próximos con los que sufren cada día. Dios protesta contra las injusticias y nos llama colgado del madero, no solo a transformar el corazón del hombre, sino el corazón de un mundo sin corazón. Los amigos del Crucificado lo llamaban resurrección.