Jueves, 21 de marzo de 2019

La pensión de Bougnol

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Ayer, 22 de febrero, se cumplieron 80 años de la muerte de Antonio Machado, que se produjo en el exilio, fuera de su patria y de su gente y hastiado de las bombas, las sirenas, los aviones de combate y los verdugos de aquélla España en la que todos los ciudadanos, iguales en derechos y deberes, cabían; aquélla España que comenzó a despertar de su letargo histórico después de la proclamación de la Segunda República, en abril de 1931.

Machado, junto a otro medio millón de españoles, tuvo que partir de la Barcelona asediada por el ejército franquista, en Enero de 1939, rumbo al exilio, y pocos días antes de morir, se alojaron en la pensión Bougnol, de Collioure (Francia), regentada por la señora Quintana y  muy cerca del mar. Llegó triste y pobre como todos los españoles, pero dispuesto a pagar la pensión con sus poemas, ya que no había ni una peseta entre sus últimas pertenencias. Porque era honesto y honrado, lo dejó escrito en su poema Retrato: “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuando he escrito/A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/el traje que me cubre/y la pensión que habito/ el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”.

Y como tantos otros intelectuales (la mejor generación de nuestra historia) tuvo que dejar todo para poder sobrevivir a la intransigencia del fascismo. Unos fueron a pie por la frontera francesa, otros por barco a América y, por desgracia, muy pocos regresaron en la Transición; bien, porque murieron antes; bien, porque tenían ancladas allí esas segundas raíces vivas mientras las primeras murieron; bien, porque, aunque los brazos de la madre patria se abrieron para abrazarlos, sus otros hijos (los excluyentes) siempre vieron esa posibilidad con recelo. Algunos de esos hijos seguían protegiendo su hogar (que debía ser de los padres y todos los hermanos) con las armas y, a sangre y fuego, intentaron que sus hermanos del exilio nunca volvieran. Y al no volver, España perdió el gran referente de las artes, las ciencias, la literatura o el derecho. Gimbernat, uno de los penalistas españoles vivos aún más relevantes, en la introducción de su obra “Estudios de Derecho Penal”, en 1976, dedica un prólogo necrológico sobre “el exilio de Jiménez de Asúa” (quizá el penalista más importante de habla hispana que haya existido hasta el momento, exiliado en Argentina) y en el epitafio, entre otras brillantes afirmaciones decía: “…y en su destino [el de Jiménez de Asúa] se resume el de muchos españoles ilustres a los que la guerra civil alejó de donde tanto se les necesitaba. Eso perdió España y eso ganó América”.

Machado, como tantos otros, arrastraba el “dolor de España” desde el mismo inicio de la guerra civil, por la deslealtad de los golpistas (estos sí que lo fueron de verdad) al régimen democrático, constitucional y republicano, que con sus armas acabaron con la libertad, la tolerancia, la justicia y la democracia. Y lo demostró con la publicación de un doloroso poema “El crimen fue en Granada” por el vil asesinato de García Lorca, del que resalto los últimos versos: “…muerto cayó Federico/ -sangre en la frente y plomo en las entrañas-/…Que fue en Granada el crimen/ sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada”.

Machado, en la pensión de Bugnol, aquél 22 de febrero de 1939, ratificó punto por punto su propio epitafio, aquél que (como Pio Baroja deseaba antes de su muerte) se resumiera en haber sido una persona “humilde y errante”, porque lo único que se encontró de su propiedad en el viejo y raído gabán que le acompañaba, junto a otras referencias a su amante imposible Guiomar, fue aquél verso que decía: “estos días azules y este sol de la infancia”; al igual que Miguel Hernández, unos años más tarde, masacrado por el régimen franquista, dejó escritas en las paredes de la enfermería de la cárcel de Orihuela instantes antes de fallecer: “Adiós, hermanos, camaradas, amigos/ despedidme del sol y de los trigos”. Se confirmó aquello a lo que aspiraba antes de emprender su huida hacia la última morada: “Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Su última morada está en Collioure, en Francia, a pocos kilómetros de la frontera española y un ejemplo, para siempre, de lo que nunca debe hacer un país, excluir a los disidentes de la doctrina oficial. Por desgracia, esto, que no deseamos a nadie, sigue ocurriendo en muchos países en la actualidad. De ahí que lleguen gran cantidad de barcos a nuestras costas con personas que no las quieren en sus países, que huyen del hambre, de las guerras, de la intransigencia, del totalitarismo de otros seres humanos que no aprenden la lección. Ya lo dejó por escrito otro gran hombre en el final de su discurso en unas jornadas sobre en aniversario de la guerra civil, en Salamanca, que tampoco sirvió de mucho porque años después segaron su vida otros sujetos partidarios de la ignominia y la muerte. Decía Tomás y Valiente: “quiero acabar, con una última y acaso estoica reflexión. Todos somos futuros cadáveres, y nada más que eso. Gocemos al menos del derecho a morir en paz. Cuando el injusto azar ponga fin a nuestro tiempo, que sea sin la ayuda de la mano de ningún otro hombre, de ningún otro, también, futuro cadáver”.

No podemos permitir volver a aquéllos tiempos, a aquéllas prácticas, a aquéllos odios, a aquéllos enfrentamientos. Por eso, las políticas que está aplicando Trump y muchos de sus acólitos seguidores -como los nuevos doctrinarios de la derecha y la ultraderecha en nuestro país-, son muy peligrosas. ¡Que no tengamos que lamentarlo de nuevo, por favor!