Domingo, 25 de agosto de 2019

¿Ropa vieja o viejas ropas?

No, no crean que les daré la receta para hacer una rica “ropa vieja”, ese sabroso plato típico de muchas regiones españolas que hoy se incluye entre lo que llamamos cocina de aprovechamiento y que nuestra madres llamaban cocinar con restos. Cosas del reciclaje.

Me gusta comer, pero reconozco que por muchos esfuerzos que hagan los numerosos master chef presentes en muchas cadenas de radio y televisión, la cocina no es lo mío, a lo más que he llegado es a no confundir un maridaje con una mise en place[1].

Tampoco tocare el tema catalán pues siendo importante resulta ya cansino, y no sólo tiene harto al senador de Compromís Carles Mulet, protagonista de una didáctica intervención en la Cámara Alta en la que se limitó a repetir durante un minuto (80 veces) la palabra “Cataluña” de forma ininterrumpida y luego pregunto:

  • ¿A qué harta? Pues he estado 1 minuto, imagínense así durante 4 años.

Por eso hoy quiero hablar de moda, bueno y un poco también de política.

Desde hace ya algunos años en la moda parece imponerse el interés por vestir ropa vieja, ropa rota, descolorida, rajada, parcheada, ruinosa; ropa que uno no recogería de un contendor de desechos, pero que luce en los escaparates de las grandes firmas porque está cuidadosamente diseñada para que, aquellos a los que les guste usarla, puedan tener un aspecto de pobre de solemnidad, un aspecto del que hace algún tiempo nos hubiéramos avergonzado.

Pantalones, faldas, camisas, camisetas, incluso cazadoras y abrigo, se comprar en las mejores tiendas llenos de rotos, rajas, remiendos, parches, zonas rozadas y descoloridas, es la moda “sin techo”, pero eso sí con mucha clases y carísima, mucho más cara que nueva. Se trata de otro síntoma más de esta sociedad de la inmediatez que ya he mencionado en alguna otra ocasión. No hay tiempo para dejar que la ropa se rompa, pierda brillo, se roce y la remienden las madres, la queremos viaja desde el momento de comprarla nueva.

Otra tendencia reciente es la de llevar los tobillos al aire incluso en invierno y con el frio que hace en Salamanca, pero que quieres, la dictadura de la moda es lo que tiene, hay que sufrir para lucir. Y así las cosas, además de parecer vagabundos con estilo, hay que pasar frio. También es necesario, así lo dictan los cánones de la modernidad,  calzar deportivas de diseño sólo en plan decorativo, nunca para hacer deporte que valen una pasta, o botas de media caña con muchos cordones como las de los Marines americanos.   

Pues estas preferencias de la moda están contagiado a algunos de nuestros políticos, pero en sentido inverso. Si lo moderno hoy es vestir prendar con aspecto de ropa vieja, lo que se impone entre nuestros responsables públicos es querer dar imagen de cambio y modernidad ataviándose con viejas ropas mentales que creímos superadas, ropas que huelen a naftalina y humedad de armario empotrado, aunque por fuera puedan dar un aspecto honorable. ¡Qué triste!

Que las nuevas generaciones opten por una modernidad externa de la que forma parte el pasar frio y ofrecer una imagen de indigente, no es tan grave como que ciertos políticos quieran hacerse pasar por modernos en sus ideas investidos de viejas ropas que ya no tienen justificación alguna ni para hacerse una foto en la Plaza de Colón con los tobillos intelectuales al aire. ¡Qué pena, oiga!

La ropa vieja que distribuyen las grandes firmas hoy es siempre más cara que la nueva, las viejas ropas con las que se engalanan hoy algunos de los que pretenden gobernar este país es muy probable que, de lograrlo, nos salgan a todos mucho más caras.

Tal vez sería bueno que intentáramos dar respuesta a la pregunta que dejó planteada el gran filósofo, matemático, escritor y Premio Nobel de literatura, Bertrand Russell: ¿Para qué repetir antiguos errores habiendo tantos errores nuevos por cometer?
 

[1] Labor que realiza el cocinero en cuanto a la organización y disposición de ingredientes y utensilios necesarios para realizar un menú.