Lunes, 19 de agosto de 2019

¿Por qué todos los valores están cambiados y desordenados?

No me extraña nada el éxito mundial de la experta japonesa, Marie Kondo, en poner  orden en las casas de los occidentales. Cuando el cerebro está tan desordenado, que ni siquiera se sabe dónde está el Norte y el Sur de los territorios y de la propia vida, se necesita poner orden en las pequeñas cosas: las sábanas, las toallas, los utensilios de cocina, las camisas, los calcetines. (En psicopatología se estudia esta conducta a propósito de las neurosis obsesivas; el obsesivo ordena hasta la desesperación en un intento de reprimir sus impulsos destructivos.)

Lo malo es que no hay ningún experto  que nos ayude a ordenar los valores que desde siglos han guiado el progreso de la Humanidad. A lo más que llegamos es a responder al CIS en sus encuestas que lo que más nos importa es el paro, la clase política y la corrupción. Algo es algo. El resto parece ser el caos.

Incluso el valor de la supervivencia, de nuestra vida y la del planeta tierra, que, obviamente, debería ser el primer valor, pues con la muerte ya no hay necesidad de nada, no está en el primer valor de nuestra escala: no nos creemos que el planeta y toda la humanidad tiene los años contados para su desaparición; la idea nos produce tanta angustia que la negamos. “¡Aquí no pasa nada!!” “Eso son paparruchas de cuatro científicos locos”. “Voy a seguir utilizando mi coche todos los días para ir de compras, a trabajar o a llevar a mis niños al cole”. “Y si enfermo de los pulmones ya iré o me llevarán al Hospital…”. Así “razonamos”.

Siempre creemos que es a los demás a los que le ocurren las desgracias: “ya sé que están desapareciendo las abejas, la gran mayoría de insectos, de pájaros, que los peces están llenos de plástico, que han desaparecido miles de especies en las últimas décadas; pero nosotros, los humanos, somos muy listos…” Seguimos “razonando”.

Mientras media humanidad lucha obsesivamente por una utópica igualdad, entre razas, entre sexos, entre nacionalidades…nadie habla positivamente de las diferencias que son riqueza individual y colectiva. Parece que el neoliberalismo ha convencido a media humanidad de que el único valor es el dinero y los beneficios y después la libertad, para que “todo el mundo pueda hacer lo que quiera con su dinero”; sin querer saber que cada uno haga lo que quiera equivale a LO QUE PUEDA; las clases bajas y medias se identifican también con esa “libertad” que solo los ricos pueden utilizar.

¿En qué lugar de la escala quedan la salud, la paz social, la seguridad, la capacidad de razonar y dialogar, la solidaridad entre los “semejantes” (que enseñaba el cristianismo), la cultura, la creatividad, la capacidad de  independencia y autonomía en nuestras vidas? El desorden de los valores de la escala es tan grande que prácticamente nadie se atreve a proponer un cierto orden: ni la desordenada iglesia, ni los filósofos, ni los pedagogos, ni los líderes mínimamente razonables lo intentan.

Solo nos queda Marie Kondo para ayudarnos a refugiarnos entre nuestras paredes ordenadas y cerrar los ojos al panorama global que se nos avecina.

Tendremos más primaveras en el mes de febrero, más heladas en abril y alguna que otra nieve en mayo. ¡Felices Carnavales!