Miércoles, 22 de mayo de 2019
Ciudad Rodrigo al día

La persecución en Casas del Conde y el exilio a Francia de José Esteban Martín Pérez

Vigésimo cuarto capítulo de la serie ‘Exilios y emigración: la memoria de los “desterrados” republicanos en el Suroeste de Salamanca

La memoria de los “exilios” políticos se dispersa y se confunde con las causas y los efectos de la diáspora económica. Como los grandes historiadores españoles siguen obnubilados por la aureola épica de los acontecimientos bélicos, pasan de largo la heroicidad ordinaria (el sobrehumano esfuerzo de sobrevivir) que para centenas de miles o millones de españoles ha supuesto la obligada emigración por razones políticas o económicas, y con frecuencia por uno y otro motivo. A la fatalidad del anonimato y el olvido escapan  algunos pequeños “grandes héroes” que han tenido la fortuna de contar entre sus hijos o nietos a personas sensibles, voluntariosas y capacitadas para tamaña empresa. Es el caso de José Esteban Martín Pérez y su familia, a quienes su hijo Juan Antonio Martín dedica un considerable espacio en sus crónicas autobiográficas, destinadas a sus propios nietos. Salta a la vista que es un libro excelente (inédito, 2018), por su variado contenido, articulación, claridad y sobriedad expositiva, animado por una tonalidad general casi épica. Aquí tratamos de espigar lo que conviene al caso (represión y exilio), con la esperanza de no dejar mal rastrojo.

Aparte de sus propios recuerdos serranos en los años cuarenta, hacia 1960 Juan Antonio empezó a recoger datos de la tradición familiar sobre la represión que había afectado a las personas de su grupo de parentesco,  y se lamenta de no haber sido más explícito en las preguntas a sus padres y tíos sobre asuntos que atañían a todos. Por nuestra parte, después de una primera toma de contacto, cuando pensábamos poder ofrecer a este inesperado amigo una pista suplementaria sobre la represión de su padre, nos encontramos con un obstáculo habitual en este tipo de pesquisas locales: la homonimia. En 1936, un vecino de Casas del Conde llamado José Martín Pérez fue denunciado, detenido, procesado y condenado a prisión (P.sum.468/37). Todo ello por haber sido presidente de la Casa del Pueblo y reclamar las prometidas reformas republicanas. Su nombre no coincidía del todo con el de la víctima buscada.

José Esteban Martín Pérez nació el 27 de octubre de 1906 en Casas del Conde, y falleció el día 17 de febrero de 1976 en Le Vernet (departamento francés del Allier), cerca de Vichy. Era hijo de Juan Antonio Martín Pérez y de María Antonia Pérez Iglesias, naturales y vecinos de Casas del Conde. No serían de los vecinos que tuvieran tierras suficientes, pues en el pueblo pocas familias alcanzarían ese privilegio, a consecuencia de un tipo tradicional de distribución de la tierra en minifundios, acentuado por el aumento demográfico. Esto obligaba a practicar el arriendo de parcelas en otras localidades. Precisamente, entre las 13 peticiones que en un escrito firmado por el citado presidente de la Sociedad Obrera y enviado al gobernador civil el 8 de abril de 1936, figuraban en primer lugar la “entrega inmediata de tierras y créditos a las comunidades de campesinos”, así como la “devolución de sus fincas a los arrendatarios  desahuciados”, y terminaba con la solicitud de “ampliación del término municipal, pues la fincalidad se halla en otros términos” (AHPS: 237/36).

Juan Antonio sospecha que su abuelo paterno era analfabeto y no se pronuncia sobre la instrucción de su abuela María Antonia, fallecida hacia 1914. De esto se deduce una temprana orfandad materna de José Esteban Martín, aunque ya en edad escolar, cuando habría empezado a librarse del iletrismo, un mal endémico en su pueblo y en otros muchos de la zona. No solamente “sabía leer, escribir y cantar perfectamente” e incluso redactar con soltura y sin tropezar con la ortografía, sino que su hijo lo describe como un hombre formado intelectualmente y capaz de pensar por sí mismo en un entorno social hostil: “un librepensador en un medio reaccionario ultra-católico”. Considera que José Esteban no era el primero en su familia en comulgar con las ideas libertarias, y como su hermana Aurora, al menos, sería simpatizante de la CNT (poco implantada o mal conocida en la provincia de Salamanca). Sin una sólida formación teórica de tipo anarquista y nada partidario de la violencia para alcanzar la autogestión obrera de los asuntos económicos, la práctica de su credo político consistía en instrumentalizar el anarquismo para conseguir la emancipación de la gente humilde: “ser dueño de la propia existencia para permanecer libre en la medida de lo posible, sin molestar a nadie y asumiendo la parte de solidaridad que incumbe a cada uno”. Esta formulación redefine los valores básicos que propone la divisa de la actual República Francesa, aunque sus antecedentes remontan a la Revolución de 1789. La libertad dimana de la igualdad inherente a la condición humana (todos somos iguales, por muy diferentes que seamos), y la fraternidad es el corolario de esto mismo. Los conceptos y la práctica requieren una educación que necesariamente pasa por la escuela.

J. E. Martín procuró disponer de su cota de libertad aprendiendo un oficio que le permitía cierta autonomía: carpintero-tonelero. Un artesano no dependía tanto del capricho de los amos terratenientes como un jornalero o un arrendatario. Por talante y por convicción de que todo el mundo no es necesariamente malo, no era partidario de las instituciones autoritarias y coercitivas españolas: la Iglesia (católica) y el Estado (monárquico hasta 1931).  Sin embargo no rechazaba la propiedad privada, a condición de que no fuera consecuencia del hurto o la explotación del ser humano; admitía la organización social e incluso una autoridad superior, como emanación de instituciones libremente elegidas y controladas; y aceptaba la concepción tradicional de la familia. De hecho se casó en 1934 con una vecina de  Molinillo de la Sierra, Águeda López Rodríguez (n. 1907). El matrimonio tuvo y educó a una prole de dos hijas y dos hijos: María Antonia (n. 1935), José Manuel (n. 1936), Isabel (n. 1939) y Juan Antonio (n. 1941). Y la solidaridad de los cónyuges, a prueba de numerosas dificultades, duró hasta el fallecimiento de ambos el mismo año (1976), con un intervalo de dos meses.

El futuro exiliado consolidaría dicho ideario en una primera salida a Francia  hacia 1930, después de cumplir el servicio militar en Ciudad Rodrigo (1927-29, sin nada que reseñar, suerte que no tuvo un hermano suyo, desparecido en la guerra del Rif en 1922). A la vuelta del país vecino se afilió a un pequeño sindicato, que sería el Sindicato de los Trabajadores de la Tierra y Oficios Varios (UGT), y tomaría parte en las reivindicaciones sociales antes aludidas. En consecuencia reunía todas las condiciones para ser una víctima elegida cuando se produjo la sublevación contra el gobierno de la República (18 de julio de 1936). En la zona de la Sierra de Francia las detenciones y ejecuciones extrajudiciales se produjeron sobre todo en las tres primeras semanas de agosto. La responsabilidad de los registros y arrestos corrieron a cargo de los suboficiales de la Guardia Civil, el sargento Juan Vázquez Rodríguez y José López Martín, comandantes respectivos de los puestos de Miranda del Castañar y de La Alberca. En setiembre también se desplazó a Casas del Conde el sargento del puesto de Aldehuela de la Bóveda, Martín Hernández Alejo, enviado de la Comandancia de Salamanca con la misión de detener a tres o cuatro vecinos denunciados por el jefe de Falange. En las denuncias participaban los derechistas más interesados (terratenientes, pequeños industriales) y más reaccionarios (ultracatólicos antirrepublicanos). De las operaciones macabras se encargaban los milicianos fascistas, jóvenes con la cabeza llena de viento y la barriga henchida de vino. El jefe falangista, Lesmes de San Ricardo Hernández, había tomado nota de los buenos resultados obtenidos por el candidato comunista Luis Campo en las elecciones de febrero (1936), y por ello denunció, entre otros, a la “extremista” Sofía Hernández, maestra de niñas, y a su marido Juan Antonio Santos García, que fue procesado con otro vecino, Serafín Hernández Fernández (C.986/36). La causa fue sobreseída, pero Serafín fue sacado de la cárcel de Salamanca y ejecutado extrajudicialmente (15/12/36), y Juan A. Santos, nuevamente detenido en Sequeros al año siguiente (P.sum.468/37).    

En los primeros compases de la rebelión y consiguiente represión fue detenida en Salamanca, por “roja” notoria,  Aurora Martín Pérez, hermana de José Esteban, quien fue avisado a tiempo, y se desplazó a la capital provincial para, durante una noche entera, quemar los documentos comprometedores. Esto evitaría males mayores a Aurora, pero no la prisión, sobre la cual no se tienen detalles precisos. Al término de la guerra estuvo presa en Madrid, pero no pudo estar antes (los centros carcelarios madrileños estuvieron bajo control de las autoridades republicanas hasta la primavera de 1939). Hasta entonces, posiblemente estuviera en algún centro carcelario de la retaguardia franquista, a disposición del gobernador civil, que de hecho en esta situación hacía de su capa un sayo. En todo caso, no hay ficha con su nombre en el listado de entradas y salidas de la cárcel provincial de Salamanca.

En cuanto a su hermano José Esteban, en aquel verano probablemente se librara de una saca mortal domiciliaria, a consecuencia de las susodichas denuncias falangistas (el escrito enviado al gobernador civil por Lesmes de San Ricardo lleva fecha del 1º de setiembre de 1936). Una noche alguien llamó a la puerta del nº 28 de la calle de Barrancas, donde  residía con su esposa encinta y una niña pequeña. “¡José escapa, que vienen a por ti!”, gritó una voz amiga. Esta persona había recibido la confidencia de un falangista arrepentido que aprovechó la ausencia de los compinches, ocupados en tramitar la detención con la Guardia Civil de Sequeros. Ésta se presentó en el domicilio familiar con tal premura, que José Esteban apenas había tenido tiempo de vestirse y preparar el hato, cuando tuvo que saltar por una ventana situada en la trasera. Se dirigió a casa de su padre para planear la fuga, tomar provisiones y prever la próxima cita en el campo. Y se echó al monte, sin tardanza, pues los perseguidores, sin haberse privado de proferir amenazas a la esposa en su domicilio, llegaron donde su padre con las habituales fanfarronadas truculentas: “A tu hijo, acabaremos por detenerlo; y lo ataremos a la boca de un cañón”.   

La emboscadura en una zona escarpada y boscosa, por encima de la Central Eléctrica, duró tres semanas. Dormía al sereno o en el hueco de alguna peña. Recogía los víveres y las consignas propias del caso que su padre le dejaba en los lugares convenidos. Desde su escondrijo seguía las idas y venidas de los suyos. Estaba al corriente de la presión que los falangistas ejercían sobre su padre y su propia esposa. Era parte de la estrategia para que los fugitivos se entregaran. Con esta opresión moral ciñéndose sobre su familia, añadida al riesgo permanente de ser descubierto y fusilado, más la perspectiva cercana del frío otoñal en la sierra, la situación no podía durar. Como otros fugitivos republicanos, pensaba que no tenía nada que reprocharse, y, siguiendo el consejo paterno, optó por entregarse a la autoridad militar. La aplicación perversa del Código de Justicia Militar convertía los procedimientos en una “justicia al revés” (los rebeldes condenaban por rebeldía a los republicanos fieles), pero al fin era preferible caer en sus manos, antes que exponerse a una ejecución in situ con los descerebrados falangistas. Se presentaría a la Guardia Civil de Sequeros o a los representantes de  la autoridad militar o civil de Salamanca (respectivamente general Manuel García Álvarez y el coronel Rafael Santa Pau Ballester o Ramón Cibrán Finot). Tampoco se tienen detalles sobre su estancia en la ciudad del Tormes. No hay constancia de su paso por la cárcel provincial ni de que fuera procesado. Lo más probable es que sus avatares carcelarios fueran similares a los de su hermana Aurora: “a disposición” del gobernador civil, que tenía todo el margen que quisiera para enviarlo a algún campo de concentración (otros detenidos salmantinos en esta situación fueron al de Santa Espina, provincia de Valladolid). La tradición familiar mantiene que estuvo detenido 18 meses en la cárcel de Sequeros, al cabo de los cuales, ya en el tramo final de la guerra y con 33 años, tuvo que incorporarse al Ejército franquista, con destino en el Cuerpo de Intendencia.

La postguerra fue dura para todos los españoles, incluidos quienes se identificaban con “los nacionales”, pero fue doblemente dura e injusta para quienes eran calificados de “rojos”. La familia Martín-López experimentó el desamparo que, contra los “desafectos” al Régimen, secretaba aquella sociedad nacida de la violencia y moldeada para el castigo. Algunas personas compasivas, familiares o no, echaron una mano. Hacia 1942 la niña Isabel fue acogida en Salamanca por una tía homónima, sirvienta en casa de un médico. Pero incluso los gestos solidarios eran de obligada discreción, debido  al miedo reinante, tan arraigado que acompañó al grupo familiar en Francia, adonde  el padre exportó la consigna general de “no meterse en política”, aunque por experiencia sabía que esto en España no había sido suficiente (de nada sirve “no meterse en política”, si la política se mete contigo). No le dejaron vivir de su amplia competencia en la elaboración de la madera. A fines de mayo de 1947 fue denunciado por haber construido en las afueras del pueblo una vivienda cuya fachada sobrepasaba un poco el alineamiento. Hubo que tirarla, rehacerla y pagar una multa. La ruina y la humillación de los “vencidos” garantizaban la permanencia de la Dictadura. Dos años más tarde la casa fue puesta en venta, sin rematar la obra. Por entonces, José Esteban ya se hallaba en Francia. Había comprendido que en su pueblo no había sitio para él.

La salida de España se ajustó al protocolo habitual de aquellos exilios político-económicos. El padre, en compañía de otro emigrante, cruzó la frontera francesa clandestinamente, después de  una despedida emotiva e intempestiva de sus hijos, en plena noche, el mes de octubre de 1948.  Su familia, una vez confirmada su entrada en el país vecino y después de reunirse al completo la fratría (1948-49), tramitó la  documentación en el consulado de Francia en Madrid  y el gobierno civil de Salamanca. No hubo problemas mayores. En realidad, su exilio y el de tantos otros era una bendición para la España de la Dictadura, pues le ahorraban parados y bocas que alimentar; si después enviaban remesas de dinero al país, miel sobre hojuelas (esencialmente, en eso consistió “el milagro económico de Franco”). Una mañana temprano, a mediados de diciembre de 1949, Águeda López y sus hijos cargaron los bultos de viaje en la mula de un vecino, se despidieron del abuelo, tomaron el coche de línea en Mogarraz y, antes de entrar en Salamanca, disfrutaron la mágica contemplación de las torres de sus catedrales e iglesias.

En el hogar de los tíos María López y Ambrosio Clavero los viajeros recibieron agasajos por un momento, antes de emprender la jornada en tren, que fue otro descubrimiento maravilloso para el más pequeño de los hermanos (el cronista Juan Antonio, que de propina recibió el primer regalo de su vida: una pelotita de goma pintada de azul). La locomotora de aquella gigantesca oruga tardó una noche y parte del día siguiente en llegar a la frontera francesa. Era el 19 de diciembre de 1949. El padre de familia se reunió con su esposa e hijos en Hendaya, donde obsequió a sus niños con el descubrimiento del mar, cuya visión resultó algo  decepcionante en marea baja. Después la familia al completo pasó otra noche en tren antes de llegar a la estación de Vichy. Allí se perfilaba una andadura prometedora, pero incierta y de inevitable sacrificio, que empezaba por la búsqueda de alojamiento para todos, consolidar el empleo de los padres y atender la formación escolar y  profesional de los hijos.   

Un tío de José Esteban (“tio Ángel”) dio cobijo provisional al intrépido grupito de emigrantes serranos en la localidad de Abrest. Él había conocido tragos peores. Era un antiguo deportado de los nazis, quizá en Mauthausen, campo de concentración adonde fueron a parar numerosos republicanos españoles. En su casa pasaron la Navidad de 1949, sin que faltara el árbol decorado. Después se instalaron en una vivienda de una sola pieza, sin luz, en la que no se podía pernoctar, lo cual obligaba a un original y laborioso trasiego cotidiano, entre el sótano de día y el modesto hotel de noche, a unos dos kilómetros. El ejercicio de las piernas no ponía al abrigo de gripes, catarros y otros inconvenientes del invierno. Al cabo de cuatro meses, la familia se desplazó a Le Vernet, pueblo cercano, donde disfrutaron de condiciones de vivienda aceptables y los niños prosiguieron su escolaridad o sus labores, con la dificultad inherente al desconocimiento de la lengua. Por este motivo Juan Antonio, dice, no había aprendido nada en la escuela de Abrest. Al contrario, en la de Le Vernet recuperó el tiempo perdido y fue un alumno brillante, gracias al señor Hanvic (y su esposa), de quien guarda el recuerdo sublimado de un maestro en el pleno sentido de la palabra, no solo por los conocimientos transmitidos, sino por los valores de la República inculcados. Un faro luminoso en la carrera exitosa de un niño pobre que, sin contar otros logros en la escala social, consiguió izarse hasta la competencia de ingeniero consultor, y así pudo contribuir a la solidaridad reinante entre los miembros de la fratría, extensiva a primos y allegados.

La integración de José Esteban y los suyos fue facilitada por una acogida en general favorable, y por la solidaridad de otros emigrantes. “Tio Ángel” fue el primer eslabón visible de una larga cadena solidaria en la que participaban los españoles asentados en los aledaños de Vichy, donde ya existía una importante colonia, entre ellos gente salida de la Sierra de Francia. Antes de 1950 se habían ido juntando por allí los sobrevivientes de naufragios colectivos causados por los nacionalismos político- religiosos excluyentes, el racismo, la xenofobia y otras plagas por el estilo, de los cuales derivaron catástrofes bélicas, muertes, castigos represivos, enfermedades, desamparos, necesidades sin cuento, desplazamientos no deseados. Algunos eran extraños, como una discreta pareja de vecinos de Le Vernet, judíos polacos que se habían conocido en un campo de concentración, y un buen día se fueron, dejando por legado una perrita. Bastantes de los muchos que atracaron en aquellos puertos secos de Auvernia, por entonces o posteriormente, pertenecían al círculo de amigos y parientes de la propia familia salida de Casas del Conde. En 1947 se había instalado en Saint-Yorre “tio Pepón”, con su esposa y dos hijos, que se beneficiaban del estatuto de refugiados. Era un especialista en la matanza del cerdo y preparación del mondongo. Hacia 1955 se presentó una hermana de Águeda, Isabel López, procedente de Salamanca, que se casó (h. 1958) con Augusto Castellote. Era un republicano levantino que, con una herida en la cabeza causada por un obús, cruzó los Pirineos en una camilla transportada por sus camaradas y fue a curarse en el campo de concentración de Argelès, de donde saldría para ocuparse como obrero agrícola. A la llegada de la familia Martín-López, había dos hogares españoles en Le Vernet: “tio Quico y su esposa”, personas mayores, y  “tia Chunga”, una vieja analfabeta y solitaria que, tras del exilio en 1939 y el consiguiente internamiento en los campos del Rosellón, había tomado parte en la resistencia francesa.

En las veladas de aquella heteróclita comunidad hispana (una decena de familias originarias de Casas del Conde hacia 1960 cerca de Le Vernet) se jugaba a las cartas y, como en los seranos de España, se hablaba de un modo informal. La conversación convergía en la procesión que todos y cada uno de sus miembros llevaban por dentro: la guerra civil, los campos de concentración del sur de Francia y de los nazis de Alemania. No eran recuerdos agradables, pero inevitables, porque de aquellos motivos emanaba la dolorosa vivencia del presente. Lo que los reunía allí era el exilio. Hablaban de viajes no deseados y sin vuelta, con su cortejo de pasos clandestinos de fronteras, despedidas desgarradoras, trasiegos largos, laboriosos y costosos, trámites de aduanas, riesgos de extradición. Mataban el gusanillo republicano con las escuchas de la Radio Pirenaica. Y sobre aquella espesa neblina de la nostalgia, quizá en determinadas ocasiones (Navidad, Nochevieja) se animaran a cantar, pero lo más socorrido era seguir por radio las canciones por encargo (en los cumpleaños). Como cabía suponer, la más solicitada era “El emigrante”, canción algo sensiblera, a la que la trémula y cálida voz de Juanito Valderrama añadía un regustillo amargo a la evocación del desgarrado exilio y la nostalgia de la tierra natal.

En estas circunstancias lo más sano hubiera sido adoptar una nueva patria (menos mezquina y ramplona que la del nacional-catolicismo español), si la posibilidad se hubiera presentado; pero es un duro dilema tener que elegir entre el país de origen y el país de acogida (que termina siendo la patria de los hijos o, a más tardar, la de los nietos). De todos modos la asimilación del francés era una dura prueba, que el padre y los hijos superaron con más o menos éxito, pero Águeda, la madre, vivió en un aislamiento considerable. En el fondo, la tierra siempre tira, y con frecuencia los exiliados y emigrantes en general sueñan con volver un día. Nadie cultiva por gusto el desarraigo, pero de hecho los mismos padres se fueron arraigando en suelo francés, con la compra de parcelas de terreno (1952) y de una granja (1957), donde construyeron su nueva casa (1958). No parece que la visita (1960) de José Esteban y Águeda, con su hija María y el yerno Pedro, los estimulara a volver a España. El mismo Juan Antonio Martín tanteó en 1961 la posibilidad de regresar al país de sus abuelos, sin éxito, a pesar de la buena acogida de algunos familiares. De modo que optó por la nacionalidad francesa, cumplió el servicio militar en Francia, adquirió conocimientos y se formó con la experiencia, hasta poder asentarse en la actividad liberal como  ingeniero consultor (1970) y como ingeniero jefe del servicio técnico del Centro Hospitalario Universitario de  Nîmes (2000) hasta su jubilación en 2002.

Este hijo se ha esmerado en describir el exilio de sus padres (y por extensión de su familia más cercana) y deja constancia del legítimo orgullo que siente por sus progenitores, así como por los otros miembros de su fratría, valientes, abnegados y responsables. Todos ellos y algunos de sus allegados no pasarán por este mundo como si no hubieran existido. Personas que sienten el deber de memoria hacia los represaliados, exiliados y emigrados, le agradecerán el estímulo de solidaridad que suscitan sus crónicas  autobiográficas. Gracias, amigo.