Viernes, 4 de diciembre de 2020

Enséñame a cantar

Eran los tiempos púberes de los festivales, donde una de las dos Españas se jugaba la vida intentando recuperar el honor perdido en la guerra de Cuba y nuestros cantantes se elevaban hasta el coraje de los últimos de Filipinas.

Todavía no había ganado Julio Iglesias en Benidorm, ese escenario donde Alberto Ávila ya se enseñó poeta escribiendo la letra de una canción bañada de aquella luz que el alcalde visionario Pedro Zaragoza encendió desde un pueblo de pescadores. Yo creo que para entonces Alberto Ávila ya estaba poseído por todas las pasiones que un solo hombre puede abarcar, pero sobre todo tres: la poesía, la música, y el rugby que como bien se sabe es un deporte de caballeros.  Y yo no sé  bien cuál de las tres tiene la culpa de su dolor en las caderas.

Creo que por entonces yo amaba ya a Francia. Para ser más exactos la frondosidad sensual del sur de Francia. Allí vive ahora Danielle, una excelente pintora que pinta la vida, tiene una hija médico que cura de verdad, y una nieta que se llama Lola en recuerdo de la sangre española que no corre por sus venas con la fuerza de un ciclón y no es lo mismo que un nublado de tiniebla y pedernal, ni es un potro desbocado que no sabe dónde va,  nostalgia de la abuela que la madre de la niña tuvo que aceptar, qué se le va a hacer. Porque cuando Danielle llegó a Salamanca, tenía 17 años, era alta y delgada morena salá. Le gustaba mucho el rock and roll y nadar. En Salamanca no ha habido (ni espero que haya) una sola discoteca, pero sí el bailecito de Los Faroles donde en la entrada estaba la barra para comprar  dos fantas, luego dentro y a media luz estaba la música, la pequeña pista y los sofás. Todo lo necesario para aprender idiomas. De Los Faroles salió Danielle hablando un español mejor que el de Antonio Gala.

La carretera que une Niza con San Remo (donde se celebraba el festival de festivales que consagró a una adolescente llamada Gigliola Cinquetti y territorio de los cuadros de la francesa ex salmantina Danielle) tenía toda la hermosura del peligro y el aroma prohibido de Fraçoise Sagan. A veces se adentraba en las rocas, otras salía a ver cómo estaba la mar de la Costa Azul, jugaba con las curvas como los niños españoles al escondite. No es extraño que Grace Kelly se matase allí en un accidente del coche que conducía su hija, la pequeña Estefanía de 17 años.

Cuando se casó Grace Kelly a los 26 años con el príncipe Raniero, la maquinaria propagandística del Principado se puso en marcha queriendo vender la imagen de una señorita de la alta sociedad de Filadelfia, que además era virgen. Digo yo que tampoco hay que pasarse. Porque, aunque entonces no existían las redes sociales, en esas cuestiones se conocía toda la tribu del séptimo arte y más artes. Así que América rio ante una virgen monegasca que, como la mayoría de las chicas, había perdido la virginidad con un compañero de clase, y además unos días después fue a casa de un profesor para que le aclarase dudas, y mientras el profesor -40 años mayor que ella- preparaba café en la cocina, ella ya le esperaba desnuda en la cama. Y en una corta carrera pasaron por su bendita lascivia todos los grandes actores, hasta el viejo Gary Cooper que se convirtió al catolicismo instantes antes de morir para lavarse de este pecado y de otros. Qué pecado ni pecado, bendita mujer. Pecado el del bocazas Tony Curtis que no dudó en declarar en una entrevista que “ella era muy caliente”.

Yo hablé con aquella virgen en una recepción de palacio. En Montecarlo, si se te caía un papel al suelo te metían en la cárcel. Pero a cambio, como los ricos no tenían nada que hacer, eran muy hospitalarios. Así que entraba en la costumbre el recibir a algunos periodistas si algún acontecimiento social te llevaba allí. La tarde que yo acudí a la cita estaba los cinco: el matrimonio, las dos hijas y el hijo. Andaría Carolina por los 18 años. A mi lado un brasileño gordo y grandote (en camiseta, ni se había preocupado de adecentarse para la ocasión) me murmuró al oído: ¡Qué bona, qué bona, qué bona está!

Yo, para no cortar abruptamente su musitar, le contesté: Sí, y tan niña aún.

Y el gigante brasileño que haría cambiar de acera al mismísimo Bolsonaro si se lo encuentra en  una  calle de Rio de Janeiro, me corrigió: No, si digo la madre.

Aquella misma noche, fuera de palacio, Marie Laure, una chica de protocolo que amaba mucho a nuestro Toledo, me confirmó muchas cosas. Todas las de la señorita de Filadelfia que les gobernaba. Y que Raniero  tenía mucho cariño a los mayordomos.

Cada vez que recorrí yo la carretera entre Niza y Montecarlo lo hice seguro porque conducía Renzo. Renzo era un italiano muy listo y marcado por el destino: llegaría a muy  viejo. Años atrás había ocurrido un terrible accidente de aviación en el que murieron todos los doscientos ocupantes del avión menos uno. Renzo salió de la catástrofe sin un rasguño (el que ni siquiera se despeinase  como Esperanza Aguirre en Getafe no tiene importancia porque era calvo). Cuando Renzo y su mujer decidieron venir a vivir a España, lo hicieron a la manera tan expresiva y popular: con una mano delante y otra detrás. Pasaron mucha hambre. Y un día dejaron de pasar hambre. Y un premio nacional de literatura, en esas tertulias en las que la tarde languidece y renacen las sombras mientras un viejo profesor hace café para una chica desnuda, dijo que había resuelto el enigma del fin del hambre: Es que ella se ha quitado la mano de delante.

Cosas de poetas cuando no tienen que llevarse un soneto a la boca.

Pero hablábamos de Julio Iglesias y de los festivales. Benidorm le cambió la vida, a pesar de que él cantó allí que la vida sigue igual. Porque antes, el vasco José María Íñigo, gurú de los  músicos de entonces, le había sentenciado al decir por su micrófono: Hay un tal Julio Iglesias que ha grabado su primer disco. Espero que sea el último.

Y la verdad es que veías cantar a Julio Iglesias y te preocupabas por su salud. El hijo de Papuchi parecía tan enclenque y falto de vida que te entraban ganas de llamar a los antidisturbios para que lo apuntalasen. Qué cosas.

El mismo Íñigo era un ejemplo de la indiferencia española. Vino a Madrid (¿por qué había que venir a Madrid para todo?) cargado de proyectos desde su Bilbao. Nadie le hizo caso. Se marchó una temporada a Londres, volvió a Madrid con los mismos proyectos, y se le abrieron todas las puertas. Y luego dicen que el nacer en una familia rica o pobre no tiene importancia. Pobre país viviendo siempre de las apariencias.

No sé por qué el lunes recordé todo esto oyendo a Alberto Ávila en el Café Comercial donde presentó su libro “Atenta Mente Vuestro”, y el espléndido escritor que lo gestiona ahora, Rafael Soler, me jura que allí estuvo Antonio Machado todas las tardes. Yo le digo que no, que quien estuvo por las tardes era Juan de Mairena y Abel Martín.

Antonio Machado era el de la parranda en las noches de Madrid. Con sus señoritas, por supuesto. ¿Empezamos a desmitificar?