Lunes, 28 de septiembre de 2020

La saludable autovía Benavente-León, y viceversa

La semana pasada, tras la puñalada de un cólico nefrítico y los correspondientes análisis y pruebas, el urólogo de la Seguridad Social concluyó que en el riñón izquierdo se me había formado un cálculo o piedra nefrítica, por lo que tenía que ir al Hospital Virgen Blanca/Princesa Sofía de León para someterme a una sesión de litotricia que fragmentase el citado pedrusco en pedazos menudos para que pudiera expulsarlos.

  -Pero… ¿no hay lista de espera? –pregunté cobardemente.

 -No –respondió rápido-, últimamente los despachan en un visto y no visto. Han debido comprar nuevas máquinas y contratar más médicos especialistas. Y terminó la consulta alargándome el volante con la autorización.

Busqué quién me llevara y emprendimos el viaje. Cuál sería mi sorpresa cuando al rebasar Benavente y embocar la autovía a León, comenzamos a dar botes en el coche en una especie de trote borriquero porque el firme era una sucesión de  baches, cuando no de socavones, a los que se unían las reparaciones a base de pegotes que sobresalían del firme como grandes costras. Me agarré a donde pude, saqué pecho, respiré fuerte y empecé a sudar con el baile. Por señas, no podía hablar de la alegría, le indiqué a mi conductor que aminorase la velocidad porque el riñón izquierdo, ignorándome, había decidido tener vida propia y andaba de celebración con aquel tiovivo. De pronto sentí que el riñón derecho, podridito de envidia, se había unido a la fiesta. Al sentirlos tan compenetrados, se me escaparon unas lágrimas de la emoción. En esas andábamos cuando llegamos a la desviación del cruce para León y nos dimos de bruces con un chiringuito playero iluminado con leds de colorines como si fuera Navidad, presidido con una gran Cruz Griega y un cartel en lo alto donde leímos; ¡LOS DE LA LITOTRICIA AQUÍ!

  -Tira para el Gólgota –le dije al chofer.

Aparcamos y antes de bajar del coche salió a recibirnos una señorita vestida de blanco con cofia y zuecos inmaculados, flanqueada por dos robustos celadores vestidos igual pero sin cofia, que alargó la mano y me reclamó el volante. Al verificar mi presencia hizo una seña a los ayudantes que me sacaron en volandas del coche, me introdujeron en el caseto y me tumbaron en una camilla. Un doctor que salió de la trastienda con su bata blanca y el fonendo colgando, me reconoció e informó que el servicio de litotricia del hospital lo habían trasladado a aquel lugar al comprobar, por experiencia, que allí no necesitaban ni nuevas máquinas ni más personal para dar mejor servicio a la población eliminando la lista de espera.

  -La piedra está a puntito de salir, vuelva a Benavente y regrese aquí de nuevo –diagnosticó con seguridad.

No acerté a decir palabra; los dos mozos de blanco me levantaron en volandas, me fueron dando ánimos del tipo “ya verá usted que bien se encuentra luego” y me metieron en el coche.

  -Tenemos que ir a Benavente y volver –informé a mi sacrificado conductor, que protestando algo sobre no sé qué mierda de autovía, emprendimos el camino a Benavente y regresamos al chiringuito. De esta segunda ronda del Vía Crucis no puedo dar fe porque a nada de coger la dirección a Benavente perdí la consciencia y me desperté en la camilla del chiringuito con el doctor al lado que me mostraba un cesto con materiales de derribo, y me sonreía.

  -¡Otro éxito! ¡Otro éxito! ¡Estamos de enhorabuena! Ha expulsado usted una piedra de cantería y dos rollos de río. El riñón de la derecha, para no ser menos, ha contribuido con medio kilo de zahorra.

Me vestí, recogí el cesto, les di las gracias, monté en el coche y sin decir palabra regresamos a Salamanca.