Viernes, 20 de septiembre de 2019

Fernando Romo

Cuando días después de hacerle, la entrevista, a Fernando Romo (q.e.p.d), me encontré con él en las calles salmantinas le pregunté de sopetón: Fernando,  ¿Qué te pareció la entrevista? ¡Muy bien! de verdad. Y puedo asegurarte, que me “hiciste” decir cosas… muchas cosas que ya tenía olvidadas y es cosa que te agradezco mucho.

Traigo a colación hoy este recuerdo porque en el género periodístico de la entrevista no hay fórmulas o maneras rígidas y más cuando se conoce y aprecia al entrevistado, como es el caso de Fernando Romo. Un viejo guerrero, un viejo luchador, que surcó caminos en una profesión qué, aparte de ser bonita, le permitió tener muchos amigos y esas vivencias que ahora ha vuelto a recordar con cariño. Siempre estuvo orgulloso de haber sido visitador médico y puede (pienso yo), que el destino tuvo parte de culpa en ello, pues él que se negaba sistemáticamente y con tozudez a estudiar Farmacia, estuvo hasta su jubilación entre medicamentos, médicos y fórmulas magistrales…

Recuerdo, como en el trascurrir de la charla, Romo no dejó de resaltarme dos temas que eran para él principales, la amistad y la despoblación de los pueblos. Y algunas “perlas” me dijo sobre ello. “Entre amigos se pueden perdonar muchas cosas, pero el sentimiento de sentirse utilizado, traicionado o que se han aprovechado, es difícil de olvidar”. Y sobre la segunda: “Aún siguen vaciándose los pueblos”… y esto me lo resaltaba hace muchos años. Que disgusto se llevaría ahora, en la actualidad, al ver como: “Tenemos una España urbana y otra rural, que está  degenerado en un territorio roto, yermo, desvertebrado y… despoblado”.

-¿Cómo era la visita médica?

Pues era muy buena, o me la “hice” buena. Para mí lo principal siempre fue la amistad con el médico, antes que la ciencia. Después hablábamos ya de la parte científica. Sé que ahora este tema “no funciona así” y bien que lo siento.

-¿No sería ROMO que entonces había más tiempo para hacer amistades?

Es posible. Entonces estábamos  mucho tiempo fuera de casa. Yo empecé viajando en coche le línea y tren, hasta que decidí comprarme una moto a plazos. Fue una Derbi que me “salió” muy buena. Con ella amplié mí radio de acción, bien es verdad que a costa de pasar mucho frío y otras penalidades… Y tengo varias anécdotas.

¡Cuenta… cuenta!

Pues recuerdo aquella vez que estaba haciendo la ruta de Navalmoral de la Mata con mí moto y llevaba de pasajero desde Plasencia a un viajante que acababa de conocer. En una confluencia de caminos paré, al ver que venían de frente un tropel de gitanos con sus burros. Cuando pasaron arranqué… pero no vi a los perros que se habían rezagado; total que nos pegamos el trastazo. Mi amigo ocasional fue el más malparado, pues al dar con la cabeza contra el suelo perdió el conocimiento, ¡menudo susto! Con la ayuda de los gitanos, lo apartamos del camino y lo pusimos en una regadera bastante profunda. Afortunadamente tardó poco en recuperarse y cuando abrió sus ojos y desde el fondo de la regadera  nos vislumbró a los gitanos y a mí subidos arriba en el borde, el pobre hombre comenzó a gritar desesperado… ¡No me entierren… joder… que estoy vivo!

-Añoro aquella vida. ¿Qué si tengo nostalgia dices? ¡Ya lo creo! Recuerdo que “tenía” un médico en la provincia de Zamora que siempre me esperaba para comer en su casa. Después nos íbamos de caza. Y también (como entonces no había vedas y sobraba el tiempo), me paraba donde me parecía un lugar apropiado, cazaba mí perdiz o mí conejo, llegaba a la pensión y le decía a la cocinera… ¡Póngalo para cenar!

-Soy salmantino y a Salamanca la admiro. Nací en la Plaza de Anaya y en principio fui a la Escuela que había detrás de –San Juan-.Hice la preparación de ingreso en Los Salesianos y más tarde estudie en El Ateneo. Cuando iba a iniciar el preparatorio de la carrera de Farmacia, que no me gustaba, puse a mis padres todas las trabas posibles y mi padre me decía: “Si dejas, te vas a arar”… a la labor que teníamos en San Cristobal de la Cuesta.

Así que a estudiar. Hasta que llegó el momento en que me tuve que dedicar al negocio familiar, una Fábrica de Curtidos, y cuando desgraciadamente se quemó tuve que buscar otras ocupaciones. Por los años 46-47 “cogí” en principio dos-Laboratorios de Productos Farmacéuticos. Luego, y con la ayuda inolvidable del Doctor Adrián Juanes, uno mejor. Y pasado un tiempo el definitivo, en el que estuve “toda la vida”, hasta la jubilación.

Fue un placer el hacer aquella entrevista-(año 97) a Fernando Romo pues, además de estarle agradecido por su amistad y saber estar, lo estoy también porque me regaló un cuadro con la glosa de mis apellidos, pues era un “manitas” elaborándolos (una de sus muchas aficiones) y que podéis ver al final de este artículo.

-Recuerdo que cuando terminamos de hablar, un tanto a “mala uva cariñoso y no sin fina ironía me espetó: “Sí… ya sé que tienes una parcela con jardines muy maja en Villaflores. Pero no se puede comparar con la mía. Y abriendo la ventana de su –cuarto de estar me “empujó” hasta la diáfana terraza, y… allí verde y esplendorosa estaba ¡El Parque de La Alamedilla!, en toda se extensión y verdor y que visto desde aquella altura, abrumaba en demasía.

-Lo dicho, mi buen amigo y compañero de profesión, Fernando Romo, fue un personaje singular y bueno que pasó “por aquí” y dejó su impronta y buen hacer. Y… esté donde esté (seguro que en un Mirador) tan bueno como el de su ventana con vistas al Parque de la Alamedilla salmantina, habrá visto y sentido, como sus amigos “del alma” van poco a poco, pero sin tregua, desapareciendo inexorablemente y que los que aún quedamos, estamos “aguantando” día a día.

-También le diría, Fernando, el concepto de amistad, tal como tú lo sentías: “Está desapareciendo, pues ahora imperan las-Redes sociales en nuestra convivencia diaria; que están modificando ese sentido de la verdadera amistad sin remedio”…

Y no olvidéis qué personas singulares, son aquellas que pasaron “por aquí” y dejaron su HUELLA . Pues eso.