Domingo, 24 de marzo de 2019

Félix Maraña: “Unamuno vivió un destierro muy productivo, en lo político y en literario”

Valentín Martín entrevista a este periodista e historiador, que ofrecerá una conferencia, este jueves, en la Sala de la Palabra, sobre el paso del escritor por Hendaya

Félix Maraña, escritor, historiador y periodista

Félix Maraña (1953) es Licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo), Graduado Social y Diplomado en Altos Estudios de Historia Contemporánea. Ha dedicado toda su vida al periodismo de papel y TV.; también, al periodismo digital en hora temprana, y a la literatura: a sentir y a vivir con ella. Desde niño leyó todo lo que pudo y sigue leyendo. Considera que la de lector debería ser una profesión. Se considere o no así, él la profesa. Comenzó a escribir muy pronto en los periódicos donostiarras y participó en su primera juventud en la revistas Kurpil y Kantil de Literatura, editadas en San Sebastián.

Ha escrito libros y estudios sobre Unamuno, Baroja, Zuloaga, Jorge Oteiza –sobre quien ha dirigido una película–, Chillida, Martín-Santos, Celaya, Caro Baroja, Ibarrola, Juan Larrea, Ángela Figuera Aymerich, Juan San Martín, Neruda, y otros personajes de la historia vasca y universal. Muchas de estas páginas surgieron del periodismo cultural, que ha practicado durante cuarenta años en los periódicos del grupo Vocento –El Correo y El Diario Vasco– y grupo ZETA –El Periódico de Catalunya.

Maraña es autor de una considerable obra poética, inédita en parte. La poesía es uno de sus motivos vitales: fundó y dirigió durante diez años (1990-2000) la colección de Poesía de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. Después de haber publicado algunos libros, se apercibió cierto día que la gente sólo le saludaba en la calle tras presentar Rataplán, una interpretación de la historia de la fiesta de la tamborrada donostiarra. Pero se lo tomó con humor, pues se siente humorista en paro: el dolor del País Vasco y otros dolores le impidieron el ejercicio en su día. Le preocupa el descuido y la falta de cultura del Patrimonio, lo que explica la escasa sensibilidad cultural de nuestro tiempo en deterioro. Ha sido creador y director de la Oficina de Ideas (desde 1986) y fundador y director de la editorial Bermingham (1995). Ha sido comisario de exposiciones de Baroja, Oteiza y Chillida. En 1987 recibió el premio de Periodismo Miguel de Unamuno, por su ensayo “Unamuno a la intemperie”. En 1984 participó en el Movimiento por la Paz y la No Violencia.

Antes de su conferencia en Salamanca sobre Miguel de Unamuno, que será este jueves a las 20.00 horas, en la Sala de la Palabra, hemos entrevistado a Félix Maraña.

- Unamuno y sus cinco años en Hendaya, capítulo no sé si del todo conocido.

- Miguel de Unamuno (1864-1936) vivió una parte fundamental de su vida en el Bidasoa (1925-1930), mirando a Jaizkibel. Desterrado en Hendaya, sus ojos, su tentación vital y su pasión estuvieron orientados a expresar su indignación frente al acomodo y silencio de la casta intelectual y política. En compañía de Eduardo Ortega y Gasset, Unamuno creó y editó en Hendaya una publicación periódica de lucha, Hojas Libres, destinada a expresar en libertad el hastío y la repugnancia moral por cómo la dictadura de Primo de Rivera, con la complicidad y mandato del rey Alfonso XIII, dominaba en España. Pero sin el destierro de Unamuno (desde Fuerteventura a Hendaya, pasando por París), sin su actitud de resistencia, frente a todo y frente a todos, hoy no conoceríamos una parte fundamental de su obra poética y de pensamiento, como De Fuerteventura a París, La agonía del cristianismo, Romancero del destierro, Cómo se hace una novela, o su Cancionero, escritos en ese trayecto, libros que explican tanto su condición agónica, su decisión civil, su empeño moral, como su nervio intelectual en el último trecho de su vida; del mismo modo, el rector de Salamanca, escribió artículos y ensayos otros textos y algunas páginas de entraña sobre los lugares más singulares del País Vasco Continental.

Pero Unamuno en su destierro no estuvo solo. Aunque fuera su gran autoridad civil, intelectual y moral, a su lado, hasta su muerte, intelectuales y políticos como Vicente Blasco Ibáñez, Eduardo Ortega y Gasset, Artemio Precioso, Carlos Esplá, Rodrigo Soriano, J. Sánchez Guerra, Eduardo López de Ochoa y Portuondo, estuvieron a su lado en la acción política y denuncia de la corrupción alentada por el directorio militar de Primo de Rivera. Nómina escasa de intelectuales, pero que supieron mantener la dignidad colectivo en un periodo crítico de la historia de España (1924-1930).

- El enunciado “Unamuno en Hendaya” me lleva inevitablemente a la idea del destierro. Al destierro físico, me refiero, que el destierro interior no es patrimonio de nadie, ni siquiera de Unamuno que se pasó la vida entrando y saliendo de sí mismo. Entre el tormento y el éxtasis, si nos ponemos sublimes a la hora de hablar. El destierro interior resulta muy aconsejable sobre todo en que parece que volverá a reír la primavera. El destierro físico es una agresión que Unamuno sufrió más de una vez. Los jóvenes de Salamanca convivieron desde 1939 con el destierro, en parte por culpa de un obispo que había nombrado la mujer de Franco, porque era un asturiano amigo de su familia. El obispo asturiano tenía pánico a que se juntasen en una ciudad los obreros y los estudiantes. Decía que eso era una bomba de relojería que se iba a llevar por delante a todos los suyos. Encontró la solución desterrando obreros. Unos 4.500 jóvenes han ido al destierro el último año.

- El destierro o exilio de Unamuno, entre Fuerteventura, París y Hendaya (1924-1930) es un hecho histórico trascendente, y perduró esos años porque Unamuno se sentía moralmente obligado a seguir batallando y llamando la atención de Europa. No se ha destacado en la historia de España, porque en el fondo escuece. Escuece porque los intelectuales españoles, y los políticos españoles (he ahí la actitud incomprensible del PSOE con la dictadura de Primo de Rivera) hicieron mutis. La nómina de intelectuales que se enfrentaron, digna e indignadamente, contra Alfonso XIII y su mandado Primo de Rivera fue mínima: Unamuno en el destierro no estuvo solo. Aunque fuera su gran autoridad civil, intelectual y moral, intelectuales como Vicente Blasco Ibáñez, hasta su muerte, Eduardo Ortega y Gasset, Artemio Precioso, Carlos Esplá, Rodrigo Soriano, J. Sánchez Guerra, Eduardo López de Ochoa y Portuondo, estuvieron a su lado en la acción política y denuncia de la corrupción alentada por el directorio militar de Primo de Rivera. Nómina escasa de intelectuales, pero que supieron mantener la dignidad colectiva en un periodo crítico de la historia de España (1924-1930). Fue un exilio difícil, duro y crítico y, en el interior del país, es significativa una carta de Machado a don Miguel –no olvidemos que Unamuno era para don Antonio vigía moral–, en la que expresa cierto descontento consigo mismo, por no haber actuado con más decisión contra la dictadura. Machado se dio cuenta que no supieron responder a la actitud de Unamuno.

-A Unamuno le condenó al destierro la monarquía. Uno no está seguro nunca de nada, lo nuestro es dudar siempre, sólo los muy tontos tienen claro lo suyo y lo de los demás. Pero yo creo que Unamuno sí fue profundamente antimonárquico. De hecho fue condenado por injurias al rey. Pero el destierro en Hendaya ¿fue un destierro voluntario?

- Unamuno fue siempre republicano, quiero hablar en activa. No fue republicano por antimonárquico. Fue republicano por ciencia y conciencia. Si repasamos cuanto escribió en “Hojas Libres”, revista publicada con Eduardo Ortega y Gasset en Hendaya, entendemos perfectamente cuál es su idea de la conducta monárquica en la España concreta de su tiempo. La corrupción, palabra de ahora, pero actitud ya de entonces, que Unamuno combatió con palabras contundentes, era algo tan generalizado en el sistema político alfonsino que sólo los ignorantes, los tibios o los canallas podían desconocer. Basta repasar los apellidos, de civiles y militares, que se repartieron por entonces las explotaciones mineras, y otras obras públicas en la dictadura de Primero de Rivera. Llamar dicta blanda a ese periodo es un insulto a la historia. Las caricaturas (Unamuno era un gran dibujante) que el rector de Salamanca dedica en Alfonso XIII y a Miguel Primo de Rivera, así como las diatribas verbales con que les sacude, son de antología. Textos verdaderamente combativos, que están a su vez en las interferencias o comentarios con que acompaña a los sonetos del libro “De Fuerteventura a París”. Hay quien ha dicho, muy educado él, que estos comentarios desmerecen, pero yo creo que ensalzan a los sonetos unamunianos. Unamuno entiende que la poesía es una arma de combate contra la tarea civil y política, histórica, que se había planteado, al negarse a aceptar ningún tipo de indulto del Directorio militar.  Pero en Hendaya no estuvo por gusto, capricho, soberbia o pataleta, sino por convicción de su función ciudadana en la vida pública.

- Unamuno luchó para traer la República. ¿Estamos ante un republicano que además ejerció? A echar a Alfonso XIII y traer la República también contribuyó Ortega y Gasset. Yo creo que Ortega tenía el ego más subido que Unamuno. De hecho no dejó de dar lecciones sobre el comportamiento de un gobierno elegido por el pueblo. Probablemente tuviese razón porque si lo que cuenta Muñoz Molina en su novela “La noche de los tiempos” es cierto, hay que desanimarse, como poco. Pero es que Ortega, otro que conoció el destierro, no condenó el golpe de Estado de 1936 a la primera. Los intelectuales que se lo propusieron tuvieron que plegarse a una nueva redacción a su manera. Y todo, corrígeme si me equivoco, porque tenía tanto miedo al comunismo como Churchill y Chamberlain.

No nos distraigamos. Unamuno era, fue siempre, republicano. El Ortega y Gasset que ayudó a traer la República fue Eduardo. Sí, Eduardo. El Pacto de San Sebastián no hubiera sido posible sin Eduardo Ortega y Gasset, la lucha de Unamuno en Hendaya no hubiera sido posible sin el apoyo de Eduardo Ortega y Gasset. Eduardo Ortega y Gasset presentó en el Ateneo de Madrid en 1930 un texto, un librillo primoroso, un verdadero texto constitutivo de lo que sería la Constitución de la República. No se le ha reconocido. No quiero restar importancia a lo que supuso la Agrupación para Defensa de la República, cuyas cabezas visibles fueron Marañón, José Ortega y Gasset y Pérez de Ayala (y el apoyo de don Antonio Machado, entre otros), pero considero que, sin los previos promovidos por Eduardo Ortega y Gasset y los intelectuales citados, sin ese previo, la República no se hubiera conformado como se conformó. Por eso he repetido tantas veces que hay que considerar el valor político, intelectual y moral de Eduardo Ortega y Gasset, un desconocido para las historias políticas escritas en España, y he repetido que Ortega y Gasset son dos, sí, son dos. Bueno, eran tres, pero ahora no voy a hablar del tercero. Y no quiero hablar, para no distraer, de la conducta de Marañón, de Ortega y Gasset (José) y de Pérez de Ayala para con el llamado alzamiento de Franco. He venido a hablar de Unamuno, y los republicanos de Hendaya, ciudadanos dignos y combativos contra la corrupción alfonsina. Recuerdo que hace años le dije a un historiador, de estos amansados, vamos, pero con mando en plaza, que cómo era posible que se desconociera en todos lo que se había escrito en la Transición y posteriormente, ese papel jugado por Unamuno en Hendaya y el texto y contexto de “Hojas Libres”. Resumo: El historiador no sabía de qué hojas le estaba hablando.

- Alguna vez te he oído definirte como un humorista en paro. Te llevo la contraria. El que muriese “La Codorniz” no obliga a sus hijos a callarse. Le voy a decir a los salmantinos que eres un hombre culto, cáustico y con sentido del humor las 24 horas al día. Desde ese sentido del humor que nos sirve para sobrevivir, te digo una frivolidad: yo a Ortega y Gasset le agradezco sobre todo que su hijo fundase “El País” y que tuviese una nuera francesa que cocinaba muy bien.

Vuelvo a pedirte que no hablemos ahora de José Ortega y Gasset. En la correspondencia del filósofo con Unamuno, que publicó en 1964 la Revista de Occidente, dirigida por José Ortega Spottorno, dicha correspondencia se interrumpe en el exilio de Unamuno. Habría que preguntarse por qué. Pero ya que hablas de humor, creo que José no tenía ni pizca de humor, y Eduardo era un hombre de cordialidad y jovialidad. Unamuno era de un humor extraño. Dejémoslo ahí. Cierto día, en 2005, en Sigüenza, en un encuentro canalla y hermoso de humoristas, hablé del humor en la literatura de los vascos, incluso de Ciro Bayo Segurola, Pío Baroja, Unamuno, hasta llegar a Chumy Chúmez, donostiarra, Álvaro Laiglesia, donostiarra, Maturana (Eduardo), donostiarra, Rafael Munoa, donostiarra, Juan Chorot (Juancho), donostiarra, Mihura, donostiarra asimilado (aquí en el cementerio), Rafael Castellano, Falete, guipuzcoano asimilado, Rafael Castellano Senior, guipuzcoano asimilado, Juan Carlos Eguillor, donostiarra, pero asimilado bilbaino, y no sigo. Esto anterior, para recordar que todos ellos fundaron, hicieron y deshicieron “La Codorniz”. Bueno, la deshizo el conde de Godó. Por cierto, hubo más humoristas donostiarras, como Edmundo Markuleta, gran pintor a su vez, y Celedonio Otaño, gran caricaturista y pintor, guipuzcoano de Bergara y de quien puede hablar largo rato Jesús Zulet, donostiarra asimilado, Sara Otaño, pintora, incluso yo mismo, porque escribí un libro sobre él. Y sí, un día Chumy, a quien tanto quise, me insistió en que me fuera a Madrid, y me empujaba Manu Leguineche, otro vasco con humor, y Rafael Azcona, otro grande, pero me tiraba la playa, a falta de qué tirar y me quedé en San Sebastián. Y, sí, he trabajado más de cuarenta años como humorista en paro, ¿qué pasa? Pero estoy escribiendo un libro con este título: “Humoristas donostiarras y otros animales parecidos”.  Por cierto, los hijos de Ortega y Gasset no son responsables de lo que hizo su padre en la vida pública. Traté aquí en Hondarribia a Miguel Ortega Spottorno, médico y persona culta, que escribió un ensayo “Ortega, mi padre”. Algún día contaré nuestras conversaciones.Unamuno era de un humor extraño. 

-Hablando de Francia, resulta muy difícil entender que cuando Unamuno fue allí volvió diciendo que eso de libertad, igualdad y fraternidad eran mamarrachadas. Lo m ismo que el “que inventen ellos”.

Cuidado con los tópicos. Unamuno, basta con repasar sus artículos escritos y publicados en Francia, reconoció siempre el valor de la libertad, porque precisamente ese país le acogió y le permitió la libertad de expresarse en los principales periódicos, lo que a Primo de Rivera le sacaba de sus casillas. Un tipo torpe y borracho permanente no tenía inteligencia para más. Una bisnieta de Unamuno, María de la Concepción, ha escrito un libro sobre Unamuno, Unamuno y la cultura francesa, que abunda en mi criterio. Que soltara alguna expresión vulgar, también tenía derecho. Ya he dicho que hoy no habría un solo intelectual que se atreviera, no ya a enfrentarse al rey, sino a decirle los palabros que Unamuno asestó, con todo merecimiento y acierto, añado, a otro Borbón.

Sobre el manido “que inventen ellos”, me canso de repetir algo que repitió hasta la saciedad Ramón Carnicer: Unamuno no dijo eso. Y, por si alguien tiene humor, que lea esto que escribí hace un tiempo en el periódico: Unamuno nunca negó la ciencia:

“Otra de las frases, citada con ligereza por propios y extraños, nace en 1906, y le persigue a Unamuno en ultra tumba: “¡Que inventen ellos!”. Aunque todos sabemos el contexto en el que se proclama la primera de las sentencias, parece que todo el mundo se empeña en ignorar en qué contexto se produjo la segunda, y que ha sido para muchos un reproche constante contra el filósofo vasco; algo así como si Unamuno hubiera estado contra la invención, la investigación, el progreso mental. Nada de eso puede entenderse, si leemos los textos en los que Unamuno trata este asunto. Ramón Carnicer tuvo especial cuidado en su vida de explicar este asunto, yendo a las fuentes, pero, cada vez que escribía sobre el particular, recibía mensajes que le confirmaban que sus emisores ni habían entendido el artículo de Carnicer, ni, por supuesto, estaban dispuesto a leer a Unamuno en su contexto. Nosotros lo vamos a intentar de nuevo.

Es cierto que la expresión del “Inventen ellos” ha sido jaleada por gentes de toda condición. A la ideología de la autarquía franquista, enfrentada a la idea de Europa, le vino muy bien: la frase de Unamuno era citada por los ideólogos clarines de Falange, para decir que España era la esencia del espíritu, y que Europa, por el contrario, era cuna de todo lo malo que se pueda concebir, porque, erre que erre, Europa alentaba la ciencia como elemento de liquidación de la llamada civilización occidental. No se puede olvidar que el levantamiento militar contra la república de 1936, ya en los primeros días, soflamó la idea de que venía a “salvar la civilización occidental”, entonces asimilada a la mística, lo religioso y la iglesia de Roma. El propio Unamuno cayó en esa trampa en los primeros días de la rebelión militar del 18 de julio, celebrando en una entrevista con la prensa extranjera que aquellos militares vinieran a poner orden y a salvar la repetida civilización occidental.

Tardó apenas unos días el viejo Unamuno, ya cansado de vivir, en darse cuenta que aquello que se había montado era una carnicería. Que su amigo el alcalde de Salamanca, había sido fusilado en una cuneta, y que los legionarios de Millán Astray no se andaban con chiquitas. Unamuno se dio cuenta aquel 12 de octubre que él mismo pudo haber sido fusilado allí, en el templo de aquella su Universidad, a la que el propio Unamuno hizo más grande si cabe: su Salamanca.

Pero no negó nunca la Ciencia Unamuno, en ningún texto, y parece que la Universidad Carlos III de Madrid, más atenta que la Universidad Vasca a apropiarse dignamente de su memoria, así lo entendió cuando decidió crear el Instituto de Cultura y Tecnología Miguel de Unamuno, “que tiene como objetivo científico el encuentro, tanto a nivel teórico como de desarrollos prácticos, entre la cultura humanística y la tecnología, con especial atención a la tecnología de la información y de la comunicación”.

Por cierto, cuando estuvo en Hendaya escribió algunos artículos sobre Europa y la europeización. Pero, amigo, que yo he venido a hablar de Unamuno en Hendaya. Que hay distingo y cambio de opinión entre lo que escribió en el siglo XIX y lo que escribió en el siglo XX, por supuesto.

-Es evidente que Unamuno apoyó el golpe de Estado de Franco. Y pidió a otros intelectuales que hiciesen lo mismo en nombre de la civilización cristiana. Ahí tenemos a un Unamuno saliendo de su propio destierro interior y dando un paso al frente.

Unamuno se confundió, como tantos otros, al alentar el golpe de Estado contra la República. Lo pagó caro, porque pronto, en apenas dos meses, se dio cuenta de la carnicería que se había montado, aunque fuera, que era mentira, “para defender la civilización Occidental y cristiana”. No dudo que en ese cambio intervino su yerno poeta y amigo, José María Quiroga, republicano, que sufrió lo suyo viendo cómo los sublevados utilizaban el nombre de su querido suegro contra la República.

-Tengo muy cercano su arrepentimiento. No sé si lo hizo por las ideas o por los sentimientos. Mi cercanía se debe que a Unamuno le dolió mucho el encarcelamiento de uno de mi pueblo: el doctor Filiberto Villalobos que había sido ministro con la República. Don Fili fue el primer médico de Salamanca (no sé si de España) que tuvo Rayos X. Mi padre vendió una tierra y fue del pueblo a su consulta de Salamanca para intentar curarse. Don Fili le dijo que ya no tenía remedio.

Creo que ya lo he dicho antes. A Unamuno le conmovió mucho el testimonio de la calle, de la mujer de su amigo, le asustó de verdad el tumulto del 12 de octubre en la Universidad, donde el Pemán más canalla (que nadie pone el dedo en su intervención) invitó a la sangre en el Paraninfo. Me es igual qué es lo que dijo Unamuno. Pero sé lo que dijo. Y me basta. Por cierto, Unamuno podría haber curado a tu padre. Lo hubiera intentado, a buen seguro, como lo hubiera hecho Filiberto, de haber podido. Solidaridad en el duelo.

-La posición de Unamuno sobre Cataluña siempre fue clara. El llamado “problema catalán” existió siempre. Pero Unamuno fue muy explícito cuando dijo que no sabíamos "conllevarnos", y que España merecía "perder Catalunya" por la labor que estaba haciendo "la prensa madrileña". Una labor que comparó con la que se hizo en la guerra que se desencadenó por la independencia de la isla de Cuba. ¿Acertó?

Unamuno pidió la independencia de Filipinas, cantó a Rizal, y no quiero entrar ahora en el asunto catalán, porque no quiero hacer presentismo. La prensa madrileña, de entonces, como la de ahora, no es prensa, es, en general, pero muy en general, el dictado de las agrupaciones políticas. En eso, sinceramente, creo que se ha enzarzado todo tanto, que ha salido, ya, perdiendo la libertad, la democracia, el futuro, que es lo peor. Utilizar lo que dijo Unamuno sobre la Cataluña de entonces, por más que tantos se empeñen que es lo mismo de la Cataluña de ahora, es no conocer la historia. Aunque sí creo que en Madrid se hace muy poco por no perder Cataluña. Y todo el rollo del 98 debe revisarse. Eso que nos decían en el Bachillerato que la generación del 98 se había constituido porque a sus integrantes intelectuales les dolía España, tras la pérdida colonial, es una gran engañifa. Pero yo he venido aquí a hablar de Unamuno en Hendaya.

-Es muy difícil diferenciar la verdadera historia de la leyenda. A mí siempre se me transmitió la idea de que Unamuno no lograba ponerse de acuerdo consigo mismo, o que discrepaba según y cuándo a propósito. Por ejemplo: que en Bilbao defendía la españolidad de lo vasco, y en Salamanca la vasquidad de Bilbao.

Afortunadamente. Todo el mundo habla de la contradicción en Unamuno. El vasco contradecía todo, y lo hacía porque tenía una conciencia crítica, que hoy ha desaparecido de la faz de la tierra. El 12 de octubre, seguro, se sintió muy triste e indignado, dijera lo que dijera, por lo que había dicho el obispo catalán contra los vascos. Unamuno no se calló. Fue crítico, por ejemplo, con el aranismo, cierto, pero críticos con el aranismo son hoy hasta los aranistas, aunque no lo van a decir. Y, por cierto, tras la muerte de Arana, Unamuno, que le había tratado en la juventud (cuando don Miguel era aranista), escribió un prólogo para un libro de Sabino sobre Rizal en el que trata bien a Arana y alaba su espíritu poético, pero sé que esto nadie lo cree. Yo sí, porque he leído a Unamuno. Unamuno nunca se ha ido de su infancia. Es más: la infancia vasca de Unamuno explica a todo Unamuno, incluido el niño grande que siempre fue.

-Lo enterraron con honores falangistas.

Los muertos no deciden. Creo que eso explica todo lo demás, pero yo me quedo con lo que escribió don Antonio Machado (y entonces no había móviles), cuando se enteró de la muerte de Unamuno, para la revista “Hora de España”. Don Antonio no se dejó engañar y escribió: “Cuando Machado recuerda en 1938 la muerte de Unamuno, a propósito de unos poemas que su yerno y escritor José María Quiroga Pla, recoge, anotados, para la revista “Hora de España”, hace diversas consideraciones sobre el filósofo vasco, sobre cuya forma de morir y sus últimos momentos en Salamanca se sigue especulando aún en el bando republicano. Machado en cambio no duda: “Para los amantes de lo anecdótico, la muerte de don Miguel de Unamuno ha quedado envuelta en el misterio. A quienes lo conocíamos y lo amábamos no nos inquietan las circunstancias más o menos tenebrosas de su acabamiento; sabemos de él lo que nos importaba saber: que murió, sin duda alguna, tan noblemente como había vivido”. Palabra de Antonio Machado. Nada que añadir. Sí, añado: Antonio Machado también dijo: “Unamuno dignificó la vida pública”. Ahí queda eso.

-Frente a la casa donde murió en su último destierro interior hay una estatua suya de Pablo Serrano. Yo creo que nadie ha logrado capturar el espíritu entero de otro como Pablo Serrano. Hace mucho años una hija de Pablo Serrano me dijo que Franco, cuando era sólo Franquito entre sus compañeros de armas, pretendió a la hija de Indalecio Prieto. Y me habló de una carta. Yo he leído una carta de Franquito a una señorita, una carta muy cursi. No era esa, me parece.

La estatua de Unamuno de Pablo Serrano es hermosa, exacta, digna. A veces he estado un largo rato hablando con ella. Pero el escultor que dignificó la cabeza de Unamuno, además del pintor Echeverría, fue Victorio Macho, otro gran olvidado de la cultura española, de la historiografía. Fue el escultor más potente del tiempo ese que le dicen del 98. Hizo varios bustos de Unamuno, que tenéis alguno ahí en Salamanca, mientras estaba en el exilio de Hendaya, y Unamuno le pedía que, para hacer la prueba de su testera, trajera tierra vasca del otro lado del Bidasoa. De ese otro señor del que usted me habla no pienso decir, aquí, ni palabra.

-Nos estamos yendo del tema de Unamuno y del destierro -físico o interior- como dolor. Unamuno en Hendaya, tan cerca y tan lejos sería aún más dolor, creo.

Basta con leer su romance “La campana de Fuenterrabía”, o leer todos los poemas de los tres libros de poemas que surgieron del exilio, porque, como repito, el exilio de Unamuno fue muy productivo y beneficioso para su obra intelectual. Pero sin el destierro de Unamuno (desde Fuerteventura a Hendaya, pasando por París), sin su actitud de resistencia, frente a todo y frente a todos, hoy no conoceríamos una parte fundamental de su obra poética y de pensamiento, como De Fuerteventura a París, La agonía del cristianismo, Romancero del destierro, Cómo se hace una novela, o su Cancionero, escritos en ese trayecto, libros que explican tanto su condición agónica, su decisión civil, su empeño moral, como su nervio intelectual en el último trecho de su vida; del mismo modo, el rector de Salamanca, escribió artículos y ensayos otros textos y algunas páginas de entraña sobre los lugares más singulares del País Vasco Continental. Pero Unamuno nunca se fue de su País Vasco, como nunca se fue de su Salamanca. En eso, nos ganaba a todos.

-Luis Cernuda dice que la poesía de Unamuno no le gustaba porque tenía una dureza expresiva alejada del suave fluir de los versos, pero que eso era producto de su pasión con que exteriorizaba sus angustias.

- Me temo que Cernuda no leyó a Unamuno, me refiero a que no le leyó enteramente. Tampoco le gustaba a Blas de Otero, y así lo dice en un regular poema. Aresti, en cambio, amó a Unamuno: “Vosotros habéis traído la luz a este pueblo atormentado”. Y un tal Antonio Machado dijo siempre que Unamuno era su referencia total. Podría hacer ahora mismo un diccionario con 300 vocablos con el listado de los poetas que amaron a Unamuno. Pero a mí me gustan Cernuda, Otero, Aresti, Machado y Unamuno. No se puede hacer ascos de las angulas.

-Esas angustias de que habla Cernuda, esos vaivenes interiores ¿no son fruto de que cuando la vida le salió al encuentro en su adolescencia la guerra que sufrió tan pronto quizás le marcó.

La angustia en Unamuno es psicofísica. Es decir, existencial, lo describe muy bien el vasco salmantino, y gran historiador y médico, y amigo, Luis Sánchez Granjel –autor de los mejores ensayos, por haber leído en la raíz, de los escritores del 98– en su libro “Unamuno en psicodrama”. También, poco antes de morir, el gran médico, vasco, amigo y vecino de Unamuno, que fundó en los Estados Unidos de América la nueva psiquiatría, Nicolás Achúcarro, se encontraba, digo, poco antes de morir en plena juventud, haciendo el psicoanálisis de Unamuno. Achúcarro, cuyo sobrino Joaquín le arrea al piano con delicada elegancia, inteligencia y sensibilidad a sus ochenta años, nos hubiera dado las claves para comprender la complejidad de la mente, la psicología y la patología de un hombre tan preclaro, tan claro y tan Unamuno como fue Miguel de Unamuno y Jugo, el de las siete Calles. Él solía decir que venía a hablar de sí mismo porque era el que más a mano tenía. Unamuno era muy Unamuno, qué lo vamos a hacer.

Cuando en 1930 Unamuno vuelve del exilio, Irún salió a la calle, detuvo el convoy, y el alcalde saludó a la representación de la dignidad civil. Es significativo que Largo Caballero, e Indalecio Prieto, se agarraran del brazo de Unamuno en la manifestación del primero de mayo en Madrid. Unamuno no era sólo republicano: era la República misma.