Domingo, 24 de marzo de 2019

La bomba

Cuando hace un par de semanas escribí sobre la salida del PP de Silvia Clemente y su fichaje por Ciudadanos, difícilmente podía prever la catastrófica gestión de este hecho, aunque ciertos datos permitían especular sobre lo sucedido. De lo que pudo haber sido y no fue, podía titular esta crónica: no fue como debía haber sido. Pero son los males propios de la partitocracia, y Ciudadanos, que hasta ahora parecía paradigma de la virginidad política, ha descubierto sus costuras y huelen a viejo, a sabido, a rancio compadreo.

Ya lo decía en aquel artículo. Clemente debió entrar de otra manera, pero es que Clemente no actuó como lo hacen los demócratas, sino como una persona ansiosa de poder y los líderes nacionales de Ciudadanos le dieron cancha y por eso son responsables de todo lo sucedido: ¿tanto la necesitaban o estaban ciegos? ¿Que quieres entrar en el partido? Pues ficha, pero como todo el mundo, y no quieras ponerte delante de todos y convertirte en la líder regional por tu cara bonita, con la carga además que arrastras. De ahí que Clemente haya demostrado con creces su falta de valores democráticos, pero los máximos dirigentes de Ciudadanos, empezando por Rivera (¡qué gran decepción!) son responsables también del fiasco por omisión y por acción.

Pero dando por bueno todo lo anterior, el relato se queda corto cuando nos enteramos de que en las primarias en las que participa Silvia Clemente frente a Francisco Igea, gana gracias a un monumental pucherazo. Y proclamada ganadora, y aceptando su derrota su rival, tienen que ser unos militantes quienes denuncien la operación de que haya más votos que votantes, cuando las escandalosas cifras estaban ahí y el partido se las tragó. Menos mal que al menos su comisión de garantías no se ha zampado el fiasco y haya terminado poniendo las cosas en su sitio. Ergo, Clemente es un cadáver político ambulante, pero Ciudadanos ha quedado tocado, pero que muy tocado.

La cuestión no es ya el incidente, que aparentemente podría focalizarse en Castilla y León, no, la cuestión es que el disparate se ha convertido en un argumento consistente contra la fiabilidad democrática de Ciudadanos. Desde su salida esperpéntica del PP, la política segoviana ha proporcionado toda la batería de argumentos necesarios para cuestionar al partido naranja. Primero, aceptar a Clemente en los términos que lo hizo, con presentación estrella en la que estuvieron presentes algunos de los líderes de Ciudadanos, saltándose a la torera las mínimas reglas de ética política; después el fraude electoral interno, sin que las estructuras del partido reaccionen inmediatamente; y ahora, al final, las noticias acusando de prácticas corruptas a la que iba a ser la candidata a la presidencia de la Junta de Castilla y León por algunas decisiones en su época de consejera de Agricultura. Todo acumulado, es una auténtica bomba. Y ahí están las últimas encuestas que le hacen perder a Ciudadanos hasta la mitad de sus expectativas electorales en las próximas generales, llegando al punto en alguna de ellas de que peligre hasta su tercer puesto.

Que Clemente haya caído y que desaparezca del panorama político, es lo único positivo del problema, pero no es lo más importante. Lo esencial es que la trayectoria hasta ahora esperanzadora de un partido de centro se haya ido al diablo desde las elecciones andaluzas. Sí, es verdad que lo que ha ocurrido en Castilla y León, es lo que mayores críticas ha suscitado. Pero qué decir de la espantada de Arrimadas en Cataluña, optando por ir al Congreso de los Diputados, con la que está cayendo y está por caer: una líder política digna de ese nombre nunca debería haber abandonado el escenario que le ha dado a Ciudadanos todo su crédito, y si las cosas allí están muy mal, más motivo para no dejar el barco y surcar aguas más tranquilas. Y es que la zigzagueante trayectoria en apenas dos meses de esta formación, que estos días estamos comprobando en Baleares y Navarra, cuestiona su futuro, y gravemente. Y esto es desolador, sobre todo para quienes sostenemos que en España se necesitaba un tercer partido de centro que basculara entre PSOE y PP. Es como si el centro político estuviera maldito. Primero la UCD, después el CDS, más tarde UPyD, y si Dios no lo remedia, ahora Ciudadanos.

Los partidos, como los buenos jamones, requieren tiempo. Rivera se vio presidente poco antes de la moción de Rajoy, y se equivocó. Le perdió la ambición y la falta de paciencia. Pero la política es así, y a veces los elegidos de los dioses, pierden la razón y se estrellan. Esperemos que ahora no sea así y la cordura y la humildad vuelvan a Ciudadanos. Una buena regla que deberían aprender es que hay que respetar las viejas reglas democráticas y hacer política mirando al horizonte lejano. Las prisas son malas consejeras y Ciudadanos ha empezado a sufrir sus consecuencias. La “bomba” Clemente ha servido de detonante.

Marta FERREIRA