Lunes, 22 de julio de 2019

Primavera con nombre de mujer

Me van a permitir ser optimista, y eso que el panorama político oscila entre el ridículo del renacido macho alfa, el intercambio de cargos sin contar con la militancia, el uso indecente de la propaganda y el declarado uso y abuso de la mentira y la ignorancia en un juicio devenido programa de entretenimiento. Decididamente con el panorama que sufrimos habría que mirar para otro lado, a un espacio donde no haya dictadores que se quieren perpetuar en el poder incluso en el lecho de muerte, ni intereses petroleros a la hora de dar lecciones de democracia. En el fondo ya sabemos dónde nos duele, el interés es la moneda mundial de cambio y las elecciones de primavera, aptas para todos los gustos (autonómicas, municipales generales, no históricas sino histéricas levantinas) no dejan de ser eso, un intercambio de intereses y puestámenes mientras al resto nos dejan la responsabilidad de lidiar con esta tropa de indecentes tengan el color que tengan. Sin embargo, oh milagro de la primavera, yo soy optimista… y lo soy porque de nuevo la calle se tiñe de color violeta y avanzamos en la normalidad más absoluta: porque para la generación de mi hija las cosas han cambiado y lo han hecho con nombre de mujer.

Soy optimista porque tengo una hija que no concibe a una mujer sin un trabajo. Una hija que ve natural el hecho de que haya una vicepresidenta mujer, un puñado de ministras mujeres y que su madre no acceda a un relativo puesto de poder sencillamente porque no le da la gana. Mi hija no estudiará ingeniería porque las matemáticas se le dan de pena, como a madre, no porque alguien, como tuve que oír en una ocasión, le parezca que no es una carrera nada femenina. Dicho improperio me lo soltó un compañero de trabajo hace unos años a propósito de la extraña elección que hizo su hija y yo me sentí como si volviera a ese tiempo en el que las mujeres solo podíamos salir de casa a ser maestras o enfermeras. Un tiempo que no es el de mi hija, una hija a la que trato de concienciar en el respeto a sí misma y a sus errores, en la naturalidad más absoluta y en el ejemplo de mis hermanos, padres a los que no les tocó mucho permiso de paternidad, cierto, pero sí que saben y han sabido de pañales, biberones y hasta de la frágil arquitectura de una coleta. Mi hija vive con naturalidad un mundo de igualdades y hay que felicitarse por ello, mantenerlo y no cejar en el empeño de seguir construyendo una sociedad en la que la igualdad sea la normalidad y el cuidado una tarea de todos.

Soy optimista y a mi alrededor florecen los árboles, y renacen los nombres de mujer. Porque es el empeño de muchas hablar de biólogas, de artistas, de escritoras, de matemáticas… Porque reivindicamos y no olvidamos, integramos y no separamos, caminamos codo a codo y somos mucho más que dos, que tres, que cuatro… y sobre todo, porque nos lo creemos. Ha formado parte de nuestra vida, es el ejemplo que hemos intentado dar, es lo que vivimos y lo que enseñamos. Mi hermana, mis cuñadas, mis amigas, mis compañeras… mujeres que han rodeado a la hija que tengo y a las alumnas que he tenido y que nos han mostrado con su tarea diaria lo que es trabajar y ocuparse, ser y estar. Por eso déjenme alegrarme y sentir, sí, que algo cambia para bien.   

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.