Domingo, 8 de diciembre de 2019

Los otros que me dan plena existencia

Hace tiempo encontré un muro pintado. Tenía unos versos, el muro, y era como si me hablara. Los aprendí de memoria y los he repetido desde entonces, a la manera de un mantra. Algunos años después de aquel hallazgo, descubrí que eran palabras de Octavio Paz y entonces me dije a mí misma —con la media sonrisa que se te eriza en los brazos cuando, por un instante, el cosquilleo de una revelación te levanta del suelo sin ayuda y piensas que-es-esto-me-siento-volar— me dije a mí misma «con razón». Con razón aquello se había agarrado a mi memoria igual que un chicle. Con razón me servía incluso como ensalmo para repetir en los momentos de ánimo marchito, cuando llegaba a sentirme azul nocturna o sola de la soledad que aflige. Aquello decía así: «para que pueda ser he de ser otro, / salir de mí, situarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia» (Paz, Piedra de sol, 1957).

Aprendí los versos de memoria sin comprender bien lo que significaban y, desde entonces, como sucede con aquellas experiencias que encajan en tu cotidianidad con el crujido de un designio, los días se han encargado de explicarme por qué. Salir de mí, situarme entre los otros. Salir de mí. Y entonces ver. Y entonces escuchar. Y entonces comprender tu dolor como si fuera mío, en este mismo dedo anular que te has pinchado, porque alguna vez me ha pasado como a ti: he transitado el sendero de la angustia. Y quisiera, cuánto quisiera, evitar que te pesara porque lo comprendo y es difícil. Pero solo puedo decirte estoy aquí, te acompaño. Cada cuerpo y su valor. Cada vida en su infinita posibilidad de desplegarse.

Ahora, mientras escribo estas líneas con los oídos puestos en el recuerdo de la pared pintada que me susurraba aquellos versos, escucho sonar la existencia que me abraza: alguien habla, afuera, y una tormenta de pájaros enciende el fragor de su sinfonía de atardecer. Un árbol frente a mí, oceánico: el oleaje de sus ramas. El hombre que llama a nuestra puerta.

Es casi un niño y empieza por decir que viene con el propósito de recordarnos que el agua es un recurso humano, que los ríos son importantes y que debemos cuidar las cuencas. Que pensemos, por favor, en nuestros hijos y en los hijos de los hijos, que pensemos en ellos desde ahora para evitar su sed porque sabemos cuánto duele, ¿verdad que sí? Asentimos. Entonces no permitamos que las personas que no han nacido, y que nacerán cuando no estemos, la sientan, porque la sed es dolorosa, cuidemos nuestros ríos, dice. Le pregunto por qué ha venido a decirnos estas cosas y me dice que este es su trabajo. Cuál, le pregunto. Salvar el agua para las personas que están por nacer. Y entonces algo en el suelo que piso se vuelve más suave. 

A veces recibo cartas. Me cuentan que les han operado un brazo roto y les han puesto un clavo que impresiona porque sale por el codo, me cuentan que un esposo está en urgencias por un ataque al miocardio, me cuentan que una hija tenía su estreno de ballet. Ellos, los otros en mí, cómo me punza el brazo roto, cómo me angustia el marido en urgencias, cómo emociona el ballet de esa chiquita que estrena su cascanueces. Cómo murmulla el ahora en la vida de todos, la cotidianidad y su trabajo, los cajoncitos coloreados en la agenda, los miles de manos que levantan el mundo otra vez, otra vez, y se levantan, te levantas, tú también, de ti. Las nervaduras sin número de los árboles que extienden los brazos cargados del aire para darte. Cada segundo que abre. Cada segundo que abre. Y el mandato de guardar el agua para las personas que nacerán y no verás, pero conoces, porque sabes cómo se siente cuando tienes sed y puedes evitar ese sufrimiento en ellos. En ellos que son tú, los de hace siglos y los de siglos venideros, los que tanto pueden enseñarte de qué se trata vivir cuando escuchamos, los otros que te dan plena existencia.

Bucaramanga, 22 de febrero de 2019