Domingo, 25 de agosto de 2019

Ritos carnavalescos

            El Carnaval es una de las fiestas de mayor raigambre en las tradiciones europeas, dentro de las celebraciones de la estación del invierno, ya desde tiempos medievales. Se le ha buscado un precedente en las saturnales romanas; pero sería inimaginable sin el calendario cristiano, en el que está inscrito.

            Es un tiempo de margen, marcado por la excitación, el desenfreno, el disfraz, la mascarada, la inversión de los modos, valores, géneros…; un tiempo en el que el movimiento, el vértigo, el ruido… excluyen toda quietud.

            En el fondo es un conjunto de ritos cuya principal función sea, posiblemente, la de propiciar el tiempo nuevo, el tiempo primaveral, el tiempo de la renovación de la vida, tratando de desembarazarse del tiempo viejo y como muerto que el invierno lleva consigo.

            Cuando crece la luz de los días, cuando las horas de la noche comienzan a disminuir, toda la parafernalia carnavalesca parecería querer ahuyentar la sombra, la oscuridad, la tiniebla, para favorecer el advenimiento de la luz, que germina, fecunda, fertiliza y trae la alegría a todo lo creado, tanto al ser humano, como a todas las criaturas.

            Indica Julio Caro Baroja, en su imprescindible obra sobre el carnaval, de título homónimo, que “el Carnaval, nuestro Carnaval, quiérase o no, es un hijo (aunque sea hijo pródigo) del cristianismo; mejor dicho, sin la idea de Cuaresma (“Quadragesima”), no existiría en la forma concreta en que ha existido desde fechas oscuras de la Edad Media europea.”

            El Carnaval ha sido estudiado y analizado desde muy diversas perspectivas antropológicas y etnográficas. El francés Claude Gaignebet, en un libro hermoso y sugestivo, titulado ‘El Carnaval. Ensayos de mitología popular’, además de analizar no pocos de sus ritos y significaciones, lo sitúa dentro de un calendario, como el occidental, marcado por secuencias de cuarenta días, por cuarentenas. Se halla en el inicio de la Cuaresma, sí; pero, al tiempo, otra cuarentena es la que va desde la Navidad (tiempo en el que se inicia el ciclo carnavalesco) hasta la fiesta de la Candelaria o de las Candelas, esto es, desde el nacimiento del Niño Dios hasta la presentación en el templo o purificación de su Madre.

            Disfraces, mascaradas, tauromaquias grotescas, bailes, músicas, fanfarrias, cenizas que se arrojan unos a otros…, la multiplicidad de las propuestas, figuras, ritos y actos estrambóticos carnavalescos es sorprendente.

            Hubo un tiempo en el que recorrimos no pocos pueblos de la provincia de Salamanca, como también de la de León, recogiendo antiguos ritos carnavalescos, muchos de ellos ya perdidos. Es un material de la vida popular y tradicional campesina que tenemos ahí, a salvo, para estudiarlo, interpretarlo y publicarlo en su momento.

            Porque el Carnaval de nuestros mundos campesinos era muy hermoso y conectaba, en no pocas de sus manifestaciones, con el mundo antiguo, con una ancestralidad ya perdida. Como indica con melancolía el citado Julio Caro Baroja: “El Carnaval ha muerto; ha muerto, y no para resucitar como en otro tiempo resucitaba anualmente. Era una fiesta de corte antiguo. Hoy queremos ser modernos ante todo”…

José Luis Puerto