Miércoles, 26 de febrero de 2020

Cuaresma

Dejar atrás los malos usos de nuestra vida egoísta y pecadora, y encontrarnos con ese hombre nuevo tan soñado

Hoy ya apenas suena la palabra cuaresma, y menos aún conocemos su contenido y exigencias. Acaso suene algo todavía a los que somos mayores. Quizá incluso tengamos que recurrir a la práctica del ramadán que llevan a cabo los musulmanes. La verdad es que es más bien el ramadán el que deriva de nuestra práctica cuaresmal.

Cuaresma significa cuarentena o sucesión de cuarenta días. La cuaresma cristiana alude a diversos episodios a los que se refieren los libros sagrados de los judíos y de los cristianos. Hay dos momentos clave en la sagrada biblia: los cuarenta años que caminó el pueblo de Dios, los hebreos, a través del desierto para liberarse de la esclavitud de Egipto y marchar a la conquista de la libertad.

El segundo hecho, que supone un mayor referente a la práctica cuaresmal cristiana, es el episodio en que Jesús aparece durante cuarenta días en el desierto, tentado por el demonio enemigo, al comienzo de su vida pública, como prueba que lo contempla ya maduro para comenzar su misión de anunciar y dar a conocer el reino de Dios.

La cuaresma es, pues, un camino que lleva al triunfo de la Pascua de Cristo. Este acercamiento al Señor de la historia supone ciertas renuncias a lo pasajero para encontrarse abiertos a lo esencial de la vida. De ahí lo simbólico de las renuncias cuaresmales, como son el ayuno y la abstinencia: el ayuno que supone la eliminación de la comida ordinaria, como símbolo de renuncia a lo cotidiano pero también como medio de limpieza corporal, practicado hoy incluso fuera del ámbito cristiano. Pero también la abstinencia de carnes, que supone una renuncia y una práctica de purificación corporal.

Pero evidentemente, para un cristiano, la cuaresma es también un símbolo de renuncia interior, que deja espacio a otras prácticas positivas, como son la oración continua y más profunda, y también abrir el corazón para que en él quepa todo hombre necesitado y pobre. Así queda cerrado el círculo cuaresmal que comprende silencio, oración, acercamiento a la palabra de Dios y sentimientos de solidaridad que abren nuestro corazón a los más necesitados.

Todo esto termina en la manifestación festiva de la Pascua Cristiana, en que se recuerda y se vive el signo liberador de la Resurrección de Cristo, en que Él aparece venciendo a la muerte y al pecado y abriéndonos el camino de la vida, final también de nuestra victoria comunitaria y personal.

Al tiempo cuaresmal de preparación para la Pascua sigue el periodo de cincuenta días desde la Pascua de Resurrección a la Pascua de Pentecostés. El triunfo de la vida supera al de la muerte y el pecado, lo que se expresa en los cincuenta días que superan a los cuarenta preparatorios.

Al duro invierno y a la radiante primavera siguen el esplendor y los frutos maduros del verano. No es tiempo de luto nuestra cuaresma; es tiempo de espera y de preparación. Aunque a veces la puesta en relieve de los pasos de dolor de nuestra semana santa ensombrezcan lo que verdaderamente interesa, que es el triunfo de la vida. La cuaresma nos dará una vez más oportunidad para cambiar de vida, para dejar atrás los malos usos de nuestra vida egoísta y pecadora, y encontrarnos con ese hombre nuevo tan soñado y por el que merece la pena trabajar y luchar verdaderamente.