Domingo, 25 de agosto de 2019

Ya no es ayer

Ya no es ayer; mañana no ha llegado
FRANCISCO DE QUEVEDO

Ayer fue un día grande y luminoso, un 8 de marzo tanto o más rompedor con los atavismos negros del machismo y las infectas babas de la indiferencia que el de hace un año, fue un día de movilización de las justas, las despiertas, las vivas y las valientes (y ojalá también de los vivos y valientes, justos y despiertos); pero fue también solo una jornada más de la gran batalla de avance y conquista que sigue librándose desde hace siglos y también desde el día siguiente a la luz de ayer, cuando la calle era la alegría de la lucha feminista y la esperanza de la igualdad; y era una queja y era una determinación grande e inacabable; y la lucha era: desde hoy mismo hasta el próximo jalón, tal vez mañana, de la larga travesía hacia la igualdad y, sobre todo, era una jornada de las mil y una que restan para que ardan las cabezas que no quieren pensar, para que cieguen los ojos que no quieren mirar y para cambiar la mentalidad patriarcal infecta, caduca y miserable que ha hecho, hace y sigue haciendo hoy de un mundo con vocación de fraternidad, un lugar inhóspito, raquítico y cruel para cualquier mujer.

El 8 de marzo, brillante como el orgullo, feroz como la convicción y honesto como la razón misma, es, ha de ser y será solo el punto de partida, el pistoletazo de salida, el empujón, el ímpetu y la arenga que las mujeres se dan y nos dan (aquí mi gratitud por permitirme luchar a su lado), para reconocerse y reconocernos frente a la inquina machista del fascismo rampante que babea y frente a la molicie de los que no piensan; y para denunciar y poner en evidencia  los falsos preceptos de las religiones (ah, los dioses...), que disfrazan de piadosa comprensión el odio que sienten por la mujer, pues que la desprecian, la marginan, la usan y abusan, y la etiquetan con ese marchamo de sierva-esclava que dictan los gandules del mundo y aprovechan los indignos del espejo y las manadas de bestias, mezquino quehacer que está tan en contra de la misma condición humana como negar el aire de respirar, la inteligencia y la vida misma vida (la de vivir). Esperanzadas, ilusionadas todas nosotras con esta lucha apenas comenzada pero con el aire de la victoria en un horizonte ojalá cercano, millones de mujeres en cada continente habrán elevado ayer el grito por la justicia y hoy el eco de ese grito se extiende por el mundo de la arena y por el de cemento, por los páramos de la amenaza y los espacios del miedo.

Por la Tierra entera y las mujeres de la Tierra, hoy escribimos aquí el nombre de algunas  que a lo largo de la historia han contribuido a despejar el cielo de la igualdad de los nubarrones de la indecencia machista; mujeres de todos los ámbitos y todos los horizontes, pero hoy un puñado de las de la Ciencia, que a todas nombran, a las que la admiración por su trabajo no hace sombra al respeto por su valor en ese otro mundo de la asfixia y los techos de cristal:

Marie Curie, Rosalind Franklin, Ada Lovelace, Hedy Lamarr, Mary Jackson, Anne McLaren, Carolyn Porco, Maud Menten, Esther Lederberg, Tu Youyou, Rita Levi-Montalcini, Valentina Tereshkova, Inge Lehman, Maryan Mirzajaní, Jane Goodall, Hipatia de Alejandría, Emmy Noether, Grace Hopper, Irène Joliot-Curie, Gabriela Morreale, Elizabeth Blackwell, María Goeppert-Mayer, Josefina Castellví, Chien-Shiung Wu, Mileva Maric, Sau Lan Wu, Jeanne Villepreux-Power...

y cientos de mujeres que iniciaron un camino que ayer, 8 de marzo, y hoy todavía ayer, y mañana siempre ayer, siempre 8 de marzo, derribará los muros de tanta indecencia.