Miércoles, 21 de agosto de 2019

Ocho de marzo

Hace muchos años, ellas, para ser libres, escogían una celda. Se convertían en monjas para poder leer sin el control del padre, sin el permiso de un marido. Preferían aquellos cuartos pequeñitos, propios, en donde podían ser las amas de su tiempo, de su espacio, de su desorden en caso de haberlo e, incluso, de su deseo: el de saber más, el de pensar mejor, el de tener un nombre sin preposiciones que indicaran dependencia. El viejo sueño de ser, al fin, dueñas de sí, en pleno y adulto ejercicio de su responsabilidad. Sobre todo, esto: el ejercicio de una responsabilidad que no quería dejar que otro pensara por ellas o que les dijera lo que hacer o cómo, o a qué hora salir o por dónde.

El cultivo de la voz era importante, la voz individual, la que se manifiesta en el corazón como una luz para seguir y te dice por aquí, por aquí es tu verdad. Muchos años, siglos, después de aquellas mujeres en las celdas de ser libres, mi abuela trabajó toda su vida para sacar adelante a sus diez hijos. Viuda y sola, con el café siempre dispuesto y el buen humor entre los labios, mi abuela me hablaba de responsabilidad: la de estar de pie siendo muy dueña de mis propias verdaderas palabras. No mientas, me decía, no mientas jamás porque te pierdes. Ni a ti misma, ni a otro, me decía, tu única fuerza, me decía, es la de estar de acuerdo con tu propia consciencia, la de no tragar entero. Mi única fuerza, me decía, la de no poner en mi boca, jamás (y menos para gritarlo a voces), aquello en lo que no creo.

Yo voté con alegría cuando tuve edad para ello y todos lo celebramos en casa porque era, de verdad, un motivo de alborozo el haber ejercido ese derecho que, pocas décadas atrás, me habría sido negado. Soy hija pues, agradecida, de este momento de la historia en el que tantas mujeres (ojalá algún día seamos todas, en todas partes del mundo) estudiamos, escribimos, pensamos. Celebro ser un ser humano en ejercicio de su independencia, celebro y valoro esta responsabilidad que mi abuela me sembró entre las manos: la de estar atenta para no convertir, jamás, mi situación de mujer en una excusa, la de tener el juicio de no victimizarme, la de saber pensar antes. Porque es lo único que tenemos, decía ella, la libertad ganada es libertad de pensamiento, la autonomía ganada es la responsabilidad de estar en lo difícil y decir no, saber decir no, aunque la ola entera diga sí. La independencia de ánimo, anticipada por Antígona, es la de actuar en consecuencia con la propia libertad, es decir, la de no entregarle a otro, ni a otra, la carga de pensar por mí, el triunfo de llenarme la frente de consignas, de usar mi nombre y mi presencia para defender, bajo la máscara de una causa justa, las cosas que han demostrado no serlo.

Lo he leído varias veces. He leído el argumentario de la huelga feminista de hoy porque me siento parte de, y en deuda con, las mujeres que abrieron un camino difícil para allanárnoslo. He leído con curiosidad y, luego, con los ojos muy abiertos. Y me he sentido inquieta. Estremecida. Inquieta porque quienes firman ese documento dicen que «nosotras podemos incidir en el sistema capitalista y plantear una economía feminista», pero no explican a qué se refieren cuando hablan de «economía feminista». Inquieta porque dicen ser «parte de un proceso colectivo de transformación radical de la sociedad, de la cultura, de la economía, de las relaciones», porque señalan que «el patriarcado y el capitalismo generan fuertes desigualdades», porque insisten en «priorizar los derechos comunitarios frente a los intereses privados», porque proponen un «modelo de banca social y pública que proteja de la especulación y del libre mercado», porque aseguran sostener «una lucha por la paz que sea antipatriarcal, anticapitalista y anticolonialista», porque ansían «facilitar una cultura que, frente a los modelos individuales de éxito, facilite lo comunitario» ya que consideran que «lo colectivo facilita la vida» y porque anhelan «cambiar el relato del 12 de octubre, conocido como día de la hispanidad, como un día de memoria y reconocimiento del genocidio sufrido por la población del continente americano y la lucha anticolonialista de sus territorios», es decir, anhelan hacerse dueños del relato y privarnos de la voz, de las múltiples voces.

Todo aquello que allí se expone aparece dicho informalmente, con el mismo tono de andar por casa con el que se opina en los pasillos. Cada una de esas frases hace referencia a un problema complejo cuya simplificación solo beneficia a quienes saben lo que están haciendo y por qué. Peor aún, cada una de esas frases enuncia un problema distinto al de los derechos de las mujeres a ser tratadas como seres independientes y responsables. Un problema distinto. Se puede o no estar de acuerdo con las diferentes propuestas sobre la organización económica de los países y votar, en elecciones, por la opción que cada uno considere mejor, pero ¿por qué utilizar lo que será una marcha multitudinaria de mujeres honrando su derecho a tener trabajos remunerados para envolver afanes tan rampantemente políticos? ¿Cuántas de esas mujeres han sido informadas de lo que les están ofreciendo a cambio de su presencia en las calles en apoyo a qué?

¿Acaso los sistemas de organización económica colectivista y comunista han otorgado a las mujeres más derechos y más libertadas que los sistemas económicos más liberales? ¿De qué manera el hecho de demonizar el libre mercado favorece la libertad de oportunidades de las mujeres y su posibilidad de hacerse responsables de su propia vida? ¿Realmente vivimos, en España, bajo las fauces de un «poder patriarcal autoritario»? ¿De verdad tendremos ocasión de escoger nuestros trabajos y de sentirnos realizadas en ellos cuando se establezcan rechazos, por dictamen, a los modelos individuales de éxito a favor de lo comunitario? ¿Y quién decidirá, cuando todo eso suceda? ¿Quién decidirá cuál es el modelo individual de éxito que debe castigarse? ¿Quién será la voz de lo colectivo que, a fin de cuentas, será una sola voz gritando fuerte, amarrándolo todo para que nada se le escape y disparando (o encerrando en el gulag) a todo aquel que se atreva a llevarle la contraria, como ha sucedido, ya, tantas veces? ¿Por qué razón hay que simplificar, en una sola, las visiones múltiples de la historia del encuentro/descubrimiento/conquista del continente americano, sucedida hace más de quinientos años, para convertirla en un relato unidimensional?

Si pierdo el derecho a conocer las plurales perspectivas de la historia, empiezo a perder la libertad de pensar. Y, entonces, todo resulta muy contradictorio, porque es justo esto, esta joya, lo que ganaron las abuelas para nosotras las mujeres, lo que celebro hoy, ocho de marzo: el derecho a razonar con mi propia cabeza, la potestad de no ser infantilizada, la facultad de ser independiente, responsable y, sobre todo, de no ceder la responsabilidad de mi propio pensamiento. La equidad de estar atentas, de saber, de abrir los ojos.

Salamanca, 8 de marzo de 2019