Sábado, 24 de agosto de 2019

Aquellos pueblos…, hoy vacíos

Dedicado a los seleccionados para el equipo político en las elecciones.
“Code de Mieza que cuelgas sobre la sima del lecho…”, mirando al Duero

Me he permitido la licencia de inventar la palabra MiraDuero para singularizarlos, en Las Arribes todo está abocado y precipitante al Duero.

A los pies de esta roca tan ceñuda está el topónimo La Solana, productora en otros tiempos de la rica aceituna negra de Mieza, famosa hasta en Valladolid, y entre cuya arboleda apreciáis las olivas que, las pobres, perviven agónicas del abandono de sus dueños ante las avasallantes encinas. Hace sólo 60 años, una parte de esta ladera, llamada La Blanquea, estaba tan limpia de fusca que, vista desde los MiraDueros de La Code, blanqueaba la tierra arenisca en la que resaltaban los verdes y cenicientos olivos y los oscuros paredones. Hace sólo 60 años en los fríos meses de enero estos olivares eran una escena idílica donde pastaban unos 10 rebaños de 40 ovejas cada uno y dormían a la luz de la luna encerradas en los bardos. Hoy, esta tierra, otrora paraíso de lagartos, está siendo reconquistada por sus primeros dueños, la encina tozuda, el áspero jaral, el zarzal dentado, el áspero carrasco, la fusca sofocante, los punzantes jumbrios, los bravíos zambuyos, las sofocantes escobas, el ibérico jabalí…

El labriego ha doblado ya sus cuadriles y se ha rendido. El bosque crece invasivo sin control. En La Solana cantaban antes el mirlo y el olivarero: apañando aceituna se hacen las bodas…, el pastor voceaba al ganado, sonaban el cencerro y rugía el Duero. Ahora te espanta hablar alto por no romper este cristal silente. Da miedo cantar. El silencio está cuajado y te vocea, Estos, Fabio, ay dolor que ves ahora…. Hasta los manantiales se han secando. Hasta el Duero ya no ruge.

Las antiguas culturas han cantado la vida sosegada del campo y han desarrollado una literatura bucólica que añora la vida relajada. En el principio Dios creó el cielo y la tierra, donde colocó a Adán y a Eva en medio del Paraíso. Luego comieron del Árbol del bien y del mal y fueron expulsados de este Paraíso, pero como les quedó entrañada esta pérdida y añorado este señuelo, se les prometió la Tierra que mana lecha y miel. De la pérdida de este Paraíso les emana una añoranza idílica de la vida campestre. Dichosos tiempos aquellos en que la madre naturaleza abastecía espontáneamente tus necesidades, dormías tu siesta holgazana tumbado a la sombra de una higuera, tocabas tu flauta apacentando tu rebaño, alargabas el brazo y alcanzabas los frutos maduros del árbol. Todo cuando te apetecía, frutos y caza, todo estaba al alcance de tus necesidades. ¿Es la añoranza nostálgica de aquel Paraíso perdido? Así, cualquiera tiempo pasado fue mejor. Y nuestros clásicos cantaron esta vida idílica y bucólica del campo:

Dichoso aquel que lejos de los negocios como la antigua raza de los hombres, dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con sus propios bueyes. (Odas, Horacio, s. I a. C.)

Oh Títiro, tú que te recuestas a la sombra de una haya y practicas la música silvestre con una caña. (Bucólicas, Virgilio, s. I a. C)

En Navidad nace Dios en un pesebre rodeado de pastores.

Qué descansada vida

la del que huye del mundanal ruido   (Fr. Luis de León)

Y en el siglo XVI se desarrolló en España la novela pastoril con escenas alegres entre pastores, rebadanas y zagales, en la enramada de una naturaleza risueña, bucólica e irreal, donde no se oía más que nostálgicos sones de rabel, balar de ovejas ante balidos tristes de recentales, esquileos y ladridos de mastines.

¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes los antiguos pusieron por nombre de dorados…! (D Quijote a Sancho, comiendo bellotas en compañía de unos cabreros. Cervantes)

Una pradera con ovejas blancas y lanudas, con recentales que corren y respingan entre el tintineo de esquilas y de fondo una melancólica flauta que llora. También se desarrolló la novela picaresca, género peculiarísimo de España.

Pero… ¿cuándo hemos podido perder aquel Paraíso?

Cada uno pone su contento donde ha plantado su Paraíso. La naturaleza es un libro en el que ha quedado grabado cómo se ha ido perfilando, y en el que las gentes también han escrito sus costumbres. Pero también se va grabando el abandono de los pueblos dando opción a que la vegetación salvaje recupere su Paraíso perdido. El olvido, la soledad y el abandono van cambiando los colores de las cosas. Y así, en esta tierra sólo podrán vivir los autóctonos, zambuyos, encinas, carrascos, los que han sido paridos aquí, los que han echado raíces aquí, como nuestros antiguos viejos. Un hombre de paja no puede vivir aquí. Y en la geografía española hay pueblos abandonados que por su soledad son un monumento a la muerte, como una vieja gramática latina. Julio Llamazares en su libro La lluvia amarilla describe el abandono de un pueblo del Pirineo: Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación.

Los políticos, que no son listos, intentan retener en los pueblos a las gentes, que no son tontas. ¡Qué vengan ellos a ser cohabitantes de estos andurriales! Antes en cada pueblo, un nido de cigüeña y un tonto. Los pueblos se quedan vacíos porque son los viejos los únicos que hacen pueblo, aunque las fiestas de agosto y septiembre las hagan los jóvenes para ellos, pero pueblo lo hacen sólo los viejos y ya están hartos de hacer el papel de tontos de pueblo, ante los listos de la ciudad. Las ciudades a los pueblos los han llamado pueblos y a sus habitantes los han llamado aldeanos. Las ciudades han hecho así a los pueblos. Y esto no tiene remedio.

La gente prefiere la guerra agobiante, antes que la paz somnolienta y aburrida de las aldeas y buscan los beneficios del moderno bienestar social. Y no les llaméis emigrantes, ni les pongáis vallas, ni les exijáis papeles. Respetad las migraciones humanas internas. En la frase machacona que nadie asume, Yo me vuelvo al pueblo, si alguien se vuelve al pueblo, pronto se devuelve o es devuelto. ¿Tenemos que ser siempre, nómadas, vagabundos, romeros…, sin raíces, sin amigos, sin tradiciones, sin…? Ser en la vida romero…, sin otro nombre y sin pueblo. Estas soledades humanas de los pueblos quedarán para relajo de los saltamontes ciudadanos en sus fines de semana, que nerviosos de sus guerras civiles laborales y ciudadanas desertizan Madrid y encabronan los pueblos. Y dirán como papagayos: los pueblos tienen encanto. Más que hacer viajes a…, hacen escapadas de… Escapan de la ciudad a rincones con encanto que les ha inoculado la propaganda. Me asalta el libro de Sergio del Molino, La España vacía. Y esto no tiene solución.

Y esta disputa del vaciado de los pueblos ha entrado en las carnicerías de los debates de partidos políticos para degollarse entre ellos. En esto, que no tiene remedio, es cierto que la comodidad de la ciudad ha degradado el trato humano. Un habitáculo en ciudades es una caja de zapatos con paredes de pladur, empesgada de cemento por arriba y por debajo, embetunada de asfalto, torturada por coches, autobuses, inundada de gentes…, sí pero al lado está el centro médico, el hospital, colegios, puesto de trabajo, guarderías, farmacia, supermercado, quiosco, iglesia, actividades para niños, parque, autopistas de banda de móviles… y, como no son tontos, terminan abandonando el sucio morillo. Esto buscan. ¿Será ésta la tierra prometida que mana leche y miel? ¿Vale menos esto que un espacio abierto en el pueblo? ¿Es una necesidad el espacio libre? Para muchos madrileños, España se limita al barrio de Salamanca, y para muchos salmantinos Salamanca termina en su Plaza Mayor. Los listos de la ciudad critican a los del pueblo diciendo: en el pueblo viven cuatro y no se hablan. ¿Cuántos no se hablan en tu comunidad? ¿Se soportan? Me vuelvo al pueblo. Ni los ocupas que desarrollan esta actividad usurpadora en la capital se acercan a ocupar los pueblos. Y esto sin solución.

Durante siglos la ciudad ha dado la espalda al Duero y a los pueblos de Las Arribes, pero ahora estos pueblos son abandonados por sus mismos autóctonos arribeños. Razones tienen. Las normas comunitarias los agobian. Las Arribes nunca fueron un Paraíso, ni perdido ni encontrado, sus habitantes, paridos aquí, siempre tenían que trabajar para comer, para así poder seguir trabajando. En los pueblos mandaban antes, el alcalde, el médico, el cura y el maestro, estos han sido los primeros capitanes en abandonar el barco, junto con la Guardia Civil y las mozas casaderas. El Duero eterno, el río de los olvidos, sabe todo esto, ¿calla o se hace el tonto? Pasen, señores, vengan a admirar los encantos desde sus MiraDueros. Él Duero se ríe de esta Ironía, tan cínica, que lo hace tonto. Si hasta el Duero ya no ruge.

                                                                         Venancio Pascua Vicente