Un gobierno Sálvame Deluxe

Se tratara de un asunto de suma trascendencia, sería como para tomárselo a broma. Aquel presidente salido de una moción de censura contra natura, que prometió solemnemente venir a desfacer entuertos, acabar con la corrupción del PP -ni una palabra de la del PSOE-, que en un plazo máximo de dos meses convocaría elecciones generales para que fueran los españoles quienes eligieran a sus gobernantes, y que, por supuesto, no toleraría que quien se valiera de sociedades instrumentales para pagar menos impuestos pudiera pertenecer a su organigrama, ese mismo presidente ha vuelto a las, andadas; mejor dicho, ha vuelto a lo único que se le da bien: mentir como un bellaco.

Desde que estrenamos la presente etapa democrática, ya hemos conocido tres presidentes de gobierno pertenecientes al PSOE. Habida cuenta del alarmante deterioro progresivo que se aprecia en la categoría política de los sucesores de Felipe González, debemos estar preparados para afrontar la debacle que amenaza a España con la llegada del próximo inquilino socialista de la Moncloa. Ni el PSOE ni España merecen que se repita esa experiencia. Ya no se puede hipotecar más el futuro de las próximas generaciones, ni podemos estar en manos de tanto incompetente. De acuerdo que el gobierno no tiene qué ser algo exclusivo de la derecha, pero tampoco se debe tolerar que la izquierda ponga los destinos de España, cuando le corresponda, en manos de irresponsables e iluminados.

Siempre he pensado – y lo sigo manteniendo- que entre los socialistas españoles aún quedan cabezas con capacidad para hacerlo mucho mejor que sus dos últimos Presidentes del Gobierno. La primera alarma se encendió con la llegada de Zapatero. Demostró con creces lo grande que le venía el cargo, al que accedió empujado por el terrorismo islamita. Su ineptitud y lo nefasto de su gestión económica fue suficiente para que los españoles optaran  por un partido conservador en la siguiente elección.

La falta de decisión de Rajoy a la hora de resolver la grave situación de Cataluña, y la doble vara de medir la corrupción según venga de la derecha o de la izquierda, volvieron a situar a otro socialista en la presidencia del gobierno. Bien es verdad que, a juzgar por los primeros tics que mostró Sánchez con su llegada a la cima del PSOE, ya se podía suponer de qué madera estaba hecho; pero creo que incluso  muchos de sus propios compañeros de partido se han visto sorprendidos por la realidad.  Una mezcla de cinismo y egocentrismo han hecho de Pedro Sánchez el personaje que más daño ha causado al socialismo y, por añadidura a toda España. Obsesionado por un estilo de vida con el que nunca había soñado, ha sobrepasado todas las líneas rojas de la lógica y la decencia en su obsesión de prolongar su permanencia en el cargo. Todo el credo  que exhibió como garantía de su patrimonio político y moral, lo ha tirado por la borda, olvidándose de promesas y postulados. Víctima de su desmedido ego, no ha tenido inconveniente en cargar con la acusación de caer en constantes contradicciones. Le da igual. Échame pan y llámame perro.

No puedo imaginarme qué delito hemos cometido los españoles para que, entre todos los dirigentes políticos con sello socialdemócrata, nos haya tocado en suerte aguantar a los menos preparados. Si el problema sólo se redujera a una falta de preparación fruto de la ignorancia -caso de Zapatero-, y los desaguisados no salieran de casa, al menos nos quedaría en consuelo de no hacer descaradamente el ridículo.

 Con Sánchez el problema se muestra mucho más peligroso. Vista su manera de agarrarse al cargo, se diría que es el adalid de un nuevo socialismo muy difícil de catalogar En un sistema democrático como el que nos hemos dado los españoles, hay conceptos y valores que deben prevalecer sobre cualquier experimento  personal que se pretenda utilizar como vericueto para soslayar la legalidad. Pedro Sánchez se valió de una turbia maniobra para obtener los apoyos necesarios en la moción de censura. Que su victoria fue legal, nadie lo pone en duda. Que no se ajustó a las más elementales reglas de lo que subyace en nuestro ordenamiento constitucional, lo afirman los españoles que permanecen fieles a nuestra Constitución, y no pocos votantes del socialismo. También conviene aclarar que estos últimos sólo lo confiesan cuando se sienten alejados de los puestos con derecho a retribución oficial. Sánchez -que lo sabe-  continúa regando el huerto de sus votantes con el agua de las prebendas y, al mismo tiempo, cobrándose la factura de las desafecciones. Así espera perpetuarse en el cargo, si los votantes se lo facilitan. Mientras tanto, para atar todos los cabos, ha montado todo un gabinete de auto alabanza a base de hacer uso de los medios estatales; pero no de forma subrepticia, no, no, de forma descarada y con la misma intensidad que pueda emplearse en plena campaña electoral. Los fogones del CIS, en manos de Tezanos, facilitan menús por un tubo a la medida del gran jefe. Si todo lo anterior no es suficiente, aún queda el recurso del Decreto. Es cierto que todos los que le han precedido en democracia también han hecho uso de él, pero cuando se sobrepasan los límites que establecen las normas que lo regulan, el uso se convierte en abuso. Puesto a tomar el atajo del pícaro, podía haber optado por agotar la legislatura. para morir matando. Así, el consejo de ministros se ha convertido en una mala copia de los programas de cotilleo y chabacanería. Allí se trata de salvar la audiencia , pasando por encima del decoro y el buen gusto, y en la Moncloa se trata de salvar las prebendas del poder, a costa de olvidarse de los que son y no son de su opinión.

Si fue capaz de unirse a podemitas, independentistas y filo terroristas para subirse al  Falcon; si no ha renunciado a repetir esa alianza; si, a pesar de apoyar la aplicación del 155, ahora se muestra comprensivo con los enjuiciados por el 1-O y no hace ascos a un posible indulto; si no se avergüenza de haber sido motivo de chirigota, dentro y fuera de nuestras fronteras, por el bochornoso tema de su tesis doctoral o el esperpento de su Manual de estulticia;  si aplica la ley del embudo cuando alguno de sus subordinados es sorprendido enfuera de juego, si la inversión externa se retrae cada vez más, si  presume de congeniar con Felipe Vi  pero, acto seguido,mira para otro lado cuando se trata de injuriarle; si ha conseguido hacer buena la nefasta política de Zapatero y, finalmente, si todo lo anterior trae consigo una deuda asfixiante, un aumento del desempleo, una mayor inestabilidad y poner en peligro la unidad de España, entonces ya va siendo hora de que los verdaderos socialistas que aún quedan en el PSOE enderecen los derroteros del partido. Es una verdadera desgracia que,con la actual perspectiva de voto, los verdaderos partidos constitucionalistas no unan sus fuerzas en los asuntos de calado estatal para que España pudiera disfrutar de la tranquilidad y estabilidad necesarias para convertirse en pujante potencia occidental. Para ello sólo se necesita que los políticos sepan y quieran anteponer el sentido común y el espíritu de servicio al egoísmo y a las ansias de figurar.