Jueves, 12 de diciembre de 2019

A vueltas con el corazón

“Dijo Jesús: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”

(Lucas 6,41)

“Las ofensas hemos de escribirlas en la arena, donde el viento las deshace. Pero el perdón deberemos grabarlo sobre el corazón, para que nada ni nadie pueda borrarlo”

Leyenda árabe

Vivimos en una sociedad fácil para el juicio a los demás, pero lenta para la autocrítica y el juicio personal. En el evangelio del próximo domingo, Jesús asociaba el juicio fácil con la hipocresía, hoy hablaríamos de emociones tóxicas. Quien juzga se equivoca siempre, quiere ocupar el lugar de Dios que es el único juez, pero siempre se toma su tiempo y espera. El que hace un juicio sobre su hermano está ya acusando, ya que no es capaz de salir de su “yo” y cierra sus puertas a la empatía.

Vivimos una religiosidad con ciertas superficialidades y seguridades de una fe poco madura y ligera. Dios no vive en las superficies se oculta en la hondura de una fe madura acostumbrada a vivir con el misterio, más en estos tiempos de eclipse de Dios. Profundizar en la fe es aceptar esa franja de inseguridad y oscuridad y, saber aguantar los momentos de la ausencia de Dios. Para ello se requiere mucha paciencia, necesaria en el umbral del misterio, necesaria para el amor, la esperanza y la caridad.

El evangelio de este domingo nos lo recuerda a las puertas de la cuaresma, la vida cristiana no se reduce a una serie de actos exteriores sin que se haya producido una auténtica conversión interior del corazón y de la mente: “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. Lucas en el llamado “discurso de la llanura”, pone en boca de Jesús que antes de meternos a corregir a los demás, nos corrijamos a nosotros mismos y entonces podremos “ver claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.

Jesús se dirige de forma directa a sus discípulos en este discurso, indicándoles que solo el amor es la guía verdadera del corazón. Se trata de un amor al prójimo que abarca incluso a los propios enemigos, un amor que es inseparable del amor a Dios. Debemos como cristianos ampliar el corazón, reconocernos que nosotros también fallamos, que fallamos todos, y no juzgar, perdonar y acercarnos al otro.  La intensidad de nuestras vidas se mide por la profundidad de nuestros encuentros. Encuentros con Dios y encuentros con el prójimo. Las relaciones y los encuentros son el sabor, el color y la esencia misma del destino humano.

Lo decisivo del ser cristiano se encuentra en el corazón, más allá de lo puro e impuro. Jesús es claro, lo auténtico del ser humano se construye desde dentro. Desde el corazón, desde la conciencia. Si la fe cristiana no es vida, no es nada. Sin experiencia interior, sin que el corazón no nos lleve a una conducta más humana donde podamos acoger a todos, sobre todo a los más necesitados, nuestra religiosidad no sería más que mera ideología. Dios quiere amor, nuestro amor hacia el hermano. Necesitamos que la fe nos abra el intelecto, conmueva el corazón y mueva nuestras manos para poder transformar este mundo globalizado, lleno de clamores y de exclusión social, de desigualdades insostenibles y de injusticias y muerte hechas espectáculo cínico. Jesús nos hace una llamada no solo a transformar el corazón del hombre, sino el corazón de un mundo sin corazón.

“Un ciego no puede guiar a otro ciego”. Todo el evangelio es una invitación a ser adultos en la fe, de cabeza, corazón y obras, subrayando el amor a Dios y al prójimo. Para ello es necesario interiorizar la vida y la existencia para ganar en humanidad. En medio del ruido, del trabajo, del estrés, del consumo excesivo, del vacío, el hombre actual no necesita ayunos y mortificaciones, necesita paz y silencio. Un tiempo cada día para encontrarse con Dios en su corazón, para serenar su existencia y, desde ese encuentro, poder calmar su sed de sentido y transformar toda su realidad.

En el Silencio todo puede ser abrazado, es ese espacio privilegiado donde nos lo podemos perdonar todo. En el silencio podemos ir más allá, ahí en las profundidades, en el hondón del alma, descubriremos un Dios cercano y deslumbrante que no es ajeno al hombre. Solo desde la desnudez silente podemos contemplar el Misterio.

Por último, después del encuentro con Dios, debemos acercarnos al hermano, hacernos prójimos. Toda persona es mi prójimo, el amor que Jesús nos enseña es universal para todos, para los de cerca y para los de lejos; para los cristianos o para los no cristianos, recordemos la parábola del buen samaritano. Si queremos llegar al fondo de las enseñanzas de Jesús, debemos “aprojimarnos” a todos aquellos que más lo necesitan, pero principalmente a los más pobres y necesitados.

No basta solo hablar de amor, sino de justicia. Intentar trabajar activamente para hacer más habitable nuestra sociedad con unas leyes más justas que dificulten la explotación de los más necesitados y corrijan las desigualdades y las brechas tan escandalosas de nuestro mundo. No se trata de dejar el amor por la justicia, sino que el amor y el cambio de corazón, si es verdadero, nos lleva al compromiso con la justicia, con un mundo más justo.

Tenemos posibilidades de hacer un mundo habitable para tantos excluidos y hambrientos, pero lo que se nos propone es una “economía de exclusión” carente de misericordia. Una ceguera nos oculta la realidad y endurece el corazón, importa más el tener que el ser, nos aleja de la hondura y hunde sus raíces en profundidades inestables, centrando todo en nosotros mismos.

Jesús es lo más grande que tenemos los cristianos, él nos infunde otro sentido y otro horizonte a nuestras vidas. Para “no dejarnos guiar por los ciegos”, es posible que el amor y la fe, se hagan más necesarios que nunca en nuestro mundo para guiar a una humanidad cada vez más necesitada de luz y sentido.