Miércoles, 21 de agosto de 2019

Olvidarse

...cuando uno no ama su vida, cuando sabe que hay que cambiarla, no hay elección ¿Qué hacer para ser otro?  Imposible. Sería preciso no ser ya nadie, olvidarse. ¿Pero cómo?”
ALBERT CAMUS, La caída.

Sorprende el tono, y más el contenido utilitarista y epidérmico, de la noticia del reciente encuentro que, para “dar voz al dolor” (sic), han realizado “profesionales sanitarios, expertos y familiares”, además de portavoces de comisiones parlamentarias para la Discapacidad, que han exigido la aprobación de un “plan nacional integral de prevención del suicidio” que se articularía a través de una “Estrategia de Salud Mental”. Sorprende más por cuanto la información sobre tan trascendental tema es tratada desde puntos de vista sanitarios de discapacidad mental que pueden abarcar cierto porcentaje de muertes voluntarias, mas no contempla en absoluto el núcleo de la cuestión que es el aspecto filosófico que lleva a personas en pleno uso de razón a tomar esa decisión, ni el convencimiento reflexivo humano que genera, conlleva, decide o concluye en el suicidio, ni el sentimiento profundo, el detalle último, la gota que colma el vaso, la postrer palabra, el recuerdo amargo, el pasado insufrible, la memoria homicida, la esperanza y su contrario, el vacío y el desgarro del muro que crece, el desaliento del dolor, el desamor creciendo, las lágrimas secas, la vergüenza que humilla o las mil y una pulsiones de la tristeza que cualquier ser inteligente, capaz y libre transita y navega a lo largo de un segundo interminable o de un siglo fugaz, y que ha llevado, lleva y llevará a mujeres y hombres que no están locos ni discapacitados ni enfermos, a poner fin voluntariamente a su vida. Sin más.

Se han citado tanto las palabras con que Albert Camus inicia su ensayo El mito de Sísifo (“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: es el suicidio”), que tal vez han sido convertidas en una especie de boutade pija o de frase para estampar en camisetas, sin que se haya profundizado, salvo entre quienes no han negado a Camus el nombre de filósofo, en el escalofriante razonamiento con que el pensador francés, a lo largo de ese y otros ensayos sobre el Absurdo, el absurdo de la vida y el absurdo valor de vivirla, analiza la progresiva o repentina orfandad en la mente del ímpetu necesario para querer vivir, y de qué forma se diferencian la opinión que se tiene de la vida y el gesto que se hace para abandonarla, y que pasa por el aterido mundo interior y el helado mundo de ahí fuera, tocando instantes, soplos, miradas y susurros; cómo transita, infecta o quizá es un bálsamo que cura esa “voz del dolor” por y desde la íntima decisión y a través, sobre y bajo la decisión de los otros...; de qué forma la tenacidad en el pensar y la clarividencia, la inteligencia y hasta el amor, son espectadores privilegiados de ese juego inhumano en que el absurdo, la esperanza y la muerte cambian sus réplicas.

Las noticias parecen alarmar y hablan de una “cifra absolutamente devastadora” de diez personas que diariamente ponen fin a su vida en España, de varias decenas atendidas por los servicios sanitarios de urgencia después de intentos de suicidio y centenares de las que no queda constancia porque no habrá precisado su fallido intento atención sanitaria... Sin cuestionar que, en efecto, ciertas cifras estadísticas del suicidio constituyen cuestión de Estado que habría de ser abordada racionalmente sin el pobre tembleque del escándalo y menos del piadoso reproche, no habría que poner solo la atención en reducir esas cifras (que deberían antes compararse con otras directamente conectadas y que también habría que reducir al tiempo, las de la pobreza, la desigualdad, la indiferencia, la vergüenza y la injusticia flagrante), sino bucear en una realidad cuya naturaleza poliédrica cercena el hálito de esperanza necesario para querer vivir, y que, como han investigado expertos en procesos mentales del pensamiento (no en discapacidades), “va minando” la red de convicciones que mantiene “verticales” a las personas.  Otra cosa será hablar de los suicidios sin muerte, los prolongados en el tiempo, las largas muertes en vida, las esclavitudes interminables, el miedo lacerante, las oleadas de angustia, el robo de la ternura, la oscuridad que atrapa, el estupor de la decepción, el grito sin voz; habría que hablar de los suicidios interiores que no están en las estadísticas, del matarse por dentro, olvidarse, dejar de ser, de quienes siguen viviendo por lealtad una vida que no quieren, para cumplir roles que detestan, dependencias, cargas, condenas o, tal vez, para ahorrarle todo eso a quien aman.

Desde la trivialidad de las relaciones hasta las múltiples falsedades de la palabra escuchada; desde la vacuidad de lo fraterno hasta la negrura del porvenir; desde la mentira a la falsa expectativa; desde el ensueño del amor que agota, al despertar del deseo que se esfuma; desde la desgana, desde la tristeza...; desde ese núcleo inhumano que tiene toda belleza, hasta la prisa por dormir; desde el cansancio;  desde el miedo a vivir al estupor de estar vivo... todos son, sois, somos culpables (¿responsables?, ¿cómplices?) de una realidad, el suicidio, que cuando es paso vital irrenunciable o libérrima opción, no merece reproche y que mañana, tal vez, nos encuentre a su puerta.