Viernes, 22 de marzo de 2019

A Contracorriente

Dice el DRAE que a contracorriente es expresión que sólo se usa en relación con el agua o en relación con la opinión pública y que en este segundo caso significa “ir en contra de la opinión popular”. Podía ser algo más explícito pero vale; el VOX, ¡diccionario!, elige general en vez de popular y parece más adecuado. Bien, repasaba yo algunas corrientes populares o generales hoy contra las que normalmente me sitúo a nivel personal, sin más intención ni estrategia alguna. Y pongo aquí algunas por si este ejercicio fuera de alguna utilidad para algún lector.

Una fuerte corriente social es el alboroto electoral y los interminables vaivenes entre discursos polisémicos y sondeos de mala vida.

Ni me gusta ni me disgusta, está ahí en el paquete de vida que me toca y ya está; es mejor hacer las paces y sobrevivir con los aconteceres que nos sobrevienen. Es como aceptar la propia nariz o la caída del pelo o cierta sordera incipiente. Es como una febrícula de cualquier democracia.

Pero en esto voy a la contra; y contra viento marea y contra lo que pueda parecer y hasta ser prudente, me apunto cuidadosa y premeditadamente a la contracorriente respectiva. O sea, me abstengo totalmente por ahora, dejo hablar y dejo prometer, es un protoliberalismo de salida y ya veremos cuando sea la hora de ver, juzgar y hacer. Mis ideas sobre la construcción de un gobierno como el de España no van a depender de estos discursos del momento. Y si llega a ser que sí, pues ya veremos… Mientras tanto logo de acceso y botón apagados, aire… y a vivir la bendita aventura que, lejos de todo eso, se nos viene cargada de humanidad cada día. A esto llamo contracorriente.

Otra corriente poderosa y medio omnipresente es la hostilidad, al menos verbal porque la otra es peligrosa y está peor vista, con la que se envuelven y se desenvuelven la mayoría de las relaciones, sobre todo de puertas para afuera. Pasa entre vecinos, con los cuñados del pueblo, con el concejal de turno, con el candidato contrario sea de lo que sea, con los de fuera sean de donde sean, con los que llegan vengan como vengan, con los frágiles y pecadores hagan lo que hagan, con todo el que tiene un poder llegue adonde llegue, con todo el que se ponga por delante o por detrás o por la derecha extrema o por el extremo de la izquierda y sin olvidar el centro. Da igual. Contra todos que no sean yo o mi tribu o mi equivalente, sea manada o grupo de presión. Ah, esto se agrava y se agranda por la inestimable labor de todos los alentadores de hostilidad y de odio primario que son muchos y hasta bien pagados no pocos. Así estamos y así nos va.

Me disgusta sobremanera aunque es tan fuerte el tirón general que a veces me sorprendo deslizándome llevado por esa mala corriente de mal rollo y peores hechos. Pero me sitúo contra la corriente e intento corregirme y me apunto expresa y repetidamente a lo contrario: a ver y admirar lo bueno y limpio de mucha gente que no lo muestra, a reconocer la dosis de humanidad que hay en muchas fragilidades, el lado bueno de cualquier cuadrado oscuro, la buena gente en cualquier sombría muchedumbre y así hasta docenas y docenas de espacios a veces sin redimir, o así lo parecen, pero llenos de bondades por descubrir. No es tan enemigo como parece. Queda descalificada esa pintura de hostilidad con la que pinto la pared de la vida. A esto llamo contracorriente.

Y siguiendo con más ejemplos, vengo a uno más bien particular e interno de la Iglesia en España hoy, por no decir en Salamanca. Es una vigorosa y mayoritaria corriente de no mirar hacia fuera, de volverse y envolverse hacia adentro no sé si por fidelidad o por la intemperie exterior o por facilidad, pero lo cierto es que es mayoritaria, creo, y casi general. Y se nota en casi todo, desde los documentos, homilías y actas hasta la lista de actividades o las propuestas para esta cuaresma. Es una corriente de pensamiento y de actitudes que viene fortaleciéndose desde hace años y, al parecer, va ganando adeptos, a pesar de los aires nuevos del papa Francisco y de sus empujones hacia la puerta de salida.

Y en mi caso, ya apartado casi del mundanal ruido diocesano, me defiendo como puedo y a contracorriente sueño con una Iglesia de acera y calle, realista y crítica, al paso de esta sociedad por muchas cojeras que padezca. Y que salga por donde salga el sol, con una pastoral a la medida de cada gente, la que sea y la que salte. Y sin desconfianza ni cartas en la manga ni franjas de seguridad ni cordones sanitarios.

Y así muchas más corrientes bien dispares y de muy desigual fundamento, que todo cabe en las corrientes de la barahúnda diaria. Y en ese vaivén, muchas veces hostil y enfrentado, me viene la reacción de ir contracorriente. El “contra” puede parecer hostil y algo violento, pero no tiene porqué. Al revés, la reacción a contracorriente debe ser tranquila y de réplica moderada y lenta. A veces hasta silenciosa.

Con estas líneas invito a repasar corrientes que en general se/nos imponen sin que sepamos a veces desde dónde y a reaccionar ante ellas con el buen entender de cada uno.